Escrito con dolor e indignación
Los únicos imprescindibles son los muertos de Urda y antes los de Adamuz a quienes sus familias ni el resto de España ya nunca más verán
Cuando escribo estos párrafos, la mañana pinta triste. Es el día de Todos los Santos, que este año ha salido soleado y solitario, como una flor tardía en el jardín de los muertos. Es víspera de los Fieles Difuntos y en nuestras retinas viven las sobrecogedoras estampas del trágico accidente ferroviario de Urda en el que 69 personas han perdido la vida y más de 100 han quedado malheridas. Hoy España entera es un camposanto donde los espejos biselan el alma y la baraja del tiempo se atavía de desconsuelo y tristeza.
Ante la tragedia, quien esto escribe respira hondo, serena el espíritu, hace recapitulación de lo sucedido y varias reflexiones le invaden el pensamiento. Es a los protagonistas del drama, por activa y por pasiva, a quienes dirijo estas palabras, escritas con dolor e indignación y consciente de que no todos los personajes de la desgracia caben en el texto.
En primer lugar, descansen en paz quienes reposan en sus sepulturas, donde retumban los gemidos del sufrimiento y tañen lúgubremente las esquilas de muchos corazones. Benito Pérez-Galdós lo escribió el 20 de noviembre de 1865 en el diario La Nación: «Cada caja contiene un aliento extinguido». A los que nos han dejado digámosles, como los romanos querían para sus muertos, Sit tibi terra levis, que la tierra les sea leve.
Junto al sentimiento de pena por los fallecidos, vaya nuestro pésame a los familiares y amigos. Ante la muerte de sus seres queridos, el sufrimiento baila en el corazón, en la garganta o en la mirada. Lo malo de quienes se nos van es el vacío que dejan en nosotros y que jamás se acierta a rellenar con nada. Lo mismo ocurre con el amigo muerto, que su evocación sólo sirve para recebar el tormento de haberlo perdido. Estoy seguro de que muchos se preguntarán si acaso el Ser Supremo no podría haber evitado este desastre, a lo que yo, con tanto respeto como modestia, respondería repreguntando si tal vez no estaremos ante un injusto y cruel castigo bíblico o, que también pudiera ser, ante una canallada del diablo.
Sean igualmente bienaventurados quienes, con ejemplar resignación, soportan las secuelas de la despiadada fatalidad y se enfrentan a la trágica situación de la mejor forma que pueden y con las herramientas que tienen a su alcance. A la memoria me viene Albert Camus cuando distinguía entre quienes sufren la historia y la escriben con sus infortunios.
Por supuesto, benditos sean nuestros guardias civiles, policías nacionales y locales, sacerdotes, sanitarios y voluntarios que, desde el primer momento, se enfrentaron al desastre y sus pavorosas secuelas. Todos han demostrado que son buena gente, dueños de una conciencia templada y titulares de una voluntad generosa. No hay ni habrá moneda que pueda costear su entrega y desvelo con las víctimas de la catástrofe.
Por eso mismo, dichosos sean los Reyes de España, Don Felipe VI y doña Letizia, y los responsables políticos que con probidad han arrimado el hombro e intentan que, en este tiempo de tinieblas, la confianza en las instituciones no se resquebraje más de lo que está.
Finalmente, bienaventurados sean los directores y gerentes de los medios de comunicación y periodistas en general que, desde los micrófonos, con sus editoriales, columnas y tribunas, nos han informado e ilustrado del desastre de manera veraz y puntual y hacen que la prensa sea una profesión al servicio de algo, que no de alguien. En la otra orilla, muy lejos de los anteriores, queden quienes con sus trampas, pasiones y otras debilidades, han pretendido dar gato por liebre, creído más listos que nadie o han tratado de ensuciar el trabajo y esfuerzo de sus gremiales colegas.
Para concluir. El pasado día 30, en este mismo periódico, Gabriel Albiac se preguntaba por algo elemental: «¿Qué queda, tras este absurdo atentado contra la moral y la lógica? Muerte, (…) un país que exhibe su obsolescencia (…), un ministerio corrupto, cuya gangrena todo lo contamina (…), un primer ministro al que ningún almacenamiento de cadáveres afecta». Unas líneas más arriba afirmaba: «Que nadie diga que la matanza de Urda fue un azar. Todos sabemos lo que decir azar significa: lanzar un puñado de arena a los ojos del que mira. Sobre todo, a los ojos de aquellos a quienes la muerte ha golpeado».
Pues bien, a todos a los que el maestro Albiac se refiere, dirijo la siguiente tanda de reproches y reconvenciones.
Para empezar, malditos sean los mentecatos que, pese a los muchos muertos y el sinfín de heridos, con el país abatido y descorazonado, no terminan de reconocer el verdadero alcance de esta crisis e incluso ofrecen explicaciones absurdas a la causa del accidente, sin importarles ser tan miserables como echar las culpas a un trabajador del centro de control de la Estación de Atocha.
Sean también desventurados cuantos dominados por la indolencia no supieron o no quisieron saber nada de lo que era previsible y, por tanto, con seguridad se avecinaba. En política las precipitaciones son malas, pero las irresponsables omisiones suelen ser peores y no digamos si, dicho con lenguaje jurídico, el resultado es fruto de una «comisión por omisión». Valga esta censura para quienes se presentan víctimas de la fatalidad y sostienen que en todo momento cumplieron con su deber. Cuando un lerdo incurre en algo vergonzoso y que avergüenza a todos, lo único que consigue es hundirse más en la fosa de la indignidad.
Desdichados sean, pues, quienes con el empleo de una retórica sin sustancia y escasos de escrúpulos, pero sobrados de inepcia y egoísmo, que por no tomar las medidas oportunas o no dar la cara, pudieron ser, de algún modo, responsables de la terrible catástrofe. Lástima del gobernante que encerrado en la torpeza y la incompetencia carece de capacidad de pensar.
Aquí pongo fin a este réquiem. Lo hago con una mención especial al ministro del ramo, o sea, a don Óscar Puente. Creo que lo suyo, además de ética, es una cuestión estética. Para mí que está aquejado de soledad, infectado de contradicciones, aunque se presente ampuloso y redicho ante los periodistas. La impresión que da es que entre las manos la verdad se le escurre de tal modo que no sabe cómo ponerse ante las cámaras de televisión. Un hombre de bien no puede traficar con los sentimientos de las familias de los fallecidos. Un ministro, que encima es un zafio y un faltón, no puede seguir jugando con Twitter de forma compulsiva, lo que le hace impresentable y que es como estuvo en la rueda de prensa al comparecer en mangas de camisa y encima arrugada, aunque peor fue el alma desplanchada con la que acudió.
Para ser sincero, confieso que no sé si es mejor que se vaya o que se quede. Lo único que veo claro es que a Óscar Puente le pesan los ocho años de sanchismo, a los que habría que sumar el IVA correspondiente, aunque es evidente que Pedro Sánchez es un maestro en el arte de dejar caer a sus ministros y demás allegados. Primero les defiende, los justifica y dice eso de poner la mano en el fuego, que es un número de circo. También los anima, pero llega un momento en que se cansa y los deja despeñarse. Unos entran en la cárcel y otros cogen la manta y corren. Pedro Sánchez ha dejado caer a tantos que ya tiene su particular Valle de los Caídos.
Quizá cuando al ministro Puente le toque irse será después de las elecciones del próximo 29 de noviembre. Si ese día llega, por mí que se vaya con su presidente a la oposición o a donde quiera, pero, por favor, que no se crea imprescindible. Los únicos imprescindibles son los muertos de Urda y antes los de Adamuz a quienes sus familias ni el resto de España ya nunca más verán.
- Javier Gómez de Liaño es jurista y fue vocal del Consejo General del Poder Judicial