Un misionero en una aldea de indios tapuyos, en una ilustración de 1820
Historia
La intrigante historia de «El Independiente», el misionero catalán que se volvió un caudillo en la Pampa
En el virreinato del Río de la Plata del siglo XVIII existió un personaje enigmático: Mateu Farrera.
En el virreinato del Río de la Plata del siglo XVIII existió un personaje enigmático, que formaba parte de lo que podríamos llamar diáspora catalana: Mateu Farrera. Aunque inició un camino misional en aquellas tierras de la Pampa argentina, al poco tiempo se transformó en una especie de caudillo militar y religioso semi independiente.
Se considera que Farrera formaba parte de la Compañía de Jesús, al haber estado en las reducciones de las guaraníes, que fue la principal orden que estuvo allí. La Pampa era un vasto territorio de frontera, caracterizado por el constante conflicto entre los colonos españoles y las comunidades mapuches, ranqueles y pampas, además de ser una zona de vida guacha incipiente y poco controlada por la autoridad virreinal.
Dicho de otra manera, distaba mucho de los enclaves estables de otras misiones jesuitas. La región, aunque desértica en el imaginario criollo-hispano, era rica en pastos y, sobre todo, en la fauna introducida por los españoles, especialmente el ganado cimarrón; esto es, vacas y caballos salvajes.
Lejos de ser estático, el mundo indígena pampeano era un centro de comercio muy activo. Los grupos indígenas comerciaban con Buenos Aires y el resto del Virreinato llevando productos como sal, ponchos, mantas, tejidos, cueros, plumas, animales. A cambio obtenían alhajas, sables, chaquiras y ropa.
En lugar de establecerse una misión fija y protegida, Farrera optó por una existencia errante y adaptable. Esta elección no fue sólo logística, sino que marcó el inicio de su metamorfosis de simple misionero a líder fronterizo. Con lo cual, Ferrara adoptó métodos y estilos de vida propios de la frontera. Esto lo colocó en una posición ambigua entre la fe y la fuerza.
De la misión a las armas
Farreras, nacido en Moià (Barcelona) no sólo predicaba, sino que organizaba y lideraba grupos armados, compuestos a menudo por peones, gauchos y, en ocasiones, indígenas que había logrado pacificar o atraer. Su autoridad se basaba tanto en su condición de misionero como en su capacidad para la defensa y la acción militar. Esta doble función era esencial para la supervivencia en la Pampa, donde un misionero, sin escolta o sin capacidad de autodefensa, era vulnerable.
Se le apodó como “El Independiente", debido a su escasa sujeción a las autoridades eclesiásticas o militares de Buenos Aires. Farreras funcionaba según sus propias reglas y prioridades, enfocándose en la protección de las estancias o colonos que lo seguían, y en la interacción con los grupos indígenas. A veces esta interacción podía ser violenta o de alianza. Sus métodos eran pragmáticos y poco ortodoxos para la Iglesia, mezclando la evangelización con la organización militar.
Mapa del Virreinato del Río de la Plata, realizado por Miguel de Lastarria en 1804
Farreras, como hombre o mediador de frontera, representaba el intento de civilización y cristianización de la Corona. Por otro lado, su profunda inmersión en la vida de la Pampa le otorgaba una comprensión de la cultura indígena y de la supervivencia criolla que no poseían los burócratas de la capital. Se convirtió en un negociador, defensor y protector, ganándose la lealtad personal de sus seguidores.
La diáspora catalana
El hecho de que Farreras marchara a la Pampa argentina está relacionado con la diáspora que tuvo lugar en Cataluña en el siglo XVIII. Esta se produjo por diferentes factores. El principal motor fue el comercio y la posibilidad de hacer negocios, especialmente tras el Decreto de Libre Comercio con las Indias de 1778, que abrió los puertos catalanes, como Barcelona, al comercio directo con las colonias americanas.
La emigración catalana del siglo XVIII debe entenderse en el contexto del crecimiento demográfico y el desarrollo económico que experimentó Cataluña en ese período, lo que generó un excedente de población y una búsqueda de nuevas oportunidades de mercado, impulsada por las políticas borbónicas de apertura comercial hacia América.
En el siglo XVIII, el catalán que emigraba al Río de la Plata no era principalmente un emigrante de la pobreza, sino un individuo de clase media, empresario o comerciante que buscaba expandir su capital. Su objetivo era establecer redes mercantiles que conectaran Cataluña con el virreinato, importando manufacturas y exportando productos locales. Los catalanes se destacaron rápidamente en la vida económica del virreinato.
Ocuparon puestos importantes en el Consulado del Comercio de Buenos Aires, que regulaba la actividad económica. Su influencia social era tan significativa que, a fines del siglo XVIII, crearon instituciones y contribuyeron notablemente a la vida urbana. Un ejemplo de su organización y compromiso fue la formación del Cuerpo de Voluntarios Urbanos de Cataluña para defender Buenos Aires durante las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807.
Por lo que se refiere a Mateu Farrera, su figura prefigura, en un contexto religioso, el fenómeno del caudillismo que dominaría la política argentina y latinoamericana en el siglo XIX. El caudillo era un líder carismático, surgido de la base, que ejercía su autoridad sobre un territorio y un grupo de seguidores leales a él personalmente, más que a una institución. Farrera adoptó esta estructura de liderazgo en un contexto misional.
Un mercado en Buenos Aires, en una ilustración de 1820
La singularidad de Mateu Farrera radica en la fricción entre el ideal y la realidad. Fue enviado a llevar la palabra de Dios, pero la Pampa lo obligó a tomar las armas y a negociar su existencia al margen de la ley. Su vida es una nota al pie en la gran historia de la colonización, pero una fascinante ventana a la adaptabilidad, la supervivencia y la idiosincrasia de la vida en la frontera colonial. No fue un gran explorador o conquistador, sino un superviviente influyente, cuya historia extraña enriquece el tapiz de la historia catalana y argentina.
El conocido como misionero independiente de Moiá nunca alcanzó la fama de san Francisco Solano o la controversia de un jesuita de las misiones guaraníes, pero su figura de hombre con fe, con un sable en la mano y un grupo de gauchos a su espalda, vagando por el desierto de la Pampa, lo convierte en un personaje singular y fascinante en los anales de la historia colonial.