Del apaciguamiento a la sumisión
A lo largo de los últimos 120 años, desde que en 1906 la Conferencia de Algeciras y el Tratado de Fez de 1912 adjudicasen a España la parte Norte del protectorado, la más pobre y conflictiva, ese país ha sido como una piedra en el zapato de todos los españoles
Una ONG de Ceuta reparte más de 12.000 comidas entre migrantes desde la entrada masiva
Si hiciésemos una encuesta entre los españoles para saber qué país les resulta más antipático, no hay duda de que Marruecos se llevaría la palma.
A lo largo de los últimos 120 años, desde que en 1906 la Conferencia de Algeciras y el Tratado de Fez de 1912 adjudicasen a España la parte Norte del protectorado, la más pobre y conflictiva, ese país ha sido como una piedra en el zapato de todos los españoles. Piedra que en estos días ha alcanzado las dimensiones de una roca.
Hasta 1925, desembarco de Alhucemas, el protectorado supuso una sangría constante de vidas españolas, entre 25.000 y 30.000, un gasto insoportable y una de las causas, si no la principal, de la descomposición del régimen de la Restauración, culminada en el golpe de Primo de Rivera de 1923. Pocos historiadores discuten hoy que sin el golpe de Estado la Monarquía no habría caído y tampoco se habría proclamado la catastrófica República que nos condujo directos a la guerra de 1936-39.
Puede afirmarse, por tanto, que sin protectorado, muy probablemente la Constitución de 1876 habría permanecido vigente y España se habría ahorrado la II República y por supuesto la guerra.
Franco, como producto marroquí que era, siempre trató con indulgencia a ese país, al que profesaba gran afecto. En 1956 forzó su independencia, en contra de Francia, que de ninguna manera quería crear un precedente aplicable a Argelia, como luego ocurrió.
Mohamed V, el primer rey, más bien sultán, no se mostró agradecido. Sólo un año después envió a sus soldados, disfrazados de partisanos sin uniforme a atacar Ifni, pequeño enclave español entre Agadir y El Aaiún. Tras una corta guerra en la que contamos con apoyo aéreo francés, puesto que EE.UU. no autorizó el empleo de los modernos cazas F-86F Sabre, recientemente incorporados a nuestro Ejército del Aire, España cedió en la práctica el control de la mayoría de Ifni al vecino del Sur, conservando sólo la capital, Sidi Ifni. Y además cedió la parte Norte del Sahara, que comprendía las ciudades de Tan Tan y Tarfaya. El 30 de Junio de 1969 se completó el abandono de Sidi Ifni.
En 1972, tras haber superado los intentos de golpe de Estado dirigidos por el general Oufkir, el nuevo sultán, Hassan II, pensó que convenía a sus propósitos crear un nuevo conflicto con España. Lo hizo con la pesca y a partir de entonces fueron continuos los apresamientos y multas a nuestros pesqueros artesanales que, desde tiempo inmemorial, pescaban en el banco sahariano. España cedió y se vio obligada a negociar acuerdos desiguales de pesca, mientras que Marruecos permitía faenar a las flotas industriales rusa, japonesa y coreana. Todo ello no era más que el preludio de la gran jugada, apoderarse del Sahara.
Y así fue, en efecto. No me extenderé sobre el oprobio y la vergüenza que supusieron los Acuerdos de Madrid de Noviembre de 1975, que la parte marroquí jamás respetó. A partir de entonces, Marruecos nos tomó la medida y supo que, contra España, tenía casi todos los triunfos en la mano. Hoy se simula reparar parte del daño causado concediendo la nacionalidad española a los saharauis. La jugada es maquiavélica y muy inteligente, porque tan pronto tengan su DNI la mayoría se trasladará a España, pues no hay color entre vivir en jaimas en el desierto o subvencionados aquí. Cuando los saharauis abandonen Tinduf, allí no quedara nadie o casi nadie. No habrá un pueblo ni una causa saharaui. Muerto el perro, se acabó la rabia. Un problema menos para Marruecos y uno más para España.
Desde 1975 hasta hoy, la historia ha consistido en una serie interminable de ofensas y agravios, que salvo un ataque armado, han adoptado todas las formas posibles: la pesca, reduciendo progresivamente el número de barcos y capturas, limitaciones que no se atreve a imponer a China, por ejemplo; la apertura y cierre de los pasos fronterizos y de las aduanas de Ceuta y Melilla, a capricho del Majzén (la camarilla que realmente manda en el país); el alud de droga que a diario lanzan sobre las costas españolas; la sobreproducción de frutas y hortalizas a bajo precio sin cumplir las condiciones que Bruselas impone a nuestros agricultores, violando escandalosamente los contingentes autorizados, que está arruinando sectores enteros de nuestra agricultura. Y por fin, la inmigración masiva.
Ya al principio de los 80, cuando España se veía obligada a negociar el tema pesquero, los marroquís exigían la residencia para sus nacionales que se encontraban ilegalmente en España como condición para cerrar cualquier convenio. Cuando a mediados de los 80 la llegada de pateras empezó a preocupar, España firmó en 1992 un acuerdo de readmisión de inmigrantes ilegales, que Marruecos jamás tuvo la menor intención de cumplir. Y así hemos llegado a esta situación en la que, calculando por lo bajo, en España hay más de 3 millones de marroquís o hijos de marroquís, un 75% de ellos con nacionalidad española. Que esta masa constituye un peligro para la seguridad nacional nadie lo pone en duda, pero casi nadie se atreve a decirlo.
En medio de este panorama, Marruecos siempre ha utilizado con más o menos intensidad, sus amenazas sobre Ceuta y Melilla y más recientemente, a medida que aumentaba su confianza, veladamente sobre Canarias.
La comedia de Perejil en 2002 marca un punto de inflexión en las relaciones. Marruecos le tira un anzuelo a Aznar y este pica. Organiza un minidesembarco de Normandía para desalojar a 7 guardias inofensivos y al amanecer y con viento de Levante, España obtiene su más reciente victoria militar.
Pero Marruecos toma nota, resuelve que Aznar y por extensión el PP, pueden constituir un peligro para su posición en el Sahara y decide apostar por un prometedor socialista llamado Rodríguez Zapatero. La jugada le sale a pedir de boca, no sin valiosas colaboraciones nacionales y extranjeras y el 14 de Marzo de 2004 un pasmado Rajoy se acuesta sin creerse aún que le han birlado la Moncloa.
Desde ese momento las relaciones bilaterales entraron en una diabólica rueda que gira constantemente sólo en el sentido que a Marruecos conviene.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Fundamentalmente porque Marruecos ha sabido jugar muy bien sus cartas y su diplomacia ha maniobrado admirablemente, mientras que España jamás llevó la iniciativa y su posición ha sido siempre reactiva, mucho más preocupada por lo que Marruecos podía hacernos y no por lo que nosotros podríamos hacerle a Marruecos, que es muchísimo más. Claro que para eso necesitamos hombres de Estado, una política clara y constante y voluntad de aplicarla. Ninguna de esas condiciones existe hoy.
De mi paso por la Dirección Gral. de África del Ministerio, recuerdo que entre los compañeros siempre comentábamos «el síndrome marroquí», que consistía en no hacer nada que pudiera molestar al país vecino no fuera a ser que nos montara un conflicto en uno de los numerosos frentes que mantenía abiertos, sobre todo en Ceuta y Melilla.
Es decir, España ha mantenido una política constante de cesiones y apaciguamiento, sin resultado alguno, mientras que la marroquí ha sido aprovechar cada triunfo como punto de apoyo para dar el siguiente paso. ¿Y ahora? Ahora la política es de sumisión, Marruecos dispone y España cumple. Las causas están en la mente de todos y no vale extenderse. ¿Hay solución? Pues claro, pero tampoco voy a desvelar en un artículo periodístico las medidas que pueden y deben tomarse.
Sin embargo, Marruecos debe andarse con cuidado. Todas las gotas de agua son iguales, pero hay una última que hace que el vaso se desborde y si ese momento llegase, no me cabe duda de que será una catarata.
- José M. de la Torre y Montoro es embajador de España