Encina centenaria en el encinar de Valderromán (Soria)

Encina centenaria en el encinar de Valderromán (Soria)Leticia Pérez / ICAL

La encina más antigua de España tiene más de 800 años y está en un pequeño pueblo de Soria

Este árbol sorprende por su majestuosidad, con un tronco de 5,19 metros de perímetro y 17 metros de altura, que llegó a dar sombra a unos 300 metros cuadrados

En la silenciosa geografía soriana, se alza un árbol que ha visto más historia que la mayoría de las construcciones humanas que lo rodean. Se trata de la encina de Valderromán, un ejemplar que supera los 800 años de vida y que muchos especialistas consideran la encina más antigua de España. Su presencia, imponente y serena, convierte este pequeño enclave de la comarca de Tiermes en un lugar de peregrinación para amantes de la naturaleza, curiosos y viajeros que buscan experiencias alejadas de los circuitos habituales.

La edad estimada de este árbol lo sitúa en pleno siglo XIII, una época en la que Castilla aún consolidaba territorios y la vida rural se organizaba en torno a pequeñas comunidades agrícolas y ganaderas. Desde entonces, la encina ha permanecido en el mismo punto, creciendo lentamente, adaptándose a los cambios climáticos y soportando inviernos que en esta zona pueden ser especialmente duros. Su longevidad la convierte en un auténtico archivo natural, un testigo silencioso de la evolución del paisaje y de la vida humana que ha transcurrido a su alrededor, ya que ha sido refugio natural que durante siglos al servir de abrigo para pastores, rebaños y caminantes.

Pero si su antigüedad impresiona, sus dimensiones no se quedan atrás, ya que supera los 17 metros de altura. El tronco, grueso y retorcido, supera los cinco metros de perímetro, una cifra que obliga a varias personas a unirse para rodearlo por completo. La copa, amplia y generosa, proyecta una sombra que supera los cien metros cuadrados, llegó a dar sombra a unos 300 metros cuadrados, radio que en 2018 se vio reducido a consecuencia de una fuerte nevada, que fracturó una de sus ramas por el peso de la nieve. En un territorio donde la actividad ganadera ha sido fundamental, este árbol ha sido un punto de referencia, un lugar de descanso y, en muchos casos, un símbolo de identidad para los habitantes de Valderromán.

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La encina no ha sido un elemento aislado dentro del paisaje. Su presencia ha influido en la vida cotidiana del pueblo y ha formado parte de su memoria colectiva. Bajo sus ramas se han celebrado encuentros, se han contado historias y se han tomado decisiones que afectaban a la comunidad. En un entorno donde la naturaleza y la actividad humana han convivido durante siglos, este árbol representa la continuidad, la resistencia y la capacidad de adaptación.

El entorno en el que se encuentra también contribuye a su valor. La encina forma parte del paisaje protegido de los encinares de Tiermes, un espacio incluido en la red europea de áreas naturales de especial interés. Este enclave destaca por su biodiversidad, sus suelos calizos y su vegetación mediterránea, que ha sobrevivido gracias a la baja densidad de población y a la ausencia de grandes transformaciones urbanísticas. La presencia de un árbol de estas características refuerza el valor ecológico del lugar y lo convierte en un punto de interés para investigadores y amantes del patrimonio natural.

Las nevadas fracturaron algunas ramas

Sin embargo, el paso del tiempo no ha sido siempre amable. Las fuertes nevadas de los últimos inviernos han provocado la caída de algunas de sus ramas principales, modificando su silueta original y obligando a los vecinos a intervenir para evitar daños mayores. A pesar de ello, la encina mantiene una vitalidad sorprendente. Su estructura, compleja y robusta, es el resultado de siglos de interacción entre la naturaleza y las prácticas tradicionales de la zona, especialmente la ganadería extensiva, que ha influido en su crecimiento y en la forma de su copa.

Valderromán, el pequeño pueblo que alberga esta joya natural, es un lugar que pasa desapercibido para la mayoría de los viajeros. Con pocos habitantes y alejado de las rutas turísticas más transitadas, conserva un ambiente tranquilo y casi detenido en el tiempo. Sus calles silenciosas, sus casas de piedra y su entorno rural hacen que la visita a la encina sea también una experiencia emocional: un viaje a un ritmo de vida que ya casi ha desaparecido en otros lugares.

En un momento en el que el turismo busca cada vez más destinos auténticos, sostenibles y alejados de las masificaciones, lugares como Valderromán empiezan a despertar interés. La encina no es solo un atractivo natural, sino un símbolo de la resistencia de los pueblos pequeños, de su capacidad para preservar lo esencial y de la riqueza que aún esconden los territorios menos conocidos.

España cuenta con numerosos árboles monumentales, pero pocos combinan historia, autenticidad y accesibilidad como este ejemplar soriano. La encina de Valderromán demuestra que todavía existen rincones capaces de sorprender. Visitarla es encontrarse con un pedazo de historia que sigue creciendo, silencioso y majestuoso, en un pequeño pueblo de Soria que merece ser descubierto.

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