María de Fátima Ribelles Segura

María de Fátima Ribelles SeguraONGAKU

Entrevista

Fátima Ribelles: «La vida de una persona vale mucho más que sus logros»

La jurista analiza la fragilidad de una juventud que busca su identidad en el escaparate de las redes sociales y sufre ante la tiranía del éxito visible

Dice el psicólogo Jonathan Haidt que hemos criado a una «generación ansiosa», atrapada en el laberinto de cristal de las pantallas y el veredicto implacable del like. Los datos en Baleares detectan que el 16 % de los alumnos de secundaria convive con un trastorno mental, mientras el bienestar emocional se convierte en un artículo de lujo que sólo tres de cada diez alcanzan. En este escenario de «dioses rotos» y agendas repletas de vacío, la jurista y teóloga Fátima Ribelles Segura habla con El Debate sobre la urgencia de rescatar el silencio, la belleza y esa trascendencia que devuelve la certeza de que la vida es un regalo, y no un examen permanente. Ribelles es licenciada en Derecho y Bachillerato Teológico por la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, asesora en formación y directora de desarrollo de negocio en la productora audiovisual valenciana ONGAKU. El pasado jueves impartió una charla sobre la importancia de educar en la trascendencia en el contexto actual, en el ciclo de sesiones formativas Creer+, impulsadas por el colegio Aixa-Llaüt.

P- Los datos de salud mental en Baleares indican que alrededor del 16 % de los estudiantes de secundaria presenta algún trastorno psicológico y que solo una minoría afirma sentirse emocionalmente bien. ¿Estamos realmente ante una «generación ansiosa»?

R- Me gustaría mencionar que el término generación ansiosa proviene del libro homónimo de Jonathan Haidt, un psicólogo social estadounidense que analiza las enfermedades que han adquirido los adolescentes y jóvenes a causa de la adicción a los móviles y redes sociales. Dicho esto, se podría decir que los datos nos ponen sobre aviso de una realidad creciente. Muchos jóvenes están creciendo en un entorno que ejerce una presión enorme sobre ellos. Vivimos en una cultura que prima la exterioridad: el éxito visible, el culto al cuerpo, el dinero o el rendimiento. Parece que el valor de una persona se mide por lo que consigue o por lo que muestra.

A esto se suma el acceso muy precoz a las redes sociales. Muchos adolescentes aún no tienen la madurez afectiva ni los recursos necesarios para interpretar críticamente ese mundo de apariencias. El resultado es una cultura marcada por la comparación constante y la necesidad de validación externa, lo que genera una gran fragilidad emocional y relacional.

P- En distintos informes sobre juventud se señala que hasta cuatro de cada diez adolescentes dicen haber sufrido problemas de salud mental en el último año. ¿Tiene que ver esta situación con una pérdida de sentido o de horizonte vital?

R- Entiendo que se ha llegado a esta situación por múltiples causas, una de ellas, desde luego es la pérdida de sentido. Cuando toda la vida gira en torno al rendimiento o a la autoafirmación, la persona termina sintiendo un vacío profundo.

Hemos trasladado a nuestras relaciones personales una lógica casi de mercado que se rige por criterios de coste-beneficio, utilidad y rendimiento

El ser humano necesita responder a preguntas esenciales: ¿para qué vivo?, ¿qué sentido tiene lo que hago?, ¿qué valor tiene mi vida más allá de mis logros? Cuando estas preguntas desaparecen del horizonte educativo, la vida queda reducida a producir, consumir o disfrutar. Y esto, aunque en el corto plazo pueda producir satisfacción, a la larga no llena. Por eso educar en la trascendencia no es algo accesorio. Es ayudar a las personas a descubrir que su vida, tiene un valor por el hecho de existir y tiene un significado más grande que ellas mismas.

P- Algunos estudios sobre juventud en Baleares relacionan también el malestar emocional con factores sociales como la presión académica, la precariedad laboral futura o las dificultades de acceso a la vivienda. ¿Cómo influye el contexto cultural en esta ansiedad?

R- A mi modo de ver influye bastante. Vivimos en un contexto social que premia el rendimiento y la eficiencia. Fruto de la inercia y de la falta de reflexión, hemos trasladado, sin querer, incluso a nuestras relaciones personales una lógica casi de mercado que se rige por criterios de coste-beneficio, utilidad, rendimiento. Pero el amor, la amistad o los lazos familiares no funcionan así. Cuando las relaciones se vuelven utilitaristas, pierden profundidad y estabilidad. Esto genera vínculos frágiles y una gran inseguridad afectiva.

P- A pesar de estos datos preocupantes sobre ansiedad y bienestar emocional entre los jóvenes, también parece haber un fuerte deseo de autenticidad. ¿Puede ser un punto de esperanza?

R-Sin duda. Hay una sed muy profunda de autenticidad. A las personas nos atrae lo que es real y coherente. También estamos empezando a ver algo que me parece positivo: muchas personas ya se atreven a mostrar su vulnerabilidad. Cuando alguien reconoce su fragilidad se vuelve más humano y cercano. Aceptar nuestra vulnerabilidad nos hace más empáticos y más capaces de construir relaciones profundas. Y eso abre una puerta a la esperanza de que otro modo de vivir es posible.

P- En un contexto en el que la ansiedad parece aumentar entre jóvenes y adultos, ¿qué papel puede jugar la educación en la trascendencia?

R-Un papel fundamental. Educar en la trascendencia significa ayudar a la persona a salir de sí misma y a descubrir que su vida tiene un sentido especialmente en la apertura hacia los demás. Esto pasa por una buena educación de los sentimientos, por aprender a afrontar la adversidad, las tensiones de la vida y gestionar la frustración. Como premisa, es muy necesario adquirir una autoestima equilibrada y, a mi modo de ver si me permites decirlo, la más segura es la de aquella persona que ha descubierto que su vida es querida, afirmada y acogida incondicionalmente por Otro cuyo amor no falla. La experiencia de la filiación divina, ser hijo de Dios, es una base sólida sobre la que construir la propia vida y la relación con los demás pues se confirma que no estamos solos. La soledad es la otra lacra que se está extendiendo tristemente, pero, como hemos comentado, no tiene la última palabra.

La experiencia de ser hijo de Dios es una base sólida sobre la que construir la propia vida, pues confirma que no estamos solos

Educar en la trascendencia también implica buscar referentes verdaderos y fomentar experiencias con significado, especialmente en familia o en comunidad. El servicio, el cuidado de los demás, -especialmente de los más vulnerables - y la solidaridad nos ayudan a mirar más allá de nosotros mismos. Todo esto nos hace descubrir que estamos hechos para el don y esto nos da la verdadera felicidad.

P- Algunos expertos señalan que la hiperconexión digital está detrás de parte del aumento de la ansiedad juvenil. ¿Cómo contrarrestar ese efecto?

R- Me parece que una de las claves es recuperar espacios de silencio y contemplación. Vivimos en una cultura saturada de estímulos, pantallas y ruido. Pero el ser humano necesita detenerse y reposar lo que vive. Aprender a mirar, a contemplar y a maravillarse son habilidades educativas fundamentales. El silencio no es aislamiento: es el lugar donde la persona puede conocerse, reconciliarse consigo misma, con los demás y con el mundo. Además, es el espacio necesario para escuchar a Dios, que habla con la sutileza de una brisa suave.

P- Si la ansiedad y el vacío existencial son problemas crecientes entre los jóvenes, ¿puede la belleza ser también una vía educativa?

Absolutamente. La belleza tiene una capacidad extraordinaria para tocar el corazón humano. La música, el cine, la pintura, la naturaleza o la arquitectura pueden abrirnos a algo más grande que nosotros mismos. Estas artes y muchas otras, son como una caja de resonancia que amplifica el efecto y hace que tenga un poder evocador. La belleza nos eleva y nos hace intuir la verdad, el bien y el sentido que se encierra en cada cosa. En el ámbito audiovisual, muchas veces, un mensaje profundo llega mejor a través de una imagen poderosa o una historia bien contada. Nos deja una huella.

P- Ante estos datos sobre ansiedad y malestar emocional entre los jóvenes, ¿por qué cree que educar en la trascendencia es hoy más necesario que nunca?

Porque ayuda a las personas a descubrir que su vida no se reduce al éxito, al rendimiento o a la aprobación de los demás. Cuando uno descubre que su vida tiene valor propio, y que tiene un sentido profundo cambia la manera de vivirlo todo: el trabajo, las relaciones y las dificultades que salen al paso. En el fondo, todos somos un poco «dioses rotos», pero el amor, la vida como don y la esperanza tienen la capacidad de recomponer nuestras piezas. En un tiempo marcado por el ritmo acelerado, la comparación constante y la presión por rendir o estar a la altura, educar en la trascendencia significa recordar algo esencial: la vida de una persona vale mucho más que sus logros. Quizá por eso, en medio de una generación ansiosa, vuelve a emerger una pregunta profundamente humana: no sólo cómo vivir mejor, sino para qué vivir.

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