Fundado en 1910

Gabriel Rufián, portavoz en el Congreso de ERCÁngel Ruiz

El perfil

Rufián, la muleta de Sánchez que ya no quiere hacer campaña en Ceuta y Melilla

Hasta hace unos días vendía ser la nueva esperanza de la extrema izquierda española. Ahora está volcado en negociar con Oriol Junqueras, en teoría su jefe, una salida para la tormentosa relación que mantienen

Juan Gabriel Rufián Romero (Santa Coloma de Gramanet, 44 años) ha mostrado durante la crisis de Ceuta más conmiseración por los inmigrantes marroquíes que por los ciudadanos españoles no catalanes, a los que gusta aplicar el criterio de la pureza de sangre. En su última intervención en el Congreso dio pábulo a todo tipo de teorías conspiranoides: desde que Mohamed VI quiere cargarse el Gobierno de España, hasta la participación en el asalto masivo a la frontera sur de Europa de los Ejecutivos de Washington y Tel-Aviv. Tenía el todavía portavoz de ERC que ganarse algún titular, ya que «la vía Rufián», que consistía en que él encabezara una lista electoral para toda España, donde se incluyeran Sumar y Podemos, ha naufragado antes de nacer. Así que ha decidido que ya no será candidato en la España que odia, sino en solo una parte de ella: Cataluña. Y ha vuelto a pronunciar su infame frase: «La mejor manera de reventar a la derecha es no reventar a otras izquierdas», respondiendo airadamente en las redes a Pablo Iglesias, que ponía en duda la candidatura para aglutinar a la ultraizquierda.

Gabriel es hijo único de una familia de orígenes andaluces con un título de graduado social como galón académico. Hasta hace unos días vendía ser la nueva esperanza de la extrema izquierda española. Ahora está volcado en negociar con Oriol Junqueras, en teoría su jefe, una salida para la tormentosa relación que mantienen desde que el portavoz en el Congreso quiso liderar una coalición con fuerzas plurinacionales, dando la espalda al que ha sido su partido desde hace 13 años. El problema estaba en que era precisamente su formación la que no quería ni oír hablar de ese frente de izquierdas y él insistía erre que erre con liderarla. Lo cierto es que en su partido saben que tiene tirón –es un maestro en las redes sociales– y a Junqueras no le ha quedado más remedio que tragar con las ínfulas del que fuera su mano derecha.

Ha devenido en psicópata político contra la derecha, pero corderito de Norit con su jefe de Moncloa. Ha descubierto que después de ser el pagafantas de Sánchez, lo mejor es seguir siéndolo

Pero antes tienen que solucionar uno de los graves problemas que arrastra la formación: el mal ambiente dentro del grupo parlamentario en la carrera de San Jerónimo. Rufián –cuyo mentor político es Joan Tardá– no se habla con casi ninguno de sus compañeros de escaño y no hace más que pisar callos, lo que ha abierto una crisis de difícil solución. De él cuchichean sus compañeros que es un «narcisista que no sabe trabajar en equipo. Ni siquiera ha redactado una frase de una ley ni negocia cosas importantes». Lo suyo son las performances: un día saca un billete de 50 euros para reírse del partido de Puigdemont; otro coloca en la tribuna tres balas de fogueo para meterse con Sánchez y, el anterior, intenta ridiculizar a Rajoy llevando una impresora al hemiciclo. O recientemente acude con el auto judicial contra su amigo Zapatero y dice, decepcionado, que «esto es una mierda», entre lágrimas de cocodrilo. La única salida que propone Gabriel para arreglar lo de su grupo parlamentario es que sea él quien decida a los miembros de la lista que le acompañarán en las generales cuando las convoque su amigo Pedro. Porque volverá a presentarse a pesar de que dijo hace ya once años que en solo uno y medio se marcharía a crear la República Catalana. Allí siguen esperándole. Hay quien asegura –no sin razón–, que si mañana se declarara la independencia de Cataluña, a Gabriel se le plantearía un problema.

Mientras tanto, el CIS de Tezanos le reconoce como el cuarto líder español en tirón popular y un sondeo de El País le situó como el político favorito entre los votantes de izquierda, ganando en todos los segmentos de edad. Justo es recordar que lo mismo dijo la demoscopia durante años de Alberto Garzón y hoy solo es un recuerdo añorado por los amantes del tofu. Hace dos meses, el periodista Jordi Amat le dedicó al catalán un artículo titulado «El niño perdido Gabriel Rufián», en el que le calificaba de «el espabilado que un día soñó ser» y el aludido, al que la reseña le sentó como un cuerno, escribió en su red social: «De los artículos que me han dedicado este es de los más clasistas, burdos y cutres». Como Óscar Puente, el republicano catalán practica la ley del embudo: puño de hierro contra los demás y mandíbula de cristal cuando recibe las tundas dialécticas que provoca.

Este es Rufián, nuestro Demóstenes del barrio del Fondo de Santa Coloma e hijo de una familia obrera procedente de Andalucía y Extremadura, que ha devenido en psicópata político contra la derecha, pero corderito de Norit con su jefe de Moncloa, por quien ha hecho el sacrificio de quedarse en el infierno de Ayuso. Ha descubierto que después de ser el pagafantas de Sánchez, lo mejor es seguir siéndolo. Esta luminaria, al que el sanchismo ha dado alas, se permite hablar de corrupción cuando ha tenido que tragar con Ábalos, Koldo, Santos, Salazar y Zapatero y tiene en casa un buen puñado de compañeros que han pasado por la cárcel por sedición y malversación –o sea, por robar dinero de todos– y que solo han conseguido salir por la impunidad regalada por el jefe de la banda.

Entre tener que ir a aguantar al pelma de Salvador Illa robándole votos a su partido con discursos de Gandhi con barretina, y seguir mamando de la teta sanchista, aunque la ubre no esté pletórica de leche sino de corrupción y machismo, la elección es sencilla. ¿Quién dijo regeneración? Hasta Gaby, tan preocupado por las víctimas de la dana, fue incapaz de negarse a votar al consejo de RTVE y al candidato de ERC, cuando los telediarios vomitaban un turbión de cadáveres por la riada. Luego, súbitamente, volvió a transmitir una sentida preocupación por esos fallecidos cuando se lanzó cual alimaña, en la comisión de investigación sobre la tragedia, contra el cadáver político de Mazón.

Levanta 113.468,60 euros como diputado del Reino de España: lo rufianesco no está reñido con la vida padre. Aquí sigue mientras Esquerra cedió en las elecciones autonómicas el 22 % de sus apoyos

Rufián lleva una década en Madrid y ha aprendido mucho. No hay templo gastronómico de la capital que se le escape. Aquí ha rehecho su vida junto a Marta Pagola, de prensa del PNV, tras su dura separación de Mireia Varela; es padre de dos hijos, uno de cada matrimonio. Y aquí ha bajado o levantado el pulgar a Pedro Sánchez cuando le reclamaba votos a cambio de cesiones al separatismo, aquí ensucia de insidias la tribuna del Congreso, aquí ha alimentado una campaña personal contra Yolanda Díaz, de la que habla pestes desde que se enfrentaron cuando ERC no apoyó la reforma laboral de la vicepresidenta, y aquí se queda, en su enésima trola, tras fracasar como candidato a alcalde en Santa Coloma en las pasadas municipales.

Levanta 113.468,60 euros como diputado del Reino de España: lo rufianesco no está reñido con la vida padre. Aquí sigue mientras Esquerra cedió en las elecciones autonómicas el 22 % de sus apoyos. Casi 87.000 votantes se pasaron a Puigdemont y más de 52.000 a Illa. «¿Qué hacemos ahora?» (recordando el «¿qué hacer?» de Lenin) se tituló la charla que dieron Irene Montero y él para conformar un Frente Popular, similar acto al que Gabriel celebró antes con Emilio Delgado. De ambos movimientos se desmarcó ERC, que ha visto cómo su todavía portavoz parlamentario se buscaba las habichuelas. Ahora ya no quiere liderar nada. Seguro que se ha imaginado a sí mismo haciendo campaña en Ceuta y Melilla y no le ha gustado lo que ha visto.