Nazarenos de la Esperanza de Triana, al principio de la calle Sierpes, tras los incidentes de la Madrugá del 2000
Semana Santa
La Madrugá del 2000: 25 años de unas estampidas que transformaron la Semana Santa de Sevilla
La seguridad se reforzó considerablemente en años posteriores, con dispositivos especiales para evitar nuevos episodios de pánico
La Madrugá del año 2000 marcó un antes y un después en la Semana Santa de Sevilla. Lo que debía ser una noche de recogimiento, devoción y emoción se transformó en caos, miedo y desconcierto. A eso de las cinco y media de la mañana, un extraño murmullo comenzó a propagarse por diferentes puntos del centro de la ciudad. Lo que siguió fueron estampidas incontroladas, gritos y un profundo trauma colectivo.
En cuestión de minutos, el orden milimétrico que caracteriza a la Madrugá sevillana se vio alterado por completo. Las denominadas carreritas provocaron la ruptura de los cortejos, la dispersión de nazarenos y la atención médica a decenas de heridos.
En el momento de los hechos, la Hermandad del Silencio ya se había recogido prácticamente al completo: el Nazareno se encontraba dentro de San Antonio Abad, y la Virgen de la Concepción, en la calle de El Silencio, a pocos metros de entrar en el templo. El Gran Poder avanzaba por la calle Gravina, y la Virgen del Mayor Dolor y Traspaso, por la calle Zaragoza.
Por su parte, el Señor de la Sentencia enfilaba la calle Cuna, mientras que la Macarena estaba en el interior de la Catedral. El Cristo del Calvario se encontraba en la Avenida de la Constitución, a la altura del cruce con Alemanes, y la Virgen de la Presentación, en la plaza de San Francisco.
El Cristo de las Tres Caídas acababa de entrar en la calle Sierpes, mientras que la Esperanza de Triana enfilaba la calle O'Donnell. Por último, en el caso de la Hermandad de los Gitanos, el Señor de la Salud estaba en la calle Laraña, a punto de entrar en Orfila, y la Virgen de las Angustias, en la estrechez de la calle Sor Ángela de la Cruz, posteriormente renombrada Santa Ángela de la Cruz.
En su momento, las autoridades atribuyeron los hechos a un «efecto dominó». Sin embargo, esta explicación nunca ha convencido del todo ni a los cofrades ni a los investigadores. En una entrevista con El Debate, el periodista Juan Miguel Vega, autor del libro La Madrugá, afirma que todo fue un «plan premeditado». Según Vega, la versión oficial está «cogida con alfileres», debido a «las muchas dudas que genera el modo en el que se ejecutó la investigación».
La versión oficial, desmontada
Una de las claves que desmonta la teoría del efecto dominó es la aparición de heridos en distintos puntos del centro de la ciudad y todos a la misma hora. Además, varios testigos hablaron de personas en motocicletas atravesando tramos de procesiones y provocando el pánico. Uno incluso escuchó cómo uno de estos individuos decía por teléfono: «Es el momento».
Manuel Rivera, delegado de la Madrugá en aquella época, también respaldó la hipótesis del complot. Años después de los hechos, denunció que recibió amenazas y anónimos, y que hubo un intento claro de silenciar algunas de las voces que apuntaban a una organización detrás del caos. Según su visión, la huelga de la Policía Local y la descoordinación interna de las fuerzas de seguridad pudieron —como mínimo— facilitar que este plan se ejecutara sin apenas obstáculos.
En el ambiente, además, estaba muy presente la película Nadie conoce a nadie, estrenada en 1999, meses antes, y cuya trama mezcla juegos de rol, sectas y atentados terroristas en el escenario de la Semana Santa de Sevilla. Lo sucedido aquella noche parecía una secuela de aquel filme. Las botellonas eran otro elemento que, ya entonces, alteraba el orden de la Madrugá.
Gracias a Dios, no pasó nada, más allá de varios ataques de ansiedad y algún brazo roto; pero desde entonces la Semana Santa de Sevilla no volvería a ser la misma. La seguridad se reforzó considerablemente en años posteriores, con dispositivos especiales para evitar nuevos episodios de pánico. En 2001, además, se creó el Centro de Coordinación Operativa (CECOP). Aun así, en 2004, 2009 y 2017 volvieron a vivirse episodios de carreritas, aunque mucho menores.
La Madrugá del año 2000, con el paso de los años, ha dejado de ser solo un recuerdo doloroso para convertirse en un enigma sin resolver, una herida simbólica en el alma de una ciudad que, año tras año, como esta noche, 25 años después, busca revivir sus tradiciones con la esperanza de que nunca más vuelva a repetirse una noche como aquella.