Desembarco de Bayo

Desembarco de Bayo

Historia

El plan secreto de Companys para anexionar Mallorca que terminó en desastre y dio ventaja a Mussolini

La expedición organizada desde Cataluña por el Gobierno de Lluís Companys y dirigida por el capitán Alberto Bayo pretendía conquistar Mallorca en plena Guerra Civil

A partir de la proclamación del estado de guerra del 19 de julio de 1936 por parte del general Manuel Goded, comandante general de Baleares, el archipiélago entró en la Guerra Civil: «será pasado por las armas todo aquel que intente, en cualquier forma de obra o de palabra, hacer la más mínima resistencia al Movimiento Salvador de España». Los militares golpistas se hicieron con el control de Mallorca, Ibiza y Formentera. En cambio, en Menorca, la rebelión fracasó.

Goded dejó Palma para dirigirse a Barcelona para tomar el control de la ciudad, pero fracasó. Después de los duros combates que tuvieron lugar, Goded acordó rendirse. Poco después fue llevado al buque-prisión Uruguay junto a otros rebeldes capturados, donde quedó encarcelado. El 11 de agosto, acusado de traición, fue juzgado por un consejo de guerra y condenado a muerte. Al día siguiente, Goded fue fusilado con otros militares en los fosos del castillo de Montjuïc.

Todo el litoral peninsular mediterráneo estaba en manos de la República, excepto Mallorca y las Pitiusas en poder de los rebeldes del archipiélago balear. Muy pronto la aviación republicana se dejó ver en el cielo de Mallorca, al principio en vuelos de reconocimiento y propaganda, pero a partir del 23 de julio se iniciaron los bombardeos sobre Palma. Del 23 de julio al 28 de agosto, Mallorca sufrió 46 incursiones aéreas. El 28 de julio las bombas impactaron cerca de la céntrica calle de San Miguel, donde destruyeron locales y acabaron con la vida de los dos primeros civiles en la ciudad. Aunque las acciones más masivas y mortíferas se produjeron en mayo de 1937, con 14 muertos el último día del mes sobre el humilde barrio palmesano de «Sa Gerreria». La idea de una expedición desde Cataluña hacia Mallorca estaba cada vez más presente en la mente del presidente de la Generalidad catalana, Luís Companys.

Con ese objetivo, desde Barcelona se organizaron los preparativos logísticos para el desembarco en Mallorca. El capitán hispano-cubano Alberto Bayo puso en marcha la preparación de una expedición para conquistar Mallorca, Ibiza y Formentera. Bayo fue puesto al mando de una tropa diversa y poco disciplinada, compuesta básicamente por milicianos de diversos partidos y sindicatos.

Aunque para los comunistas y los anarquistas de la Columna de Bayo el objetivo era la revolución y la victoria proletaria, para la Generalidad la conquista de Mallorca era el intento más explícito de plasmar las tesis geopolíticas del catalanismo de la época. El propio gobierno de la República vio la operación con enorme recelo por ese motivo. El presidente Manuel Azaña escribía en 1937 en su diario personal y manuscrito apuntó que «algunos en Barcelona habían por lo visto decidido aprovechar la ocasión para constituir «la gran Catalunya» (…). Bayo me telegrafiaba todos los días contándome los progresos de la expedición que había emprendido "por orden de la Generalidad de Cataluña». En otros despachos me decía que conquistaba las Baleares para Cataluña. Cuando desembarcó en Mallorca pidió a Barcelona cien banderas catalanas”. No hay que olvidar que el catalanismo de las décadas de 1920 y 1930 (como hoy en día) teorizaba con fuerza la unidad cultural, lingüística y política de los imaginarios Países Catalanes: Cataluña, Valencia y Baleares. Para los sectores más nacionalistas, Mallorca no era simplemente una provincia española por recuperar; era territorio natural de la comunidad nacional catalana que había caído bajo el yugo militar.

El 2 de agosto de 1936, la columna de milicias catalanas comandada por el capitán Bayo desembarcó en Menorca, isla que se convirtió en la base logística y trampolín para la proyectada conquista de Mallorca. Con el cuartel general establecido en Mahón, los preparativos avanzaron con rapidez; al día siguiente, la aviación republicana reanudó los bombardeos estratégicos sobre Palma para debilitar las defensas insulares.

Las fuerzas sublevadas en Mallorca eran débiles y sus dirigentes, conscientes de la vulnerabilidad de la isla, no tardaron en reaccionar. Por ello, el mismo 2 de agosto, el marqués de Zayas, jefe provincial de la Falange mallorquina, solicitó formalmente a Roma el envío de refuerzos militares. Para agilizar la logística y asegurar los pagos del auxilio italiano, intervino directamente el magnate Juan March. El banquero balear fue el principal soporte financiero del bando insurgente y la figura que hizo posible, en términos materiales, el éxito del golpe de Estado de 1936. Su inmensa fortuna se consagró a la conspiración para derrocar a la Segunda República, un régimen que años antes lo había encarcelado debido a sus opacos negocios.

La ayuda italiana no respondía a la generosidad, sino al pragmatismo estratégico. En la década de 1930, Francia era el gran rival geopolítico de Roma y estaba gobernada por un Frente Popular similar al español; una victoria de la República habría dejado a Italia cercada por coaliciones de izquierda. Además, Benito Mussolini ansiaba emular la grandeza del antiguo Imperio Romano y convertir el Mediterráneo en su propio «Mare Nostrum». Al respaldar a los sublevados, el Duce buscaba un aliado que le cediera bases marítimas y aéreas, consolidando así el control italiano sobre las rutas comerciales y militares del Mediterráneo occidental.

El 7 de agosto la isla de Formentera se rindió a la Columna de Manuel Uribarri, procedente de Valencia, y un día más tarde la Columna de Alberto Bayo desembarcó en Ibiza y la dominó en pocos días con la ayuda de Uribarri. Pero los valencianos de Uribarri regresaron a la Península tras no llegar a un acuerdo con Bayo respecto a los pasos inmediatos a seguir.

Fue el 16 de agosto cuando, Bayo, reforzado por una parte importante de la guarnición de Menorca y refuerzos procedentes de Ibiza, se presentó con su flota frente a Porto Cristo y desembarcó acompañado por unos 8.000 efectivos, compuesta mayoritariamente por milicianos civiles mal equipados. Los mallorquines bajo el mando del coronel de infantería Emilio Ramos se dispusieron a rechazar la invasión.

La flota republicana estaba compuesta por más de veinte embarcaciones, entre las que destacaban los destructores Almirante Miranda y Almirante Antequera, junto a los submarinos B-2, B-3 y B-4. El despliegue marítimo estuvo respaldado desde el aire por una escuadrilla de cerca de diez hidroaviones militares, que dieron cobertura y bombardearon posiciones estratégicas en los primeros días. Bajo este amparo aeronaval, las fuerzas expedicionarias consiguieron ocupar una franja de unos 7 kilómetros en la costa este de Mallorca —entre Porto Cristo y la Punta de n'Amer— y avanzar cerca de 12 kilómetros hacia el interior.

Sin embargo, el capitán Bayo se topó de frente con la infraestructura defensiva que el general Francisco Franco había diseñado y ordenado organizar apenas un par de años antes, durante su etapa como comandante general de Baleares entre febrero de 1933 y marzo de 1935 —período previo a la jefatura de Manuel Goded—. Ante la ofensiva, las guarniciones y milicias mallorquinas reaccionaron con rapidez aplicando los planes de contingencia y las posiciones de artillería fijadas por Franco durante su comandancia militar; movilizaron las piezas de campaña disponibles y lograron fijar y contener a las tropas republicanas en ese precario sector costero, impidiendo por completo su progresión hacia Manacor.

El 30 de agosto, el teniente coronel de ingenieros Luis García Ruiz asumió el mando de la defensa de Mallorca en sustitución del coronel Aurelio Ramos, adoptando de inmediato una estrategia abiertamente ofensiva contra las posiciones republicanas. Esta contraofensiva final consolidó el giro decisivo de la batalla que se venía fraguando desde el 28 de agosto, fecha en la que los aviones italianos recién desembarcados comenzaron a actuar sobre el frente. La ofensiva combinó la acción en tierra de unos 3.000 defensores —compuestos por guarniciones del ejército regular sublevado, fuerzas de orden público y milicias falangistas locales de Manacor, Artà, Vilafranca y Palma, además del reducido Tercio de Voluntarios Jaime I— con el determinante apoyo aéreo y logístico de la Italia fascista, liderado por el jerarca Arconovaldo Bonaccorsi, conocido como el conde Rossi. Sus cazas y bombarderos arrebataron de inmediato la superioridad aérea a la República y colapsaron la línea de playa expedicionaria, forzando a que la noche del 3 de septiembre, ante el corte total de sus suministros y la insostenible presión militar, las fuerzas del capitán Bayo iniciaran una evacuación apresurada y reembarcaran rumbo a Cataluña.

La penúltima invasión catalana de Mallorca concluyó en un rotundo fracaso. La fuerza expedicionaria, lastrada por una precaria infraestructura logística que incluía escasos servicios médicos y hospitales de campaña, fue incapaz de resistir el empuje de la contraofensiva de los mallorquines, la cual fue decisivamente reforzada por la aviación italiana. Ante la orden ministerial fulminante del recién constituido gobierno de Francisco Largo Caballero, la columna de Bayo ejecutó una evacuación apresurada durante la noche del 3 al 4 de septiembre. El reembarque general regresó a sus bases de Mahón y Barcelona, dejando en tierra a grupos dispersos de milicianos y sanitarios. El ciclo de la ofensiva republicana en el archipiélago se cerró definitivamente semanas después, cuando el 20 de septiembre las tropas sublevadas procedentes de Palma desembarcaron y ocuparon las islas de Ibiza y Formentera, consolidando el dominio nacional en casi la totalidad de las Baleares.

La fallida expedición del capitán Bayo a Mallorca supuso uno de los mayores desastres estratégicos de la Guerra Civil, ya que una victoria republicana en Mallorca habría cambiado drásticamente el curso de la guerra. Si se hubiese evitado que Mallorca se convirtiera en un «portaaviones» permanente de la aviación italiana, la República no solo habría protegido los vitales suministros marítimos, sino que habría esquivado los bombardeos que terminaron por asfixiar su retaguardia.

Desde Mallorca, la aviación italiana podía alcanzar todo el litoral mediterráneo español y bombardear la retaguardia republicana. La isla se transformó así en una importante base aeronaval para la aviación y la armada italianas, desde la que bloqueaban las comunicaciones marítimas y lanzaban ataques aéreos contra la España republicana.

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