Quedan pocas pruebas gráficas de la violencia con la que los templos y conventos malagueños fueron arrasados
Semana Santa 2025
De la gloria a la destrucción: así fue la década más difícil para la Semana Santa de Málaga
El anticlericalismo generalizado, con duros episodios de quema de templos e imágenes religiosas en los años 1931 y 1936, ocasionó que las muestras públicas de fe se vieran reducidas a la mínima expresión
Los convulsos años 30 en España, con el final de la dictadura de Primo de Rivera, el anticlericalismo de la Segunda República y el levantamiento militar que desembocó en la Guerra Civil, provocaron que la celebración de la Semana Santa en la ciudad de Málaga sufriera importantes variaciones y contratiempos a lo largo de la década, llevándola desde el esplendor más absoluto hasta su cancelación por miedo a represalias.
En la Semana Santa de 1931 procesionaron en Málaga, con total normalidad y fervor y según mandaba la tradición de la época, 21 hermandades. Sin embargo, la proclamación de la República trajo consigo, apenas unas semanas después, los violentos acontecimientos de los días 11 y 12 de mayo, en los que ardieron iglesias y conventos de la capital malagueña y se prendió fuego a multitud de piezas devocionales, objetos cofrades y gran parte del ajuar litúrgico de los templos afectados, en una clara e inequívoca señal de lo que estaba por venir.
Desaparecieron tallas de gran valía artística y devocional, como Nuestra Señora de la Soledad, la Virgen de Belén, el Cristo de la Buena Muerte, de Pedro de Mena, o el Dulce Nombre de Jesús, El Moreno.
Durante los años sucesivos se suspendieron las procesiones y las hermandades y cofradías se limitaron a celebrar el culto de manera interna, a la vez que se llevó a cabo una labor de reposición de las imágenes destruidas por los violentos.
No obstante, las hermandades de la Pollinica, la Sagrada Cena, Ánimas de Ciegos, El Rico, Expiración, Zamarrilla, Amor, Sepulcro y Resucitado, denominadas «las valientes», decidieron procesionar en horario diurno durante el Jueves Santo, el Viernes Santo y el Domingo de Resurrección de 1935, arriesgando el reducido patrimonio que les quedaba o que habían podido reunir en secreto.
Tras el triunfo en las elecciones de febrero de 1936 del Frente Popular y temiendo posibles represalias contra la Iglesia y sus fieles, el obispo de la diócesis, Balbino Santos Olivera, recomendó a las hermandades establecer turnos de vigilancia en los templos y tomó la difícil decisión de suspender las procesiones de Semana Santa del 36.
Con el estallido de la Guerra, la destrucción de las imágenes y la quema de templos volvió a salpicar la geografía malagueña durante los 'siete meses rojos', desde el 18 de julio hasta el 8 de febrero de 1937, con idénticas situaciones a las vividas apenas cinco años atrás. Cuando Málaga pasó al bando nacional con Queipo de Llano al mando, las cofradías volvieron a recuperar su actividad en un claro ambiente de defensa de los principios cristianos y los valores promulgados por la Iglesia.
1937, el año que sólo salió una procesión
A pesar de respetarse y protegerse la religión, durante los años del conflicto la celebración de la Semana Santa se caracterizó por la austeridad y la sencillez, motivado principalmente por las incalculables pérdidas ocasionadas durante los ataques anticlericales y el estado precario en el que se encontraban hermandades y cofradías. Muchas habían quedado absolutamente destrozadas y sin imágenes ni efectos procesionales; otras, las menos, con imágenes y sin efectos, lo que hizo imposible organizar los desfiles procesionales para conmemorar la Pasión y Muerte de Jesús.
Sin embargo, la Agrupación de Cofradías decidió celebrar una única procesión, la de la Virgen de los Dolores, durante el Viernes Santo, en un acto cargado de simbolismo, fe y esperanza que fue muy bien recibida por los malagueños en las inmediaciones de la Catedral.
La recuperación de las imágenes comenzó a materializarse durante 1938, con la llegada de Jesús Cautivo, Jesús del Santo Sepulcro y las tallas de El Rico y el Santísimo Cristo de los Milagros a sus templos en la capital de la Costa del Sol.
Con la guerra ya finalizada y la instauración del régimen de Franco en toda España, la precariedad y la austeridad de la Semana Santa malagueña durante los años del conflicto dio paso a la exuberancia, la opulencia y la grandiosidad, a los enormes tronos y los larguísimos y elaborados mantos que portaban las imágenes, a los centenares de nazarenos, de cofrades y las muestras públicas de fe y devoción, simbolizando el triunfo y el resurgir de la fe católica en Málaga.