Fundado en 1910

Los incendios en España han quemado miles de hectáreas y forzado a miles de personas a desplazarseAFP

Europa descubre que el fuego también es una cuestión de soberanía

Europa ha invertido mucho en combatir el fuego, pero todavía menos de lo necesario en impedir que el paisaje se convierta en combustible continuo

Durante décadas, los incendios forestales fueron tratados como una calamidad estacional: llegaba el verano, ardían los montes, aparecían los hidroaviones y, con las primeras lluvias, comenzaba el olvido. Ese ciclo ya no sirve. La comparación entre 2025 y lo que llevamos de 2026 muestra que Europa no afronta episodios aislados, sino un riesgo estructural que amenaza vidas, infraestructuras, economías rurales y capacidades públicas.

El año 2025 fue el peor desde que EFFIS (Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales - European Forest Fire Information System) comenzó su serie comparable para la Unión Europea en 2006. Ardieron 1.079.538 hectáreas en los Veintisiete, casi el doble del promedio de 2006-2024. España, Portugal, Alemania, Chipre y Eslovaquia figuraron entre los países con registros excepcionalmente altos; fuera de la UE, Ucrania concentró cerca del 30 % de toda la superficie quemada dentro del amplio territorio monitorizado por EFFIS.

La temporada actual parecía inicialmente algo menos destructiva en el conjunto de la Unión. A 22 de julio, EFFIS contabilizaba 254.388 hectáreas quemadas, frente a 270.449 en la misma fecha de 2025. Pero esa aparente mejora europea oculta una distribución extraordinariamente desigual. Francia ya ha superado varias veces toda la superficie que quemó durante 2025, mientras España ha entrado en una fase de aceleración dramática.

En España, las cifras explican mejor la gravedad que cualquier adjetivo. Hasta el 28 de julio se habían quemado 173.651 hectáreas, casi seis veces las 29.817 registradas en el mismo periodo de 2025. El número de grandes incendios –los que superan las 500 hectáreas– había ascendido a 35, frente a siete un año antes. No se trata solo de que arda más superficie; se está concentrando una enorme destrucción en pocas semanas y en incendios de gran tamaño, capaces de agotar recursos, obligar a evacuaciones masivas y encadenar emergencias regionales.

Comparación de los incendios de 2026 respecto a los del año pasado en los países más afectadosJosé Antonio Monago Terraza

Los incendios de Ávila, Madrid, Toledo y Guadalajara han mostrado la anatomía de este nuevo riesgo. Solo los grandes complejos de fuego en Ávila, Madrid y Toledo habían afectado a decenas de miles de hectáreas y obligado a evacuar o confinar a numerosas poblaciones. Las autoridades consiguieron aprovechar una breve mejoría meteorológica para estabilizar algunos frentes, pero la llegada de otra ola de calor, con temperaturas elevadas, baja humedad y viento, amenaza con reactivar zonas todavía calientes.

El clima importa, pero no basta para explicar el desastre. Las temperaturas altas, la sequedad y el viento determinan la facilidad con la que el fuego se propaga. Sin embargo, el comportamiento final depende también de la continuidad y cantidad del combustible vegetal, la topografía, la estructura del bosque, la presencia humana y la gestión del territorio. La Agencia Europea de Medio Ambiente advierte de que el abandono rural y la acumulación de material combustible están aumentando el riesgo en el sur de Europa. El cambio climático carga el dado; el abandono del territorio multiplica sus consecuencias.

Aquí reside la debilidad de buena parte de la política europea. Europa ha invertido mucho en combatir el fuego, pero todavía menos de lo necesario en impedir que el paisaje se convierta en combustible continuo. Aviones, helicópteros y satélites son indispensables, pero un medio aéreo contiene un frente; no sustituye la selvicultura preventiva, el pastoreo extensivo, los mosaicos agroforestales, los cultivos mantenidos ni la limpieza estratégica de áreas próximas a pueblos e infraestructuras.

La Unión está empezando a reconocerlo. En marzo, la Comisión presentó un enfoque integrado que abarca prevención, preparación, respuesta y recuperación. Para este verano ha dispuesto su mayor dispositivo europeo hasta la fecha, con 22 aviones y cinco helicópteros disponibles en la reserva común, además de equipos preposicionados y cartografía de Copernicus. Es un avance importante, especialmente cuando varios países reclaman ayuda simultáneamente. Pero una flota europea no puede convertirse en la coartada para seguir abandonando el monte.

Los incendios son también una cuestión geopolítica. Destruyen carreteras, líneas eléctricas, redes de comunicación, explotaciones agrarias y destinos turísticos; obligan a desplazar fuerzas armadas y compiten por aviones, helicópteros y personal especializado. Cuando España y Francia arden a la vez, Europa descubre que sus capacidades de protección civil son tan estratégicas como otras reservas críticas.

La guerra de Ucrania persuadió a los europeos de que la defensa no podía depender indefinidamente de arsenales ajenos. Los incendios deberían producir una conclusión parecida: la resiliencia territorial tampoco puede depender únicamente de medios movilizados cuando las llamas ya son visibles desde las ciudades.

La verdadera revolución contra el fuego no comenzará en el cielo, sino sobre el terreno. Necesita ganaderos, agricultores, selvicultores, sueldos dignos, brigadas estables, municipios preparados y normas que permitan trabajar el paisaje sin convertir cada intervención en un laberinto. Europa necesita más aviones; pero, sobre todo, necesita volver a llenar de actividad económica y presencia humana los espacios que hoy se vacían y arden. De lo contrario, cada verano parecerá excepcional, hasta que lo excepcional se convierta definitivamente en rutina.

  • José Antonio Monago Terraza es Portavoz Adjunto en el Senado y autor del libro: «Catástrofes naturales: respuesta del derecho administrativo español».