Unas ancianas en la residencia de las Hermanitas de los Pobres en Barcelona

Unas ancianas en la residencia de las Hermanitas de los Pobres en BarcelonaHermanitas de los Pobres

Iglesia

Las Hermanitas de los Pobres necesitan ayuda para cuidar a 68 personas mayores en Barcelona

Necesitan donaciones para hacer frente a los gastos de la residencia y ayuda en especie, porque no reciben subvenciones

En una calle tranquila del barrio de Gracia, en Barcelona, hay una puerta que nunca se cierra del todo. Detrás de ella viven 68 ancianos pobres, hombres y mujeres que han llegado al final de su vida con muy poco, algunos prácticamente sin nada. Su hogar lo sostienen doce religiosas, también mayores, que pertenecen a las Hermanitas de los Pobres. Y necesitan ayuda.

En esa residencia, nadie paga una cuota elevada ni aporta una pensión de cuatro cifras. Todo lo contrario. Para poder entrar, explica la hermana Ana María, hay que ser «pobre, pobre». Personas que sobreviven con pensiones no contributivas de 300 o 400 euros al mes. «Con eso —dice— no se puede vivir».

Por eso las Hermanitas viven de la Providencia, como repiten una y otra vez, sin recibir ninguna subvención pública, porque sus constituciones no lo permiten. Lo que sí reciben y necesitan desesperadamente son donaciones. «Ahora mismo —explica la hermana— lo que más falta nos hace es dinero para la luz, la calefacción y el mantenimiento. Gastos básicos que se han disparado». Aunque si la ayuda llega en especie, también es bienvenida: leche, aceite, detergente, papel higiénico… todo lo que se necesite en cualquier casa.

Voluntarios

Pero esa no es la única urgencia. Se necesitan manos. Manos que cuiden, que acompañen, que simplemente estén. «Un voluntario que venga a dar un paseo, tomar un café, jugar al dominó... eso para ellos ya es muchísimo», cuenta la hermana Ana María, porque, asegura, «lo que más necesitan es cariño».

El día a día en la residencia es intenso: levantar, asear, servir las comidas, acompañar, acostar… Las doce hermanas hacen lo que pueden, pero la edad pesa. Dependen de empleados, que también cuestan mantener, y de ese voluntariado que resulta imprescindible.

A pesar de todo, la casa funciona como una gran familia. Los ancianos conversan, se acompañan unos a otros y, aunque al principio el cambio les cuesta, acaban encontrando aquí algo que habían perdido: seguridad y dignidad. «Saben que no les va a faltar nada hasta el final de sus días», asegura la hermana.

La residencia, eso sí, no puede acoger a todos los que llaman a su puerta. Hay una lista de espera larga, porque la pobreza en la vejez existe también en Barcelona, y no es poca. La trabajadora social evalúa cada caso y, cuando fallece un residente, como ellas dicen, «cuando se va al cielo», la plaza se ofrece al anciano más necesitado.

En estas semanas previas a la Navidad, las Hermanitas redoblan su petición. Saben que muchos mayores sienten más la soledad en estas fechas. «Si vinieran a verlos, descubrirían que son verdaderos tesoros», insiste la hermana Ana María

Quien quiera ayudar puede hacerlo de muchas formas: con una donación puntual, a través de Bizum (código 05253), con una transferencia o, como ellas recomiendan, con una pequeña aportación domiciliada. «Diez euros al mes no hacen más pobre a nadie, pero para nosotros es muchísimo». Dinero que, grano a grano, como en un granero, permite seguir dando vida.

A cambio, las Hermanitas ofrecen algo que no figura en ningún recibo: su oración constante por los bienhechores. «Rezamos por ellos cinco veces al día en todas las casas del mundo», recuerda la hermana. «Y cada mes celebramos una misa por vivos y difuntos».

En la casa de Gracia, ya a media tarde, se oye el murmullo de los ancianos jugando, conversando, viviendo. La necesidad sigue siendo mucha, pero la esperanza también, nos dice la hermana Ana María. Porque para ellos, para estos 68 hombres y mujeres que esperaban tan poco, cada pequeño gesto es un milagro.

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