Fundado en 1910
Los Cuerpos de Seguridad del Estado

Los Cuerpos de Seguridad del EstadoEuropa Press

Ceuta entre dos Pedros

Entre las muchas creaciones de Don Pedro Calderón de la Barca hay un conocido drama titulado El príncipe constante. Inspirado en un suceso histórico, su acción principal transcurre en el año 1437 y su trama tiene como referente la ciudad de Ceuta, portuguesa en aquel tiempo. Es una obra universal y, por tanto, intemporal, pero los hechos de este verano hacen más patente su actualidad.

Un extracto, al hilo de algunos de sus versos, puede servir para que el lector recuerde y valore un precedente, casi seis siglos atrás, de los lamentables sucesos de Ceuta.

El general Muley vuelve de la mar y rinde parte al Rey de Fez, que le había ordenado obtener información sobre las defensas de la ciudad objeto de deseo del viejo monarca, misión que el propio Muley describe así:

«Fue tu intento que llegase / a aquella ciudad famosa /llamada en un tiempo Elisa, / aquella que está en la boca,/ del Freto Hercúleo fundada, / y de Ceido nombre toma; / que Ceido, Ceuta en hebreo, / vuelto al árabe idioma, / quiere decir hermosura, / y ella es ciudad siempre hermosa

Prosigue Muley su informe y cuenta cómo, navegando con sus dos galeazas por la otra boca del estrecho, la occidental, descubre una armada portuguesa que se aproxima a Tánger con intención de hacerse con esta plaza, razón por la que el general decide abortar su misión y regresar para dar esta alarmante noticia.

El Rey, aprovechando la circunstancia de que, haciendo preparativos para tomar Ceuta junto a su propio ejército, se encuentran acampadas en las afueras de Fez las tropas de Tarudante, un príncipe marroquí, cambia el objetivo y decide marchar para enfrentarse a los portugueses en Tánger. Pero antes envía a Muley, ahora por tierra, como avanzadilla para el primer choque; le asigna fuerzas e instruye de este modo:

«Yo tan veloz llegaré, / como tú con lo restante, / del ejército arrogante, / que en ese campo se ve; / y así la sangre concluya, / tantas dudas en un día, / porque Ceuta ha de ser mía, / y Tánger no ha de ser suya

Una buena táctica y la superioridad de sus fuerzas dan el triunfo a los africanos, que hacen prisionero a uno de los infantes portugueses al mando. Don Fernando, maestre de Avis, es conducido cautivo a Fez, en cuyo palacio se le trata con toda la cortesía, delicadeza y atenciones que merece su condición. Y así pasan las semanas a la espera de la llegada del rescate solicitado a Portugal que, además de otras demandas, exige la entrega de Ceuta.

Por fin, un día se presenta en la sala del trono de palacio la comitiva portuguesa con el documento que sanciona la cesión de la ciudad. Ante la sorpresa de todos los presentes, amigos y enemigos, el infante don Fernando coge el pliego, lo hace trizas y se lo come para asegurar su ineficacia. Luego, en un largo discurso, justifica las muchas y fundadas razones de su decisión; acaba señalando la insignificancia del sacrificio de un hombre en comparación con la pérdida de la villa para la cristiandad; y se declara dispuesto a dar no una, sino tantas vidas como tuviera:

«Pues cuando no hubiera otra / razón más que tener Ceuta / una iglesia consagrada / a la Concepción eterna / de la que es Reina y Señora / de los cielos y la tierra, / perdiera, vive Ella misma, / mil vidas en su defensa

El Rey, irritado, le responde:

«Desagradecido, ingrato / a las glorias y grandezas / de mi reino, ¿cómo así / hoy me quitas, hoy me niegas / lo que más he deseado?».

La discordia entre rey e infante concluye con el siguiente intercambio:

–«Daréte muerte. / –Esa es vida. / –Pues para que no lo sea, / vive muriendo, que yo / rigor tengo. / –Y yo paciencia. / –Pues no tendrás libertad. / –Pues no será tuya Ceuta.»

A partir de este momento, la cautividad del infante se torna especialmente rigurosa, pero él permanece fiel a sus principios, constante en su fe. Como consecuencia de sus muchos padecimientos, enferma y fallece en unos meses, justo cuando sus compatriotas, flamantes vencedores esta vez, alcanzaban ya las murallas de Fez para rescatarle. Así, lamentablemente, solo les queda trasladar su cadáver a Portugal con todos los honores.

Según comenta el profesor Valbuena, editor de los textos consultados (Aguilar 1991), la realidad histórica de la repatriación del infante fue distinta a la ficción del drama. Don Fernando sufrió una cautividad más prolongada, de unos seis años. Falleció en 1443 y su cuerpo embalsamado fue expuesto a escarnio, colgado de las almenas de Fez. No fue hasta 1471 que Portugal pudo recuperar los restos del príncipe constante.

El segundo Pedro de este artículo tiene un papel relevante en el sufrimiento que está padeciendo Ceuta y el resto de España en estas semanas. No está claro el porqué de la mala gestión de la cuestión de Ceuta antes y después de su invasión. Se ignora si el Gobierno que preside no sabe, no puede o no quiere dar una solución satisfactoria a la crisis.

No son pocos los ciudadanos que ante situaciones límite actúan con heroicidad, llegando algunos al sacrificio de sus vidas. Nadie espera este tipo de comportamiento de un gobernante. Tampoco es necesario. Basta con que logre una eficacia razonable, conduciéndose con decisión, lealtad a sus obligaciones institucionales, a los intereses de la Nación y a la Constitución.

Los incumplimientos de las autoridades pueden, en su caso, tener consecuencias formales: administrativas o penales, pero siempre acarrean otras de carácter intangible, como el desafecto de la sociedad a la que deben servir, aunque, bien es cierto, que su impacto en cada persona depende de la sensibilidad o probidad de cada uno.

Calderón nos ilustra en el final de La vida es sueño sobre cómo la actuación inapropiada de aquellos con autoridad puede acarrear consecuencias inesperadas. Segismundo ya es rey de Polonia y habla con el soldado que, desobedeciendo lo dispuesto por el anterior rey, le había liberado de la torre en la que el príncipe estaba preso. El soldado, tras exponer sus pretendidos méritos, le pregunta: «… qué me darás». Segismundo le responde:

«La torre; y porque no salgas / de ella nunca, hasta morir / has de estar allí con guardas; / que el traidor no es menester / siendo la traición pasada

En justa correspondencia a las recomendaciones de libros y música que el segundo Pedro públicamente nos hace, me veo facultado para aconsejarle una lectura reflexiva de la obra del primer Pedro, con la esperanza de que le ayude a apreciar en lo que vale esa magnífica ciudad, a ponderar adecuadamente sus circunstancias y a tomar decisiones eficaces y rápidas que defiendan a España como se merece.

¡Ojalá se obre pronto el milagro!

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas