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De lunes a lunesFrancisco Rosell

Condenado juez Peinado, ¿cómo osa sentar en el banquillo a la mujer del César?

Bajo el principio rector del Estado de Derecho, hay que felicitarse de que haya jueces en Madrid como el Berlín de Federico II de Prusia cuando quiso demoler el molino que afeaba las vistas de su nuevo palacio, como Sánchez arrolla a la Justicia para ser impune

Begoña Gómez y Pedro Sánchez, a su llegada a la Sagrada FamiliaEFE

Cuando Angela Merkel tomó posesión como canciller, su marido, Joachim Sauer, no se desplazó al Bundestag, sino que lo vio por televisión en su despacho de catedrático de Fisicoquímica en Berlín. Con su extraordinario currículo, se hizo «invisible como una molécula» durante el mandato de Merkel, al revés de Begoña Gómez, que, desde que Pedro Sánchez arribó a la Secretaría General del PSOE y a La Moncloa, ha resultado el átomo explosivo que acredita el demoledor auto por el que el juez Juan Carlos Peinado la ha enviado a juicio por tráfico de influencias, corrupción, apropiación y malversación. Todo merced a valerse de su matrimonio para transformar la sede del primer ministro en centro de tejemanejes como un Juan Guerra al por mayor.

Como otros «ladrones en la Ley», empleando la denominación de la mafia rusa que estaría detrás de la autocracia de Putin y que combina poderes dizque autónomos (ejecutivo, legislativo y judicial) con una red subterránea ilegal, parece evidente que Begoña Gómez, luego de sufragar la tesis plagiada de su consorte por vía del ministro Sebastián, su «modus vivendi» y su «modus operandi» para asaltar el PSOE refundado en los prostíbulos paternos, se ha resarcido doblemente. De un lado, adueñándose de su parte del botín; de otro, dotándose de credenciales universitarias sin pasar por las aulas, buscando esa aureola del nuevo rico que compra un título linajudo para emperifollarse.

Al igual que los Underwood, el matrimonio presidencial de «House of Cars», los Sánchez Gómez comparten la misma ambición. En cierto modo, Begoña opinará, como Claire tras reemplazar a su esposo Frank en el Despacho Oval, que «mi marido fue un medio para lograr un fin». En ese brete, bien hará el jefe de la oposición, Alberto Núñez Feijóo, en hacerse mirar la serie norteamericana para prever las tretas de los Underwood de La Moncloa, dado cómo en la España sanchista la realidad desborda la ficción. Ya tuvo un anticipo en la campaña europea con el «Bego free» de las pulseras repartidas en el primer mitin al que asistía tras ser imputada y que se retoma cogiendo el rábano por las hojas de la retirada del pasaporte por el juez Peinado.

Omiten interesadamente cómo el ministro Marlaska se hizo el distraído permitiendo que el prófugo Puigdemont anduviera tan campante por Cataluña

A este respecto, todo es debatible, como que el juez Calama no obrara así con el imputado Zapatero, pero no cabe en boca de quienes transigieron con ello con el exvicepresidente Rato y omiten interesadamente cómo el ministro Marlaska se hizo el distraído permitiendo que el prófugo Puigdemont anduviera tan campante por Cataluña los días de investidura de Illa, amén de ordenar a la UCO ponerse de perfil con la corrupción sanchista. Ítem más. ¡Cómo el réprobo ministro del Interior se erige en Gran Inquisidor contra el juez Peinado tras destituir al teniente coronel Pérez de los Cobos por mantener el secreto exigido en una instrucción judicial que afectaba al Gobierno a resultas de las marchas feministas del 8-M de 2020 en pleno COVID!

Habrá que ver qué elucida el Consejo General del Poder Judicial con respecto al juez Peinado, después de andarse con tantos miramientos con los ministros que lo han acusado de corrupción y prevaricación, luego de la fallida querella del marido de la imputada contra él, por afirmar en el auto que la escolta de Begoña Gómez podría ayudarla a fugarse de España cuando escoltarla no es vigilarla. Pero todo advierte de que la gobernanza de los jueces puede volver a gatas a cuando, en el instante crítico de la instrucción sobre el latrocinio de los ERE, su entonces presidente, Gonzalo Moliner, amonestó públicamente a la juez Alaya por supuesta dilación antes de irse a almorzar con el presidente andaluz, José Antonio Griñán, luego reo en esta causa. Hasta que la máxima instancia judicial validó su labor, Alaya expió una biliosa campaña de «fiscales de la inocencia y verdugos de la virtud» para recusarla cuando no expulsarla de la carrera.

Claro que hay que preservar una Justicia garantista incluso para los poderosos, acorde con la máxima de Tomás Moro frente a su yerno –«Sí, por mi propia seguridad, reconoceré el amparo legal al mismo Satán»–, pero también que esta debe garantizar que se aplica a todos por igual, y eso es lo que se le tolera al condenado juez Peinado, que ha osado mandar al banquillo a la mujer del César. Bajo el principio rector del Estado de Derecho, hay que felicitarse de que haya jueces en Madrid como el Berlín de Federico II de Prusia cuando quiso demoler el molino que afeaba las vistas de su nuevo palacio, como Sánchez arrolla a la Justicia para ser impune. No en vano, alejándose de cualquier salida digna, es consciente de que la única forma de salir del callejón en el que se halla es no haber entrado nunca.

En esa encrucijada, todo puede acontecer en un país que va de hito en hito con el primer presidente que verá juzgar a su mujer por cuatro graves delitos, como lo ha sido su hermano, tras su convicto fiscal general, y está a punto de serlo el valedor de su moción de censura por la regeneración contra Rajoy, José Luis Ábalos, mientras una legión de los suyos engorda los sumarios.

De esta guisa, cuando cae la mundial con esta corrupción socialista de proporciones siderales en este tiempo de mundial de fútbol, pocos debieran albergar dudas tampoco de que aquel seráfico personaje de la Cofradía de la Ceja entronizado bajo la abreviatura ZP y el hoy imputado Zapatero que comisiona dictaduras son lo mismo, al igual que lo es el Sánchez que asaltó Ferraz y La Moncloa por atajos nada plausibles y el «P.S.» de la agenda de la fontanera de la cloaca que él encabeza. Como también son indisociables desde que, a fines de 2021, se embarcaron en el rescate de la aerolínea hispano-venezolana Plus Ultra hasta que el abultado contrabando de sus bodegas forzó su abrupto aterrizaje judicial.

Pedro Sánchez y José Luis Rodríguez Zapatero, el viernes en ValladolidEFE

Ello explica que Sánchez se sienta obligado a publicitar su confianza en la inocencia de Zapatero y de sus hijas, como antes hizo el recipiendario con él tras ser procesados su mujer y su hermano como integrantes de la misma sociedad de socorro mutuo. Por eso, en Bruselas, donde es percibido de un tiempo a esta parte como un apestado, Sánchez gorgoreó una variante del «dos al precio del uno» de Felipe González con Alfonso Guerra frente a quienes urgían la destitución de su vicetodo por el escándalo de su «enmano» Juan, cuyos cafelitos en la Delegación del Gobierno en Andalucía emula hoy la directora general de la Guardia Civil, Mercedes González, con la cloaquera Leire Díez.

No obstante, dados los antecedentes con sus compinches en «la banda del Mercedes», no hay que descartar que, acercándose la estación término, Sánchez se apee en marcha y se haga el sueco con un «usted me confunde con otro que tiene mi cara y mi nombre, pero que en modo alguno soy yo». Sin embargo, siendo ambos presidentes –cesante uno y en ejercicio el otro– peones de intereses superiores, se presupone que la «omertá» se impondrá hasta avizorar si despachan delitos que admiten al basar su defensa en errores procesales o en prescripciones.

Al no haber sombras bastantes tras las que esconderse, «P.S.» acelera su autogolpe contra el Estado de Derecho conforme se nubla su horizonte penal y el de los suyos

Con todo, pasma que un farsante como ZP no fuera visto como el impostor que es tras arruinar España, sembrar el guerracivilismo como nieto de un solo abuelo o blanquear a ETA en una falacia ésta última que me llevó a un acre enfrentamiento con él en junio de 2023 en la tertulia de Carlos Herrera cuando se arrogó que, «bajo mi Gobierno, se terminó ETA, se entregó ETA, se rindió ETA». Con aquella petulancia, Zapatero pretendía de paso maquillarse como mediador con la dictadura venezolana para librar presos políticos cuando servía a Maduro como mercader en el templo de los grandes principios traicionados, como certifica el ajuar de joyas aprehendido por la Guardia Civil en su despacho y de los que su mendaz portavoz, Luis Arroyo, se burlaba tildándola de «las joyas de Sisí Emperatriz». Si, si...

Luego de disponer de un mes para preparar su declaración judicial, Zapatero adoptó el rol de «bobo solemne» ante el juez Calama, al que quiso dar el timo de la estampita en el andén de la Audiencia Nacional, evocando las caracterizaciones de tonto del gran Tony Leblanc. Fingió ignorarlo todo, si bien le fue imposible mantener tanto tiempo su pose de «Mr. Bean» sin incurrir en flagrantes mentiras que derivaron en el encausamiento de sus dos hijas y de su secretaria de toda la vida. Diríase que Zapatero se acerca más a ser condenado por fraude fiscal como Al Capone que por sus complicidades con los crímenes etarras y chavistas.

Al parecer, la carcoma se distingue en función, no de su entidad, sino de la complacencia o no de quien la observa, empezando por Sánchez, quien, tras crucificar al presidente valenciano Camps por el regalo de tres trajes, de los que fue absuelto tras dimitir, justifica que Zapatero se guardara las joyas porque «la España de 2007 no es la España de 2026». Una manera tácita de corroborar la degradación de este ominoso ochenio. Ante esta putrefacción paquidérmica, los nuevos reyes de la situación ni asumen responsabilidades políticas ni penales, mientras don Juan Carlos hubo de abdicar y marchar desterrado a Abu Dabi. Al no haber sombras bastantes tras las que esconderse, «P.S.» acelera su autogolpe contra el Estado de Derecho conforme se nubla su horizonte penal y el de los suyos. ¡Condenado, juez Peinado!