Una de las pateras varadas en el Migjorn
Inmigración irregular
La otra cara de la inmigración irregular: Formentera ya no tiene espacio para más pateras
La isla de 12.000 habitantes tutela ya a 182 menores migrantes y acumula 112 pateras retiradas de sus costas mientras reclama ayuda urgente al Estado
Entre el megayate de un jeque árabe, el velero de un magnate ruso y el catamarán de lujo de alguna estrella del fútbol, aparece una patera. Es un ejemplo, inventado, pero que podría encajar perfectamente con la realidad. Es, de hecho, la imagen que mejor describe la transformación que vive Formentera; mucho mejor que cualquier informe o estadística. La isla más exclusiva de Baleares, la más 'cool' con más famosos por metro cuadrado -con permiso de su hermana Ibiza-, se ha convertido también en una de las principales puertas de entrada de la inmigración irregular a España, y por tanto, Europa.
Hace un lustro nadie habría imaginado semejante escenario, pero las rutas migratorias cambiaron. Las mafias que durante años dirigieron sus embarcaciones hacia las costas levantinas encontraron en Baleares una nueva vía de entrada a Europa. Y de todas las islas, ninguna ha sufrido tanto el impacto como Formentera. La explicación cabe en una frase: es pequeña, está cerca y no estaba preparada.
Lo que ocurre en esta isla de apenas 12.000 habitantes debería preocupar mucho más allá del Mediterráneo. La mayor parte de España sigue asociando Formentera a vacaciones de lujo y anuncios de Estrella Damm, pero la administración insular lanza un SOS cada vez más desesperado para alertar de una situación que considera insostenible. El problema tiene dos caras. La primera son las personas. La segunda, las embarcaciones. Y ambas están desbordando la capacidad de respuesta de la isla.
Formentera nunca estuvo preparada para esto
La dimensión humana es la más delicada. Cada desembarco activa un complejo dispositivo de atención, identificación y acogida. Entre quienes llegan hay adultos, pero también un número creciente de menores extranjeros no acompañados cuya tutela corresponde al Consell de Formentera. Hace apenas unos días, el presidente insular, Óscar Portas, reconocía públicamente que la institución se encuentra «completamente desbordada» tras la llegada de otros trece menores en apenas veinticuatro horas. En total, tutelan a 182 menores.
La consecuencia es que Formentera improvisa. Habilita espacios de emergencia, reorganiza recursos sociales y multiplica gastos, mientras las pateras siguen llegando. La situación ha alcanzado tal nivel que el Consell ha solicitado autorización al Estado para utilizar incluso la carpa instalada en el puerto como alojamiento temporal ante la falta de alternativas disponibles.
Otra de las embarcaciones empleada por una mafia
Pero el drama migratorio en Formentera no termina cuando los migrantes desembarcan. De hecho, ahí comienza otro problema del que apenas se habla: las pateras. Las embarcaciones quedan abandonadas en playas, acantilados y zonas de alto valor ambiental (y lujosas). Algunas aparecen varadas sobre la arena. Otras quedan atrapadas entre las rocas. Muchas terminan desintegrándose poco a poco bajo la acción del mar. Fibra, plásticos, depósitos, restos de combustible y fragmentos de casco acaban dispersos por algunos de los espacios naturales más valiosos de Baleares.
En los últimos días, el Consell ha retirado diez embarcaciones utilizadas para la inmigración irregular en distintos puntos del litoral. Siete estaban en s'Estufador. Otras aparecieron en Caló des Mort y en la zona de Es Trucadors, y todavía quedan más pendientes de ser retiradas.
No obstante, el verdadero problema aparece después. Una vez concluyen las actuaciones policiales y judiciales, las embarcaciones deben almacenarse, gestionarse, descontaminarse, desmontarse y reciclarse. Formentera sostiene que no puede asumir esa tarea indefinidamente.
Las instalaciones de gestión de residuos de Es Cap acumulan actualmente 112 embarcaciones vinculadas a la inmigración irregular y el Consell reclama que sea el Estado quien asuma desde el primer momento la retirada, transporte y destrucción de estas embarcaciones. Argumenta que la gestión de las consecuencias de un fenómeno migratorio internacional no puede recaer sobre una administración local diminuta y que vive —y quiere seguir viviendo— de su imagen de exclusividad.