Varios alumnos repasan antes de comenzar uno de los exámenes de las pruebas de acceso a la universidad 2023, en la Universitat de les Illes Balears.

Varios alumnos repasan antes de comenzar uno de los exámenes de las pruebas de acceso a la universidad 2023, en la UIBEuropa Press

Tribuna

La PAU del corazón

Los jóvenes se juegan el futuro en unos exámenes que miden la brillantez académica, pero ignoran la verdadera asignatura de la vida: la educación de las virtudes y el 'ordo amoris' frente al éxito vacío

En junio se han celebrado, un año más, las PAU. Este curso en Baleares se han matriculado 4.950 alumnos, uno de ellos, por cierto, hijo mío. Durante unos días miles de jóvenes se han sentado ante un examen que pretende resumir años de estudio y esfuerzo. Para muchos chicos, esas pruebas son la puerta de entrada a la universidad y, de alguna manera, al futuro que empiezan a imaginar para sí mismos y, como no, el que sus padres llevamos años soñando.

Es lógico que le demos importancia pues la tienen. Medir si un alumno sabe escribir correctamente, resolver un problema, comprender un texto, expresarse en una lengua extranjera o manejar determinados conocimientos es algo necesario. La instrucción académica importa. Mucho. Faltaba más.

Pero estos días, viendo la tensión con la que se viven las notas, los disgustos y alegrías por unas pocas décimas, me venía una pregunta a la cabeza: ¿de verdad son tan importantes esas décimas para la vida de cada uno de estos jóvenes?

Lo primero será, pues, saber qué es lo realmente importante para la persona. El Papa León XIV nos recordaba no hace mucho que San Agustín nos responde a esta pregunta. La felicidad radica en el ordo amoris, en el orden del amor, en el orden del corazón.

Podemos saber si un joven está preparado para entrar en Medicina, Derecho, Ingeniería o Filología. Podemos calcular medias y establecer notas de acceso. Pero ¿quién mide si ese chico tiene educado el corazón? Eso, como padre, es lo que realmente me interesa. ¿Quién evalúa si sabe querer, si sabe sufrir, si sabe esperar, si sabe agradecer, si sabe perdonar? ¿Dónde se examina la fortaleza, la templanza, la generosidad, la capacidad de ponerse en el lugar del otro, la limpieza de mirada o la alegría de servir?

Premiamos al que saca matrículas, pero quizá nos olvidamos de felicitar al que ha aprendido a gestionarse, a levantarse después de un fracaso o a cuidar de quienes tiene cerca.

¿Estamos confundiendo a los adolescentes? ¿Les estamos haciendo creer que lo único que se espera de ellos es presentar, al final de curso, unas notas que estén a la altura de nuestras expectativas?

No existe una PAU del corazón. Y, sin embargo, quizá sea la prueba más importante de todas. Que la vida no se juega sólo en lo que uno sabe, sino en lo que uno ama. No basta con formar cabezas brillantes si después el corazón permanece desordenado, caprichoso, frágil o encerrado en sí mismo. Un joven puede sacar una nota excelente y, al mismo tiempo, no estar preparado para vivir bien. Puede dominar una materia y no dominarse a sí mismo. Puede tener un expediente magnífico y no saber qué hacer con la tristeza, con el fracaso, con el éxito, con el dinero, con el amor o con la libertad.

Las PAU pasarán. Pero todos seguirán teniendo por delante la gran asignatura de la vida: aprender a amar bien

Educar no es simplemente instruir. Instruir es transmitir conocimientos. Educar es ayudar a una persona a convertirse en quien está llamada a ser, que no es otra cosa que una persona feliz y que además sea foco de felicidad allí donde se encuentre. Y eso independientemente de cómo le venga a cada uno la vida.

Y sinceramente, no he encontrado jamás en mis años dedicado a la docencia ningún padre que no quiera eso precisamente para su hijo.

Durante años hemos hablado mucho de competencias. Competencia matemática, lingüística, digital, científica. Todas necesarias. Pero quizá hemos hablado menos de las virtudes. Y sin virtudes, las competencias pueden quedarse sin dirección. La inteligencia sin bondad puede volverse fría. La ambición sin humildad puede volverse soberbia. La libertad sin verdad puede convertirse en simple apetencia. El éxito sin corazón puede acabar siendo una forma elegante de vacío.

Por eso la gran pregunta educativa no debería ser sólo: «¿Qué nota ha sacado?». La pregunta verdaderamente decisiva es otra: «¿Qué tipo de persona estamos formando?».

Un colegio no cumple su misión únicamente cuando sus alumnos acceden a buenos estudios universitarios. La cumple cuando ayuda a que esos alumnos salgan al mundo con un corazón grande. Con ganas de hacer el bien. Con capacidad de esfuerzo. Con sensibilidad ante el sufrimiento ajeno. Con criterio para distinguir lo importante de lo urgente. Con libertad interior para no dejarse arrastrar por cualquier moda. Con fortaleza para levantarse cuando las cosas no salen. Con humildad para reconocer sus errores. Con alegría para vivir.

Quizá eso no dé una nota para entrar en una carrera, pero sin duda son las herramientas necesarias para disfrutarla de verdad y, después, desenvolverse mejor en el trabajo y en la vida. Porque de poco sirve una vida que no se vive.

Eso no se improvisa en segundo de Bachillerato. Se educa desde pequeños, en casa y en el colegio, con paciencia, ejemplo, exigencia y cariño. Se educa cuando se enseña a pedir perdón, a dar las gracias, a acabar bien un trabajo, a cuidar al que sufre, a obedecer cuando cuesta, a ayudar sin esperar recompensa, a perder sin hundirse y a ganar sin humillar.

Las PAU pasarán. Con las notas algunos respiran aliviados y otros tendrán que rehacer sus planes. Pero todos, absolutamente todos, seguirán teniendo por delante la gran asignatura de la vida: aprender a amar bien. El ordo amoris de San Agustín.

· Carlos Beltrán es director del colegio Aixa-Llaüt de Palma

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