Restos del pecio de 'Ses Fontanelles' en el que los arqueólogos ha identificado un nuevo tipo de ánfora
Historia
El pecio romano extraído del fondo marino de Mallorca, entre los hallazgos del año para National Geographic
El pecio de Ses Fontanelles, rescatado este verano tras pasar unos 1.700 años bajo el agua, opta a uno de los Premios +Historia
El pecio romano de Ses Fontanelles, en la bahía de Palma, ha pasado en pocos meses del fondo del mar a competir por uno de los reconocimientos arqueológicos del año en España. El barco, hundido frente a la costa de Mallorca hace unos 1.700 años y extraído por completo el pasado 29 de junio, es uno de los cinco candidatos al Premio +Historia de National Geographic al Mejor Descubrimiento o Hallazgo Histórico Nacional.
La elección depende del público. La votación permanecerá abierta hasta el 12 de octubre en la web de National Geographic Historia y enfrenta al yacimiento mallorquín con otros cuatro hallazgos: una colección epigráfica funeraria localizada en Cádiz, el santuario romano de la Cova de les Dones, en Valencia; una colección de cuentas documentada en un conjunto funerario prehistórico de Sevilla y el entramado funerario del Parque Arqueológico de Alarcos, en Ciudad Real.
La candidatura llega después de uno de los momentos decisivos del proyecto. Entre marzo y finales de junio, un equipo de arqueólogos y especialistas consiguió sacar por completo del agua una embarcación que llevaba allí desde finales del Imperio romano. Desde entonces, las maderas permanecen sumergidas en piscinas de desalación en el Castillo de San Carlos, en Palma. Es una etapa larga, prevista para aproximadamente un año y medio, antes de que los restos puedan continuar su camino hacia los laboratorios especializados de Cartagena.
El pecio, extraído por completo: un hito
Pero para entender qué hace especial a Ses Fontanelles hay que retroceder bastante más. Y el comienzo de esta historia contemporánea tuvo poco de solemne. El barco apareció frente a El Arenal, a unos 65 metros de la orilla y apenas dos metros y medio de profundidad. Fue un bañista quien dio el primer aviso. Bajo la arena y la posidonia descansaban los restos de un mercante romano naufragado alrededor del año 300. Las mismas condiciones que lo habían ocultado durante siglos contribuyeron a conservarlo: los sedimentos y la escasez de oxígeno protegieron unas maderas que, de otro modo, difícilmente habrían llegado hasta nuestros días. A partir del hallazgo comenzó a reconstruirse el último viaje.
Los ecos del pasado
Los investigadores sitúan el origen de la travesía en las costas de Cartagena. En la bodega viajaban más de 300 ánforas cargadas principalmente con aceite, vino y productos derivados del pescado, mercancías habituales de las redes comerciales que conectaban las distintas orillas del Mediterráneo romano.
El interés del pecio, sin embargo, pronto desbordó el contenido de aquellas ánforas. Entre los restos aparecieron objetos mucho más modestos que permiten acercarse a quienes navegaron en el barco: un zapato de cuero, otro de esparto, herramientas pertenecientes al carpintero de a bordo o una moneda procedente de Siscia, en la actual Croacia, colocada bajo el mástil como elemento protector.
También algunos tapones de las ánforas conservaban grabado el crismón, uno de los primeros símbolos del cristianismo. El barco navegó en una época de transformación del mundo romano, cuando la nueva religión iba ganando presencia mientras las antiguas rutas marítimas continuaban sosteniendo buena parte de la economía mediterránea.
Durante años, buena parte de esta historia siguió bajo el agua. Hasta que el pasado 10 de marzo comenzó la operación destinada a recuperar íntegramente la embarcación.
Un equipo de alrededor de 15 personas trabajó durante casi cuatro meses desmontando el pecio de arriba abajo y de fuera hacia dentro. La intervención, desarrollada por el Consell de Mallorca junto con la Universitat de les Illes Balears, la Universidad de Barcelona y la Universidad de Cádiz, llegó a su momento culminante el 29 de junio, cuando fueron extraídas las dos últimas grandes secciones del fondo del casco, de unos 12 metros de longitud cada una.
Las piezas se elevaron mediante globos de flotación y fueron trasladadas por mar hasta el Club Marítimo San Antonio de la Playa. Desde allí emprendieron el corto recorrido hasta el Castillo de San Carlos, donde se encuentran actualmente.
La excavación del perímetro del barco dejó además una colección poco habitual de materiales. Se recuperaron ánforas prácticamente completas, vajilla fina decorada, cerámica de cocina norteafricana, restos de fauna, cuatro anclas, cerca de 90 metros de cabos, dos cestos completos de fibra vegetal, una polea y un escandallo, utilizado para medir la profundidad del agua. Algunas de las anclas conservaban incluso sus nudos originales.
Entre los hallazgos figuran también restos de las velas de lino de la embarcación. Su conservación ha permitido obtener información sobre la manera en que se confeccionaban, un detalle difícil de documentar arqueológicamente porque los materiales textiles rara vez sobreviven durante tantos siglos.
Con el barco ya fuera del yacimiento, el calendario del proyecto se proyecta en años. La primera parada es la que ya está en marcha en Palma: la desalación. Las maderas permanecerán aproximadamente un año y medio sumergidas en piscinas en el Castillo de San Carlos. No se trata simplemente de mantenerlas mojadas. Después de casi diecisiete siglos en el mar, la madera está impregnada de agua y sales, que deben eliminarse de manera gradual y controlada. Una desecación directa podría provocar deformaciones, grietas y daños irreversibles. En esta fase participa también el grupo de investigación de Química Bioinorgánica y Bioorgánica, QUIMIBIO, de la Universitat de les Illes Balears, encargado de realizar análisis químicos durante la desalación y estabilización de las piezas.
Cuando termine ese proceso llegará el siguiente traslado. Las maderas viajarán al laboratorio ARQVAtec del Museo Nacional de Arqueología Subacuática de Cartagena, donde comenzará propiamente la fase de restauración y estabilización a largo plazo. El tratamiento previsto incluye la impregnación con polietilenglicol, conocido como PEG, un compuesto que va ocupando el espacio dejado por el agua en la estructura de la madera y ayuda a evitar que esta colapse al secarse.
Después llegará la liofilización, un procedimiento que permite retirar el agua de forma controlada una vez estabilizadas las piezas. Solo tras superar esas etapas las maderas podrán abandonar definitivamente el medio acuático en el que han permanecido desde el naufragio.
En paralelo, el pecio seguirá proporcionando trabajo durante años. Los investigadores estudiarán su arquitectura naval, realizarán dataciones radiocarbónicas y continuarán clasificando y analizando los materiales recuperados. El objetivo ya no es únicamente conservar un barco antiguo, sino reconstruir todo lo que sea posible sobre él: cómo fue construido, qué transportaba, cómo navegaba y quiénes pudieron formar parte de su tripulación.
No habrá que esperar hasta el final de ese proceso para conocer parte de sus resultados. El Consell de Mallorca tiene previsto abrir a partir de noviembre una exposición dedicada a Ses Fontanelles en el Centro Cultural la Misericòrdia, en Palma, con la historia del hallazgo y los trabajos desarrollados desde su descubrimiento.