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El Rey Juan Carlos en la jornada del 23-F

El Rey Juan Carlos, durante la transmisión del mensaje del 23-FEl Debate

Casa Real  El Rey Juan Carlos sobre el golpe del 23-F: «No tengo nada que ocultar»

Don Juan Carlos reconoce que sigue «teniendo preguntas y dudas sobre la forma en que se desarrollaron los acontecimientos y el papel que asumieron algunos»

El Gobierno va a desclasificar este martes los papeles del intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 al cumplirse 45 años de la asonada. El Rey Juan Carlos, que jugó aquellas horas un papel decisivo, afirma que «no tengo nada que ocultar», y reconoce que «sigo teniendo preguntas y dudas sobre la forma en que se desarrollaron los acontecimientos y el papel que asumieron algunos», según relata en sus recientes memorias, Reconciliación (Planeta).

Don Juan Carlos reconoce que «circulan muchos rumores conspirativos sobre este suceso, que puso en serio peligro nuestra democracia» y ofrece su «versión, con toda sinceridad, con mi memoria como única limitación». «Aquella tarde —sostiene—, mi proyecto político estuvo en peligro, y el destino de todos los españoles en mis manos».

El Rey recuerda que dos meses antes del 23-F su padre, Don Juan de Borbón, cenó con el general Milans del Bosch en casa de Luis de Ussía, conde de los Gaitanes, y que en esa cena el general afirmó: «¡Antes de jubilarme, voy a sacar los tanques a la calle!». Don Juan Carlos reconoce que no se lo tomó en serio, «aunque seguramente debí haberlo hecho», porque Milans era un hombre muy valiente y «uno de los militares más prestigiosos de nuestro Ejército».

El ruido de sables

En aquel momento, «los militares llamaban públicamente 'traidores' a los miembros del Gobierno, sobre todo a Adolfo Suárez y a su ministro de Defensa y vicepresidente, el general Gutiérrez Mellado, pero yo estaba lejos de imaginar que se estuviera tramando un golpe de Estado», afirma Don Juan Carlos.

Recuerda que aquel lunes, cuando terminó sus audiencias, jugó un partido de squash con su amigo Miguel Arias y, cuando fue a cambiarse de ropa, al pasar «por delante de la mesa de mi ayudante, que tenía la radio encendida para seguir la sesión del Congreso, de pasada oí los nombres de los diputados llamados a votar y, unos instantes después, ruido de ametralladoras. Me quedé estupefacto».

Las dudas sobre Armada

Una vez informado de lo que estaba ocurriendo, el Rey corrió a su despacho, donde se reunió con el secretario general de la Casa del Rey, Sabino Fernández Campo. Llamó al jefe del Estado Mayor del Ejército, José Gabeiras, para pedirle información, pero le cogió el teléfono su segundo, Alfonso Armada, quien le propuso ir a Zarzuela «para explicárselo todo». «Tuve como un presentimiento y no contesté de inmediato», continúa el Rey.

En ese momento llamó a Zarzuela el general José Juste, jefe de la división acorazada Brunete, y preguntó: «¿Está el general Armada en la Zarzuela?». Sabino Fernández Campo le contestó: «Ni está ni se le espera». Y Juste añadió: «¡Ah, eso lo cambia todo!».

A partir de ese momento, el Rey empezó a dudar del general Armada: «Quédate donde estás. Si te necesito, te llamaré, pero, de momento, no vengas», le dijo y avisó al jefe de seguridad de la Zarzuela para que no le permitieran entrar.

«Por mediación de un miembro de la Guardia Real que asistía a la sesión de investidura vestido de civil, Sabino consiguió contactar con el teniente coronel Tejero, que controlaba el Congreso con varios centenares de hombres». Tejero le dijo que recibía «órdenes del capitán general de Valencia» y, cuando Sabino le reprochó que actuara en nombre del Rey y que no estaba autorizado para ello, se quedó sorprendido. «Sabino le ordenó que liberara el Congreso, pero antes incluso de que terminara de hablar, Tejero colgó», cuenta Don Juan Carlos.

«Yo era un Rey constitucional»

El Rey fue informado de que el general Milans del Bosch había sacado los tanques a las calles de Valencia y no sabía si los demás capitanes generales harían lo mismo. «No sabía si vendrían a detenerme», afirma.

«Aquel día recibí muchas llamadas: de mi padre, de jefes de Estado, de amigos preocupados y de militares. Hubo una decisiva, la de una diputada socialista catalana que no conocía, Anna Balletbò. Fue la única rehén liberada, porque estaba embarazada de gemelos», relata Don Juan Carlos. Balletbó, que falleció el pasado octubre, fue quien informó al Rey de lo que estaba pasando en el Congreso.

También le llamaron muchos militares desconcertados que querían recibir órdenes de su jefe: «Yo era un Rey constitucional, pero sobre todo era el jefe de las Fuerzas Armadas, además de su antiguo compañero de armas, y había sido nombrado por Franco. Tenía toda la legitimidad, y se lo dejé claro a los interesados».

A pesar de que Don Juan Carlos se encontraba «en un estado de tensión extrema», asegura que mantuvo «un tono tranquilo y firme». «Nunca he sido tan autoritario en mi vida». «Era consciente de que la historia de España estaba en juego en ese mismo instante».

La mitad de los capitanes, con el golpe

«Llamé uno por uno a los capitanes generales. Algunos me dijeron: `Estamos a la orden para lo que sea´. De los once capitanes generales, calculo que la mitad apoyaba la rebelión, pero no se atrevían a desobedecer. Les advertí: `Quien se levante contra el Rey está dispuesto a provocar una guerra civil y será considerado responsable´». Luego, los colaboradores del Rey llamaron a los ayudantes de los capitanes «para comprobar que estos seguían siendo leales».

Don Juan Carlos recuerda que algunos capitanes «desempeñaron un papel decisivo, como el capitán general de Madrid, Guillermo Quintana Lacaci (después asesinado por ETA), a quien la democracia española debe mucho».

Un Gobierno provisional

«Había un vacío de poder porque los ministros y los representantes electos estaban secuestrados». Y «para mantener las formas y preservar la legalidad, se constituyó un Gobierno formado por secretarios de Estado y presidido por Francisco Laína, entonces director de la Seguridad del Estado, que duró catorce horas, hasta la liberación de los rehenes".

También relata las dificultades para que un equipo de grabación se desplazara a Zarzuela y emitiera su mensaje porque RTVE «estaba rodeada por un regimiento inflexible».

«Mientras tanto, Armada volvió a llamarme para pedirme autorización para ir al Congreso a negociar con Tejero por `puro sacrificio patriótico´. Me había dado cuenta de su duplicidad, y le contesté: `No te doy ningún permiso, y no vayas allí en mi nombre´. Esa fue la última conversación que tuvimos».

La espera se le hizo eterna

Cuando finalmente llegaron las cámaras de TVE, se grabó el mensaje: «Me enfundé la chaqueta de capitán general; para acelerar las cosas, ni siquiera me puse los pantalones a juego. Fue un discurso sobrio y eficaz, de noventa segundos». El Rey recuerda que se le «hizo eterno» el tiempo transcurrido entre que se fueron los equipos y se emitió el mensaje.

Don Juan Carlos reconoce que se le criticó «mucho por no haber hablado antes por televisión, pero pasaron varias horas incomprensibles entre el momento en que tenía intención de dirigirme al país, hacia las 22:30, y el momento en que mi mensaje se emitió realmente, a la 1:15».

Tras recordar que los tanques no volvieron a los cuarteles hasta las 4:30 horas de la mañana y que Tejero no se rindió hasta el mediodía siguiente, Don Juan Carlos cuenta que «insté a Sofi a que llevara a los niños al colegio como cualquier otra mañana, a pesar de la intensa noche».

«Solo al día siguiente, una vez pasado el peligro, me dejé llevar inevitablemente por las emociones, debido sin duda al cansancio y a las secuelas de tanta adrenalina», añade.

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