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La infanta Isabel de Borbón,  "La Chata", bajo la umbría de los árboles de La Granja, preside una gran tertulia de veraneantes en 1925

La Infanta Isabel de Borbón, «La Chata», a la sombra de los árboles en La Granja, preside la tertulia de veraneantes en 1925EFE

Casa Real

Así eran los veranos de la Infanta Isabel en La Granja: excursiones, caridad y el «corro grande»

Sesenta años después de su muerte en el exilio, el Rey Juan Carlos repatrió los restos de La Chata, que recibieron sepultura en el Panteón Real de la Colegiata de La Granja

La Granja fue durante siglos -desde que Felipe V mandó en 1720 construir su Palacio Real, jardines y fuentes- el destino elegido por la Familia Real como residencia estival, pero la Infanta Isabel no solo fue la última que lo hizo -hasta el verano previo al exilio y a su muerte- sino que a lo largo de las décadas generó un vínculo imborrable con esta localidad segoviana.

Los Reyes dejaron de ir a La Granja tras el incendio de 1918, que destruyó parte del Palacio, y empezaron a pasar los veranos en el norte, pero la Infanta Isabel siguió acudiendo y se convirtió en la principal veraneante, lo que le permitió diseñar un retiro a la medida de sus gustos y aficiones. Y muchos fueron los aristócratas y burgueses que, en lugar de seguir cada verano a los Reyes, se quedaron en La Granja con ella.

La Infanta Isabel

La Infanta Isabel

Isabel (Madrid, 1851-París, 1931) era la hermana mayor de Alfonso XII y tía de Alfonso XIII, y fue dos veces Princesa de Asturias, pero los españoles la conocían con el apodo de «La Chata». Se casó con Cayetano de Borbón-Dos Sicilias, aunque el matrimonio apenas duró tres años porque su marido, enfermo, se quitó la vida. Sus contemporáneos la describían como una Infanta castiza, generosa, muy mandona (según Melchor de Almagro San Martín) y respetuosa con el protocolo y los horarios, pero a la vez cercana y popular.

En rústicos bancos

Para quienes veraneaban en La Granja era fácil encontrarse con la Infanta, que se levantaba muy temprano y salía a pasear con los periódicos bajo el brazo y acompañada por alguna de sus damas. Y a mediodía acudía a la sombra de unos árboles, donde presidía una gran tertulia, llamada el «corro grande», a la que acudían los veraneantes más destacados, muchos de ellos miembros de la aristocracia, algunos vecinos de Segovia y, a veces, las autoridades. Todos ellos se sentaban en unos rústicos bancos de madera dispuestos en círculo y hablaban de las noticias de cada día y de los parentescos de los asistentes.

Monumento a la Infanta Isabel en La Granja, obra de Lorenzo Coullaut Valera

Monumento a la Infanta Isabel en La Granja, obra de Lorenzo Coullaut ValeraElena F.D.

La Infanta Isabel también organizaba excursiones por el entorno. Durante su juventud se hacían a caballo a destinos como Peñalara, Siete Picos, la Fuenfría o el Paular, y a veces llegaban a juntarse un centenar de equinos. Y después paseaba en su coche de caballos, que ella misma guiaba, o en los famosos «blases», que eran unos mulos mansos y pequeños que utilizaban la Familia Real y los veraneantes. También organizaba bailes, concursos y caritativas comidas campestres sobre interminables manteles, a las que ella invitaba a los niños en unas ocasiones, y a los mayores en otras. A los niños pobres les compraba regalos, a los adultos les daba trabajo, al arrastrar una numerosa colonia de veraneantes, y nunca se olvidaba de visitar los conventos y dejar generosas limosnas.

El destierro tras la República

El última verano feliz de la Infanta Isabel en La Granja fue el de 1930. Siete meses después se proclamó la República en España y, aunque ella no fue expulsada por las autoridades, consideró que su deber era acompañar al destierro al resto de la Familia Real. Se fue de España el 19 de abril, muy enferma, con 79 años; parte del traslado lo hizo en camilla y otra parte en silla de ruedas.

En París se instaló en una residencia de señoras, en la que vivía su hermana Eulalia: el pabellón Saint Michel, en el barrio de Auteuil. Al día siguiente de su llegada recibió la visita de los Reyes y de su ahijado, el Infanta Jaime. El 23 abril falleció tras recibir la extremaunción.

Sus restos mortales, amortajados con el hábito de San Francisco y los escapularios de San Isidro y la Virgen de la Paloma, recibieron sepultura en el cementerio de Père Lachaise, en el panteón familiar de José Quiñones de León, que había sido embajador de España en Francia.

Sesenta años después, en mayo de 1991 el Rey Juan Carlos ordenó el traslado de los restos de la Infanta, que regresaron a España y fueron depositados en el Panteón Real de la Colegiata de La Granja, situados junto a los de los Reyes Felipe V e Isabel de Farnesio, fundadores del Real Sitio.

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