Decoraciones y luces de Navidad durante el encendido de las luces de Navidad de Barcelona
Una vecina saca los colores al alcalde de Barcelona por negarse a poner el belén: «Todos sabemos cuál es el problema»
Una carta publicada en El Periódico cuestiona la supresión del pesebre de Sant Jaume y acusa al consistorio de esconder motivaciones políticas tras excusas técnicas
Una lectora de Barcelona no se ha mordido la lengua y ha plantado cara al Ayuntamiento por eliminar el pesebre de la plaza de Sant Jaume. En una contundente carta enviada a El Periódico y publicada en el mismo, la vecina desmonta el argumento oficial del consistorio —que habla de «coherencia con la nueva iluminación»— y va directa al grano: «Todos sabemos que el problema no es la luz sino la voluntad política».
La autora de la misiva no entiende cómo razones técnicas pueden justificar borrar del mapa una tradición que ha acompañado a generaciones enteras de barceloneses. Para ella, tanto el equipo de Jaume Collboni como el anterior gobierno de Ada Colau han fabricado un conflicto donde no lo había, transformando una costumbre popular en campo de batalla ideológico.
Lo que más irrita a esta ciudadana, según recoge El Periódico, es la estrategia municipal de evitar «incomodar a nadie» a cualquier precio. En su opinión, el Ayuntamiento actúa como si reconocer una tradición arraigada en el calendario festivo catalán fuera una falta de respeto hacia otras comunidades. Pero ella defiende justo lo contrario: que la convivencia real no pasa por esconder las raíces propias, sino por compartirlas abiertamente.
La vecina lanza una advertencia en su carta a El Periódico: Barcelona corre el riesgo de perder su esencia persiguiendo una imagen de modernidad forzada. Según denuncia, la ciudad ya no celebra con orgullo lo que es, sino que se ha convertido en «un decorado para turistas» donde todo lo que tiene significado resulta incómodo o anticuado. Y muchos barceloneses, añade, se sienten extraños en su propia casa.
Para la autora, el pesebre es mucho más que un símbolo religioso: representa arte popular, memoria familiar y valores de encuentro. Renunciar a él, advierte en El Periódico, es renunciar a una parte de la identidad colectiva. O quizás, lanza con ironía, eso es exactamente lo que algunos desean: «una ciudad sin identidad, limpia de toda tradición y vacía de vida».