La Casa Batlló, en la década de 1940

La Casa Batlló, en la década de 1940

Historias de Barcelona

Gaudí, antes de los turistas: la Casa Batlló acogió una productora de cine y una galería de arte

La icónica edificación de Gaudí tuvo muchos usos antes de llegar al estado en que la conocemos hoy

La fotografía que encabeza este artículo es de los años 40, y nos enseña una Casa Batlló que hoy en día no existe. En su lugar encontramos, diariamente, centenares de turistas para visitar esta obra de Antonio Gaudí.

Sin embargo, entonces en la planta baja estaban las Galerías Fyra, y en el primer piso encontrábamos Chamartín Producciones Cinematográficas SA. Ambas empresas desaparecieron y en su lugar la transformación turística ha hecho que se pierda el recuerdo de lo que allí hubo. Ahora bien, ¿qué eran estas dos empresas que se instalaron en la Casa Batlló?

En el Madrid de la posguerra, el nombre de Chamartín Producciones Cinematográficas S.A. no solo representaba una marca comercial, sino una parte fundamental de la industria cultural que intentaba renacer entre las cenizas del conflicto. Aunque su nombre remite a los míticos estudios de rodaje madrileños, la empresa consolidó su poder administrativo y logístico en un escenario modernista. Esto es, la Casa Batlló de Barcelona.

A partir de 1941 la casa dejó de ser la residencia de Amalia de Godó, fallecida el año anterior. Su marido, Josep Batlló, había fallecido en 1934. Fueron las hijas las que se encargaron de la gestión del edificio y alquilar las diferentes zonas. El principal lo ocupó Chamartín.

La actividad de Chamartín fue frenética, abarcando desde la producción propia hasta la distribución de cintas extranjeras que lograban sortear la censura. Bajo la dirección de figuras clave como Clemente Pamplona, la empresa se especializó en un cine de corte popular y, en ocasiones, de gran despliegue visual.

Entre sus hitos de producción destaca la colaboración con el director Ladislao Vajda, cuya visión técnica elevó el estándar del cine español de los años 50. Juntos dieron vida a piezas fundamentales como Séptima página (1950) o Marcelino, pan y vino (1955), obra que alcanzó una proyección internacional sin precedentes para la época.

Escena de la película de 1955, "Marcelino, pan y vino"

Escena de la película de 1955, «Marcelino, pan y vino»

La productora Chamartín atrajo a los talentos más solventes del momento. En sus despachos de la Casa Batlló se gestionaron contratos para directores de la talla de Rafael Gil, con quien produjeron La señora de Fátima (1951), un éxito masivo que consolidó el cine de temática religiosa. Asimismo, la productora fue el hogar profesional de actores de renombre como Pablito Calvo, el niño prodigio del sistema de estudios español, y grandes figuras de la escena como Antonio Vico, Julia Caba Alba, o Manolo Morán

También exploró el cine policíaco y la comedia, trabajando estrechamente con guionistas como José Santugini. La infraestructura de la empresa permitía que, mientras en los estudios de la capital se quemaban los focos rodando escenas, en la planta noble de la Casa Batlló se decidieran las estrategias de distribución que llevarían esas imágenes a cada provincia.

Este trasiego de productores, agentes y publicistas transformó la obra de Gaudí en un núcleo de negocios donde el arte arquitectónico servía de contenedor para la fabricación industrial de sueños en celuloide. En 1962, el magnate y productor Samuel Bronston se quedó la empresa.

Una galería de arte

La planta baja de la Casa Batlló albergó uno de los centros culturales más vitales de la ciudad. Era la Galería Syra. Fundada en 1931 por Montserrat Isern Rabascall en la calle Diputación, la galería se trasladó a la Casa Batlló en 1949, en un momento en que la vanguardia artística buscaba centros donde exponer su arte. Este traslado no fue solo un cambio de domicilio, sino una declaración de intenciones estética, al ocupar un espacio que, por aquel entonces, todavía no gozaba del reconocimiento mundial que tiene hoy.

La adecuación del local fue llevada a cabo por Alexandre Cirici i Pellicer, historiador, crítico y diseñador, cuya intervención fue clave para adaptar el lenguaje modernista a las necesidades de una sala de exposiciones moderna. Cirici i Pellicer, un pionero en la revalorización de la obra de Gaudí, logró que el diseño interior de la galería dialogara con las formas orgánicas de la casa, creando un refugio donde el arte contemporáneo y la arquitectura de principios de siglo se daban la mano frente a la mirada de los transeúntes del Paseo de Gracia.

Bajo la dirección de Isern, la Galería Syra se convirtió en un escaparate de prestigio y un punto de encuentro para diversas generaciones de creadores. Por sus salas pasaron firmas consagradas como Salvador Dalí, quien aportó su magnetismo y proyección internacional al espacio. Sin embargo, la verdadera importancia de Syra radicó en su capacidad para detectar el talento emergente. Fue allí donde muchos jóvenes artistas que más tarde se convertirían en maestros indiscutibles del arte español encontraron su primera oportunidad para exponer de manera profesional.

El trabajo de Montserrat Isern al frente de la galería permitió que nombres como Rafael Zabaleta, Josep Amat o los integrantes del grupo Els Vuit encontraran un altavoz en la Barcelona de la posguerra. La labor de promoción y resistencia cultural llevada a cabo en los bajos de la Casa Batlló consolidó a la Galería Syra no solo como un negocio de marchantes, sino como una institución fundamental para entender la evolución del arte moderno en Cataluña, protegiendo y difundiendo la creación plástica en un periodo de profunda transformación social y estética. La galería sobrevivió hasta la muerte de Isern el 9 de julio de 1986.

En 1954 Carmen y Mercedes Batlló de Godó vendieron el edificio a Seguros Iberia por 7 millones de pesetas. Para esta compañía tener la sede en el Paseo de Gracia era una cuestión de prestigio. Seguros Iberia transformó la Casa Batlló en despachos y archivos. Se dividieron estancias con tabiques, se instalaron techos falsos y se modernizaron baños.

Estas capas de oficina moderna ayudaron a proteger los techos y suelos originales de Gaudí, que quedaron ocultos y preservados debajo. En los años 80, la situación financiera de la aseguradora empezó a deteriorarse. A principios de los años 90 Seguros Iberia estaba al borde de la quiebra técnica. Enric Bernat, fundador de Chupa-Chups, compró la aseguradora y decidió que la propia empresa le vendiera el edificio a otra de sus sociedades por unos 3.000 millones de pesetas en 1993.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas