Una ilustración realizada con IA que imagina el universo en torno a este mítico ballet

Una ilustración realizada con IA que imagina el universo en torno a este mítico balletC. Alcalá

Historias de Barcelona

El pacto de sangre en el ballet que dio la gloria a Diaghilev y la locura eterna a Félix el Loco

Félix Fernández fue fundamental en la construcción del ballet 'El Sombrero de Tres Picos'

Para los cronistas de la época, acostumbrados a un ballet español más anárquico y pasional, ver a la compañía de Sergei Diaghilev era como observar una maquinaria de relojería suiza impregnada de alma eslava. Hablaron de orgía de color en las escenografías.

La prensa barcelonesa tenía una relación de amor-odio con Picasso. En 1917 ya era una figura internacional, aunque algunos aún lo recordaban como joven bohemio en Els Quatre Gats. Algunas revistas de vanguardia lo defendieron, argumentando que Picasso elevaba el arte popular español a la categoría de pintura universal.

Sobresalieron las estrellas del ballet, compositores, coreógrafos y Diaghilev. Ahora bien, en Barcelona también estaba un personaje que no salió en la prensa ni en los carteles, ni bailó en el Liceo, y cuya misión detrás del escenario consistía en asesorar a Leónide Massine. A pesar de no figurar en en los programas de mano ni en las crónicas de la época, su papel fue fundamental en la construcción del ballet El Sombrero de Tres Picos. Su nombre era Félix Fernández, aunque ha pasado a la historia como «Félix el loco».

Los Ballets Rusos se refugiaron en España durante la I Guerra Mundial. Aunque buscaba seguir bailando para pagar los sueldos. Para Diaghilev aquella estancia era algo más. Deseaba que Massine absorbiera la esencia de lo español para su próximo gran proyecto. Un ballet con música de Manuel de Falla y decorados de Pablo Picasso, que acabaría llamándose El Sombrero de Tres Picos, conocido internacionalmente con su versión francesa, Le Tricorne.

Para ello ficharon a Félix Fernández. Este no sabía leer una partitura y desconocía lo que era una coreografía. Sin embargo, su cuerpo dictaba una geometría que los rusos, educados dentro de una rigidez académica, no lograban descifrar. Félix debía españolizarlos e inyectarles el duende que Diaghilev consideraba el combustible necesario para aquel nuevo ballet. Diaghilev, Massine y Félix formaron un triángulo constante en la vida nocturna de la ciudad. Se les veía en los cafés y, sobre todo, en los antros flamencos.

El protagonista absoluto

Massine iba siempre con una libreta. En ella anotaba cada quiebro de cintura y cada remate de pies que hacía Félix. Mientras la aristocracia barcelonesa aplaudía los ballets clásicos en el Liceo, la compañía se sumergía tras las funciones en la Barcelona más cruda, buscando la autenticidad del baile gitano que Félix personificaba.

Él no era solo un instructor. Se sentía el protagonista absoluto. En su mente era el elegido para estrenar el papel del Molinero en Londres, en julio de 1919. No entendía que, para Diaghilev, era materia prima, una fuente de inspiración, pero no el producto refinado que el público europeo esperaba.

Las lenguas de doble filo, como diría Rafael de León, contaban que Félix bailaba solo por las calles de Barcelona, desafiando las sombras. La ciudad, que al principio fue su patio de recreo, se convirtió en el escenario de su futura paranoia. Sentía que el arte que llevaba en la sangre estaba siendo castrado por un grupo de bailarines extranjeros. A parte de todo esto, Barcelona se convirtió en el laboratorio donde se cocinó Le Tricorne. Con él, el flamenco dejó de ser un baile de taberna para integrarse dentro de la danza moderna. Sin Félix Fernández esto no hubiera sido imposible.

Del amor a la locura

Lo que empezó siendo una historia de amor artística, acabó en locura, en 1919, en Londres, cuando lo encontraron bailando la farruca de este ballet, desnudo, en la iglesia de Saint Martin-in-the-Fields. De allí a un sanatorio, del cual nunca salió. Murió en Long Grove en 1941. Durante aquel tiempo consumió sus energías en los tablaos, en el escenario del Liceo, en los café y cualquier rincón de la ciudad.

Para Picasso, regresar a Barcelona supuso un reencuentro con sus raíces, pero pasadas por el filtro del cubismo que ya había conquistado en París. La colaboración con Falla fue simbiótica. Se dice que no diseñaba sobre la música, sino con la música. Picasso estableció un pensamiento arquitectónico para los diseños.

Los decorados que imaginó, que hoy recordamos por sus tonos ocres, rosas pálidos y azules mediterráneos, eran una respuesta visual a la partitura de Falla. Si este utilizaba ritmos secos y cortantes, Picasso dibujaba líneas negras, fuertes y definidas en los trajes de los bailarines.

Picasso durante la confección de los telones

Picasso durante la confección de los telonesAlbidanza

Falla, hombre de una disciplina casi religiosa, observaba con una mezcla de fascinación y temor la influencia que Félix Fernández ejercía sobre la compañía. Mientras este aportaba la sangre y el duende, Falla ponía el orden matemático y la sofisticación orquestal. El ballet, originalmente, era una pantomima titulada El corregidor y la molinera.

Lo transformó, dándole una dimensión sinfónica que pudiera soportar la coreografía que estaba creando Massine, con la ayuda de Félix Fernández. La Danza del Molinero, la famosa farruca, era la pieza que Félix debía haber bailado en su estreno londinense, pero termino convirtiéndose en el testamento artístico de su locura en Saint Martin-in-the-Fields.

Picasso trabajó en los figurines. No sólo se limitaba a dibujar, sino que intervino en los tejidos. Llegó a pintar directamente sobre la ropa de los bailarines para que las líneas cubistas resaltaran bajo la luz eléctrica del teatro. Tanto él como Falla compartían como obsesión la luz. Querían que le espectador de Londres sintiera el calor de España, pero no a través de un sol de cartón-piedra, sino a través de una armónica cromática y sonora.

Félix fue el modelo vivo de ambos. Picasso lo dibujó en numerosas ocasiones durante su estancia barcelonesa, captando la energía nerviosa que luego trasladó a los diseños del vestuario. Por su parte Falla trataba de transcribir los ritmos imposibles de los pies de Félix en la partitura. Dicho de otra manera, Falla aportaba la Estructura, Picasso la visión moderna, y Félix el alma del flamenco de la calle. En definitiva, los tres pusieron las bases de la Danza Española moderna.

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