La crisis de Perejil, la invasión marroquí que España frenó en seis días
La ocupación de Perejil en 2002 fue mucho más que una disputa por un pequeño islote deshabitado frente a Ceuta. Fue una nueva manifestación del persistente desafío marroquí a la soberanía española. La firme respuesta militar dejó claro que España no estaba dispuesta a aceptar presiones territoriales
Bandera española izada en el Islote Perejil
Hasta el verano de 2002, pocos españoles sabían dónde se encontraba el islote de Perejil y menos aún podían imaginar que aquel pequeño territorio deshabitado, situado a apenas ocho kilómetros de Ceuta, acabaría desencadenando una de las mayores crisis diplomáticas entre España y Marruecos desde la Marcha Verde.
La ocupación marroquí de Perejil podría parecer un incidente menor. Pero nunca fue únicamente una disputa sobre un pequeño territorio deshabitado y sin recursos. Quienes en su día la redujeron a una controversia por una roca en mitad del Estrecho pasaron por alto, quizás interesadamente, que lo que realmente estaba en juego era la capacidad de España para defender su soberanía frente a una política marroquí que, periódicamente, ha utilizado la presión territorial como instrumento de acción exterior.
Más de dos décadas después, aquella crisis resulta sorprendentemente actual. Lo ocurrido en Perejil anticipó una dinámica que sigue marcando las relaciones entre Madrid y Rabat y que consiste en poner a prueba la capacidad de respuesta española mediante acciones limitadas sobre Ceuta, Melilla y otros espacios de soberanía.
Un islote pequeño con una gran importancia simbólica
La paradoja de Perejil es que su valor material es prácticamente nulo, pero su importancia estratégica y política ha sido considerable durante siglos.
En el siglo XIX, Reino Unido, Francia, España e incluso Estados Unidos mostraron interés por el islote debido a su posición junto al Estrecho de Gibraltar, una de las rutas marítimas más importantes del mundo. Su relevancia geopolítica va mucho más allá de lo que podría sugerir su reducido tamaño.
Perejil forma parte de un sistema geográfico indisolublemente vinculado a Ceuta y al control de los accesos al Estrecho. Por ello, la ocupación marroquí del 11 de julio de 2002 fue interpretada en Madrid como un calculado desafío a la soberanía española.
El trasfondo: la idea del «Gran Marruecos»
Desde mediados del siglo XX, determinados sectores políticos e intelectuales marroquíes, especialmente los vinculados al nacionalismo del partido Istiqlal, han defendido la doctrina del denominado «Gran Marruecos», una construcción ideológica según la cual las fronteras actuales del reino alauí no reflejarían su supuesto espacio histórico natural.
Esta visión ha alimentado reivindicaciones sobre territorios tan diversos como Mauritania, zonas de Argelia, el Sáhara Occidental, Ceuta, Melilla y las plazas e islotes bajo soberanía española en el norte de África. Pocas doctrinas nacionalistas contemporáneas han formulado aspiraciones territoriales de semejante amplitud.
El Patrullero Tagomago en las inmediaciones de la isla de Perejil.
Más allá de su viabilidad real, esta corriente ha demostrado una notable utilidad política. En momentos de tensión interna o de dificultad diplomática, las reivindicaciones territoriales han servido como elemento de cohesión nacional y como instrumento de presión sobre España.
La ocupación de Perejil encajaba perfectamente en esa lógica. Marruecos eligió un territorio pequeño, aislado y aparentemente secundario, pero íntimamente vinculado a Ceuta. El mensaje era evidente: comprobar cómo reaccionaría España ante una alteración unilateral del statu quo.
Una larga historia de presión
Perejil tampoco fue un episodio aislado. Desde las acciones del Ejército de Liberación contra las posiciones españolas de Ifni y el Sáhara a finales de la década de 1950 hasta la Marcha Verde de 1975, Marruecos ha recurrido periódicamente a distintas formas de presión sobre territorios españoles.
La crisis de 2002 respondía a esa misma lógica, basada en acciones limitadas y cuidadosamente calculadas para obtener réditos políticos sin llegar a un choque militar abierto, un escenario que Marruecos siempre ha procurado evitar debido a la clara superioridad militar española.
Por ello, numerosos analistas interpretaron que el verdadero objetivo no era Perejil, sino comprobar hasta dónde estaba dispuesto a llegar el Estado español para defender su soberanía.
La respuesta española
España intentó resolver la crisis por la vía diplomática. Sin embargo, ante la negativa marroquí a restaurar la situación anterior a la ocupación, el Gobierno activó la operación militar denominada Romeo-Sierra.
El 17 de julio de 2002, las Fuerzas Armadas recuperaron el control del islote sin efectuar un solo disparo y sin causar bajas, a pesar del riesgo inherente a ejecutar una operación conjunta en la que participaron unidades de los tres ejércitos. El peso de la operación recayó sobre las unidades de operaciones especiales y los helicópteros de las FAMET, apoyados por medios navales y aéreos desplegados en la zona. Una vez recuperado el islote, efectivos de La Legión procedentes de Ceuta asumieron temporalmente su seguridad.
El Ejército español tuvo que intervenir para recuperar la isla de Perejil
La actuación española, cuyo objetivo no era escalar el conflicto sino restablecer la situación existente antes de la ocupación, fue deliberadamente limitada. Una vez desalojados los militares marroquíes que habían ocupado territorio español, Madrid reanudó inmediatamente los contactos diplomáticos con Rabat para facilitar una salida a la crisis.
La lección que sigue vigente
Uno de los argumentos más repetidos en aquellos días era que una respuesta firme podía desembocar en una guerra entre los dos países.
Ocurrió justamente lo contrario.
La reacción española restableció el statu quo, puso fin a la crisis en apenas seis días y demostró que la alteración unilateral del orden establecido tenía costes inmediatos. Ambos países aceptaron posteriormente la desmilitarización del islote y la tensión descendió con rapidez.
La ocupación de Perejil no sirvió para modificar realidad alguna. Al contrario, quedó claro que España estaba dispuesta a defender su soberanía frente a hechos consumados.
Más de dos décadas después, aquella crisis sigue ofreciendo una enseñanza de plena actualidad. Si en 2002 esa presión adoptó una forma militar, hoy puede presentarse mediante instrumentos propios de la denominada guerra híbrida. La lógica, sin embargo, sigue siendo parecida.
Perejil dejó una conclusión difícil de ignorar. Firmeza no es sinónimo de conflicto. En muchas ocasiones, es precisamente lo que permite evitarlo y prevenir nuevas agresiones sobre la soberanía nacional.