Margalida Colom
Tribuna
El único pueblo de Baleares sin muertos en la Guerra Civil
De los 67 municipios de Baleares, solo Valldemossa quedó libre de víctimas; Los vecinos aseguran que Santa Catalina Thomàs los protegió
Valldemossa, el pueblo más bonito de Mallorca expuesto durante siglos a los ataques corsarios, fue el más seguro en la Guerra Civil de 1936. Parece un milagro que ninguno de los 1.700 habitantes muriera en la represión, en los bombardeos o en el frente durante los tres años de conflicto. Es un caso único en Baleares: en todos los municipios murió alguien de manera violenta, incluso en los más diminutos, salvo en Valldemossa. En el otro extremo está Manacor, que fue el que sufrió más mortandad en términos relativos.
Si ustedes preguntan a los mayores de Valldemossa, todos lo tienen claro: «La beata protegió el pueblo». Por eso, en agradecimiento, levantaron en 1941 un monumento al Sagrado Corazón de Jesús en un montículo cerca del actual campo de fútbol. En su base aparece la imagen de la beata y bajo ella una inscripción: «Gratias agimus tibi propter magnam predilectionem tuam», que significa «Gracias por tu gran favor». Es, posiblemente, el monolito de la Guerra Civil más inocuo de toda España porque no está dedicado a ninguna víctima. Por eso, hasta ahora nadie ha pedido tumbarlo.
Monolito levantado para agradecer a la Beata «su mano» protectora
Margalida Colom Colom, Colomet, tenía 15 años cuando vivió el golpe militar en Valldemossa. La entrevisté en 2023, poco antes de morir, cuando fue homenajeada como la más longeva del pueblo. Tenía 102 años y todavía recordaba «el ruido y el resplandor» de los bombardeos de Palma. Contaba que los vecinos trataron de seguir con su vida, a pesar de las malas noticias. Continuaron trabajando en el campo, tejiendo y rezando para que nada les pasara. Aunque no siempre hubo calma: «Venían grupos de falangistas gritando ‘Arriba España' y al que no levantaba el brazo le obligaban a beber aceite de ricino. A un tío mío le obligaron», explicaba. Había mucho miedo. Corría la noticia de que unos desconocidos habían lanzado a tres izquierdistas de otros pueblos por los acantilados. Algunos testigos lo habían visto.
Como explica el historiador Damià Quetglas, un tridente de poder local salvó a Valldemossa de la represión. Tanto el sacerdote Joan Mir, como el sargento de la Guardia Civil, Joan Nadal, y el jefe de la Falange local, Bruno Morey, protegieron a sus vecinos de los grupos que venían de fuera. Así consiguieron salvar a todos. El resto lo hizo la providencia, porque decenas de jóvenes de Valldemossa fueron movilizados para luchar en los frentes de guerra de Manacor y la Península y todos volvieron vivos.
Valldemossa, uno de los pueblos más bellos de la isla
Durante años, los historiadores pensábamos que otro municipio también se había salvado: Estellencs, de solo 400 habitantes en 1936. Sin embargo, ahora sabemos que sufrió un muerto: Guillermo Palmer Balaguer, capitán de la Guardia Civil destinado a Lleida que murió asesinado en la represión republicana de Aragón. Su cuerpo sigue desaparecido.
En cuanto a los municipios colindantes, Deià registró un muerto en los frentes de la Península: el falangista Juan Deyà Ripoll. Banyalbufar tuvo dos caídos en combate: Jaime Miralles Amengual y Sebastián Moranta Mir.
Placa de Santa Catalina Thomàs en su casa
Si Valldemossa fue el municipio más seguro, en el otro extremo estuvieron Palma, Maó y Manacor. Los municipios que registraron más muertes violentas fueron, principalmente por su número de habitantes y su importancia estratégica, Palma y Maó. Sin embargo, el que sufrió más mortandad en términos relativos fue Manacor, entre otras razones porque la Batalla de Mallorca se libró en su territorio, y esta registró 492 muertos.
Además, su cementerio viejo, Son Coletes, se convirtió en el segundo mayor campo de exterminio para la represión en la isla, después del cementerio de Palma. Como han explicado los historiadores Toni Tugores, Tomeu Garí y Gonzalo Berger, Manacor tiene el récord de originarios fusilados (92) y en su territorio se mataron muchos más procedentes de otras localidades, como las cinco Rojas del Molinar y los 85 prisioneros de las milicias antifascistas catalanas. A ellos hay que sumar los cuatro manacorins que morirían en la represión republicana y otros 63 en los frentes de guerra del bando nacional.