El Bar La Tranquilidad de Barcelona se convirtió en epicentro del pistolerismo

El Bar La Tranquilidad de Barcelona se convirtió en epicentro del pistolerismoGetty Images

Historias de Barcelona

El bar más peligroso de Barcelona, donde los pistoleros compraban armas a plazos

De nombre irónico, el Bar La Tranquilidad se convirtió en un nido de pistoleros a principios del siglo XX

Hasta poco después de la Guerra Civil, en la Avenida del Paralelo de Barcelona existió un bar cuyo nombre evocaba paz, sosiego y descanso. Era La Tranquilidad, y podemos decir que el nombre nada tenía que ver con la realidad.

Aquel local de techos altos, paredes desnudas, olor a tabaco y café era el lugar donde se reunían pistoleros del anarcosindicalismo. En una época en la cual el pistolerismo estaba a la orden del día, La Tranquilidad era el refugio de aquellos hombres antes o después de perpetrar un atentado.

El bar estuvo situada en dos lugares diferentes, pero siempre en el Paralelo. Se inauguró en 1901 en un cobertizo el el Paralelo esquina con la calle Conde del Asalto, hoy Nou de la Rambla. En aquel lugar se concentraban, junto a La Tranquilidad, el Teatro Nuevo, Café Español, Teatro Olympia. También encontrábamos tabernas y bares bohemios. Poco tiempo después se desplazó al número 69 de la misma avenida: es en este emplazamiento donde se forjo la leyenda negra de La Tranquilidad.

El Bar La Tranquilidad, en una imagen de época

El Bar La Tranquilidad, en una imagen de época

A simple vista era un café normal, con su pianola, su mostrador y, supuestamente, una clientela normal. Sin embargo para la policía y la patronal era un nido de víboras peligroso. El bar estaba presidido por una foto del anarquista Francisco Ferrer Guardia. Allí se reunían líderes del anarquismo barcelonés como Buenaventura Durruti, Francisco Ascaso o Juan García Oliver. El dueño, Martí Sisteró, era un antiguo militante de la CNT. Allí se planificaron huelgas generales, se discutían tácticas de defensa y se organizaban atentados.

El cliente despistado podía ver cómo se sorteaban «pipas», el nombre coloquial de las pistolas Star de 9 milímetros, que era la herramienta de supervivencia de muchos obreros ante los Sindicatos Libres. Aquellas pistolas costaban 45 pesetas y se podían pagar a plazos, entregando una peseta a la semana. Conocido como el Broadway de Barcelona, el Paralelo también era la frontera de la delincuencia común, la militancia política y el terrorismo de Estado.

Nido de víboras

La policía, conocedora de lo que se fraguaba allí, cuando explotaba una bomba o se producía un atentado, los coches policiales iban hacia La Tranquilidad sabiendo que a alguno de sus clientes los podrían culpar de lo ocurrido o, al menos, contactar con alguno que sabía quién lo había hecho. Con lo cual aquel bar se convirtió en uno de los lugares más conflictivos y peligrosos de Barcelona.

Se cuenta que los hermanos Badía, figuras clave del nacionalismo catalán más expeditivo y feroces detractores de la FAI, solían aparecer por el bar a la hora del almuerzo. Se sentaban con chulería, pedían enormes ensaladas de cebolla y depositaban sus monumentales pistolas sobre la mesa, desafiando con la mirada a la parroquia habitual mientras bebían de grandes porrones. Era un teatro de testosterona y pólvora en el que el bar servía de escenario para una guerra fría que, tarde o temprano, se volvería caliente.

Y llegó el 19 de julio de 1936. Aquella madrugada Barcelona dejó de estar tranquila. Había empezado la Guerra Civil. El Paralelo dejó de ser una zona de teatros y variedades para transformarse en un campo de batalla urbano. Las tropas sublevadas, bajando desde los cuarteles, intentaban conectar la Plaza de España con el puerto, pero se toparon con la Brecha de San Pablo, un nudo estratégico donde los anarquistas habían levantado barricadas de adoquines y sacos terreros.

Los militares instalaron una ametralladora justo frente al bar, convirtiendo aquel espacio de debate y conspiración en un parapeto de muerte. El aire se llenó de gritos, ráfagas de fuego y el estruendo de los obuses que destrozaban las fachadas.

Los militantes del sindicato de la madera y los comités de defensa de los barrios vecinos lucharon metro a metro. Desde las azoteas cercanas, incluyendo la del bar Chicago, en el número 82 del Paralelo, el otro bar anarquista de Barcelona, los obreros respondían al fuego del ejército. Fue un combate a muerte. Hombres que se conocían de vista, vecinos que se encontraban en bandos opuestos, oficiales que se rendían ante la presión de una masa que ya no tenía miedo. Al mediodía, el ruido de la batalla cesó. Con la victoria en sus manos soldados y anarquistas se abrazaron y brindaron por ella. La Tranquilidad, con sus cristales rotos y sus paredes marcadas por las balas, fue testigo mudo del inicio de la guerra civil.

La leyenda de La Tranquilidad

Con el paso de los años el bar pasó a formar parte de la memoria sentimental de Barcelona. La ciudad, terminada la guerra civil, quiso olvidar la época de rosa de fuego durante la Semana Trágica o la Barcelona pecadora. Por ello dejaron e ir a aquellos locales que aún olían a rebeldía. La Tranquilidad acabó cerrando sus puertas, engullida por el tiempo y por la transformación de un Paralelo que prefirió las luces de neón de los espectáculos comerciales a las sombras de los conspiradores.

El paso de los años ha dejado atrás aquellas historias, como la de los hermanos Badía, o cuando Durruti tomaba un café mientras acariciaba el cañón de su pistola. También se ha olvidado que Martí Sisteró permitía que los más necesitados ocuparan una mesa durante horas sin pedir nada, o eran invitados a un café por el propietario. Asimismo uno podía comprar una pistola a plazos para defenderse o formar parte de un atentado.

El bar, que era vecino del Teatro Victoria, no solo fue el negocio de Martí Sisteró. Se convirtió en el termómetro de un tiempo y de un país donde la vida valía muy poco y que la gente moría por unos ideales o, simplemente, por tener unas ideas contrarias a las que se querían imponer por la fuerza. La Tranquilidad, a pesar de su nombre, fue un espacio donde la historia se escribió con minúsculas, en conversaciones de barra y servilletas de papel, antes de pasar a las mayúsculas con atentados y bombas. En aquella ciudad de contrastes sociales, ese bar se convirtió en el más peligroso del mundo y allí había de todo menos tranquilidad.

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