Cristo de Ávila, obra de la exposición 'Mi museo imaginario', que recopila la obra de Luciano Díaz-Castilla
El 'museo imaginario' del pintor Luciano Díaz-Castilla reúne en Ávila 150 obras de su trayectoria artística
La exposición 'Mi museo imaginario', que se inaugura el 16 de septiembre en el Centro de Congresos y Exposiciones Lienzo Norte de Ávila y se abre al público al día siguiente, reúne 150 pinturas de Luciano Díaz-Castilla (El Soto de Piedrahíta, Ávila, 1940)
El pintor abulense Luciano Díaz-Castilla (El Soto de Piedrahíta, Ávila, 1940) reunirá este mes en Ávila 150 obras realizadas a lo largo de más de seis décadas. Bajo el título 'Mi museo imaginario', la exposición se inaugurará el próximo 16 de septiembre en el Centro de Congresos y Exposiciones Lienzo Norte y podrá visitarse por el público a partir del día siguiente.
La muestra ha sido concebida por el propio artista como un recorrido por su trayectoria y reúne algunas de las líneas que han marcado su pintura durante más de 60 años: el paisaje, la figura, la abstracción, la espiritualidad y, especialmente, el color y la luz.
Díaz-Castilla comenzó a pensar en este proyecto hace 17 años y ha esperado hasta ahora para hacerlo realidad. El nombre de 'Mi museo imaginario' remite a la idea desarrollada por el escritor y político francés André Malraux, aunque el pintor abulense la traslada en esta ocasión a su propia producción para construir un recorrido personal por su vida y su obra.
Ávila ocupa, además, un lugar destacado en la trayectoria del artista. Díaz-Castilla llegó a la capital con 10 años para estudiar como interno en el Colegio Diocesano y la ciudad quedó desde entonces estrechamente ligada a su vida y a su obra. «El cielo de Ávila me subyugó siempre», ha recordado el pintor.
Llama de amor viva, uno de los cuadros de Luciano Díaz-Castilla
Su lugar de nacimiento, El Soto, situado cerca de Piedrahíta y en el valle del Corneja, constituye otro de los escenarios fundamentales de su pintura, junto a Ávila y la sierra de Gredos. La naturaleza aparece de forma recurrente en sus cuadros, aunque con el paso de los años el paisaje fue alejándose de una representación estrictamente figurativa para adquirir un carácter cada vez más personal. «Este valle fue mi raíz, mi vida y expresión de mi ser», escribió Díaz-Castilla en «Soledad creadora».
«El oficio de la pintura»
El artista se formó en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, donde adquirió lo que él mismo denomina «el oficio de la pintura». A partir de esa formación fue desarrollando un lenguaje propio en el que el color ganó progresivamente protagonismo y en el que, incluso cuando se aproxima a la abstracción, permanece como punto de partida la observación del mundo y del paisaje.
El color es precisamente uno de los elementos que permiten seguir la evolución de su obra. Díaz-Castilla lo utiliza para construir espacios, alterar la perspectiva, transformar las figuras o llevar paisajes todavía reconocibles hasta los límites de la abstracción. Para él, esa utilización del color está estrechamente relacionada con la luz. «Yo soy el color porque soy el amante de la luz. Sin la luz no hay color», ha explicado.
A lo largo de su trayectoria se han señalado afinidades con pintores como Van Gogh, Soutine, Matisse o Rouault y, dentro de la tradición española, con El Greco, Goya y Benjamín Palencia. Su trabajo también ha sido relacionado con movimientos como el expresionismo o el fauvismo, aunque el propio Díaz-Castilla resume de otra manera su manera de pintar: «Mi estilo soy yo mismo».
La espiritualidad
La espiritualidad constituye otra de las vertientes presentes en su producción, tanto a través de los asuntos religiosos como de una concepción contemplativa de la pintura. Uno de los proyectos en los que esta dimensión adquirió mayor presencia fue 'Amor y Luz', desarrollado en torno a la poesía de san Juan de la Cruz y en el que participaron Francisco Calvo Serraller y Olegario González de Cardedal.
San Juan de la Cruz, cuadro de Luciano Díaz-Castilla
Calvo Serraller, historiador y crítico de arte, prestó además una atención continuada a la obra de Díaz-Castilla y contribuyó a situarla dentro de una tradición de la pintura española de la segunda mitad del siglo XX. El artista mantuvo durante todas esas décadas su apuesta por la pintura pese a la aparición de nuevos lenguajes y corrientes dentro del arte contemporáneo.