Retrato del periodista David González Rubio
Entrevista
David González, experto en transhumanismo: «No debemos hacer todo lo que la tecnología nos permite»
El periodista alerta en ‘Cancelar lo humano’ de la nueva «tecnopolítica» y del riesgo de una humanidad partida entre «mejorados» y descartados
El periodista catalán David González Rubio (Mataró, 1968), con casi cuatro décadas de oficio y premio extraordinario en Humanidades por la UOC, acaba de convertir su trabajo final de grado en el ensayo Cancelar lo humano, publicado por Albada Editorial.
En él analiza cómo la pandemia aceleró una «vida ciborg» cotidiana, denuncia el proyecto de una nueva especie humana híbrida impulsado por las élites tecnológicas y advierte de que ceder a las máquinas nuestra capacidad de decisión supone, en la práctica, una renuncia a la libertad.
- Para situarnos: ¿quién es David González Rubio y cómo llega a escribir este libro?
Soy periodista de profesión; empecé a trabajar con 16 años y con 58 sigo en lo mismo. He hecho sobre todo periodismo político, primero en prensa local y después en medios como Avui, La Vanguardia o El Nacional.cat, del que formé parte del equipo fundador, y actualmente he vuelto a La Vanguardia.
Una de mis aficiones es el estudio de las humanidades: cursé el grado en Humanidades en la Universitat Oberta de Catalunya, obtuve el premio extraordinario de carrera y, a partir del trabajo final, me animaron a revisarlo, ampliarlo y convertirlo en libro; así nació Cancelar lo humano, publicado por Albada poco antes de Sant Jordi.
- ¿Por qué decide que el posthumanismo y el transhumanismo merecen un libro entero?
Al estudiar estas cuestiones en Humanidades nunca me quedó clara una cosa que intento aclarar en el libro: cuál es exactamente la diferencia entre posthumanismo y transhumanismo. Y detrás hay una preocupación que siempre he tenido: nuestra relación, como seres humanos, con la tecnología. Los periodistas hemos visto muy de cerca, y también sufrido, la evolución tecnológica, porque en comunicación la tecnología lo atraviesa todo: periódicos, radios, televisiones, diarios digitales, fotografías.
Portada del libro 'Cancelar lo humano'
- En el libro la pandemia aparece como un momento clave. ¿Qué reveló de esa relación con la tecnología?
La pandemia se convirtió en un escenario de lo que llamo «simbiosis»: una situación idónea para que la sociedad siguiera funcionando gracias a una hibridación entre personas y máquinas. No había cuerpos físicos en la calle, pero sí mentes trabajando desde casa, conectadas a sus portátiles y pantallas para mantener en marcha el sistema. En realidad es algo que hacemos cada día cuando consultamos el móvil, buscamos algo en el ordenador o conducimos un coche que está registrando continuamente datos de nuestra actividad; a eso lo llamo vida ciborg o cotidianidad ciborg.
- ¿Hasta qué punto esa vida ciborg es inevitable? ¿Cuándo pasa de ser ayuda a dependencia?
Una de las conclusiones del libro es que, nos guste o no, donde empieza la máquina acaba la libertad. Eso puede ser tolerable cuando hablamos, por ejemplo, de alguien con un problema de movilidad que necesita una silla de ruedas o una prótesis para caminar. Lo extraño sería que una persona sin necesidad dijera: «Para mí es mejor ir siempre en silla de ruedas»; sin embargo, algo parecido hacemos con las redes sociales y los dispositivos, cuando sustituimos una conversación cara a cara por un mensaje de WhatsApp o cuando una simple llamada telefónica ya se percibe como algo excepcional. La ciborgización no es ir por la calle con cables en la cabeza como en una película de ciencia ficción, sino esa presencia tecnológica cada vez más cercana y física: hemos pasado de los grandes cascos con cable de los años 80 a pequeños auriculares inalámbricos encajados en la oreja, a pocos centímetros del cerebro.
Retrato del periodista David González Rubio
- ¿Cómo explicarías, en pocas palabras, qué es el posthumanismo y qué es el transhumanismo?
El posthumanismo, en su versión más influyente, tiene una dimensión política y ética y dice que el ser humano ha fracasado en su relación con otros humanos, con los animales y con la naturaleza, por culpa de un antropocentrismo jerárquico que ha hecho daño a la alteridad.
Hasta cierto punto se puede compartir que debemos ser menos antropocéntricos, pero la teoría ciborg de Donna Haraway plantea que el nuevo ser humano debe surgir de la hibridación con la máquina y con otros animales, como si hibridarnos resolviera los conflictos. El transhumanismo da un paso más: deja de ser solo un discurso filosófico y se convierte en un proyecto material, el del «superhombre».
Sostiene que el progreso tecnológico nos convertirá en otra especie, humanos mejorados, y en su versión más radical, la de la singularidad, propone prescindir incluso del cuerpo biológico y descargar la mente en la nube, como en un episodio de ‘Black Mirror’.
- ¿Eso sigue siendo teoría o ya hay estructuras reales detrás?
No es solo teoría. Estas ideas las defiende, por ejemplo, Ray Kurzweil, ingeniero de Google y futurista muy conocido, y existen instituciones como la Universidad de la Singularidad en Silicon Valley, en la que Google invierte millones en investigación. Uno de los objetivos del libro es precisamente mostrar qué hay detrás de los grandes tecnomagnates actuales y cómo condicionan la política mundial.
Figuras como Elon Musk, Peter Thiel, Mark Zuckerberg o Sam Altman se sitúan mayoritariamente en posiciones posthumanistas o transhumanistas y comparten un horizonte en el que el ser humano se convierte en una especie superior gracias a la tecnología.
- Hablas incluso de un «tecnorracismo» y de una especie de Ilustración al revés. ¿Qué quiere decir?
Nadie discute que se ponga una prótesis avanzada a quien la necesita para caminar, pero otra cosa es plantear dispositivos que permitan a alguien correr a 300 kilómetros por hora. Eso nos conduce a un escenario en el que se crean, como mínimo, dos especies humanas: los mejorados y el resto, con modificaciones introducidas incluso genéticamente antes del nacimiento. A eso lo llamo tecnorracismo universal: una Ilustración al revés, una «ilustración oscura» en la que el ideal igualitario ilustrado se invierte por completo.
- En este contexto, introduces el concepto de «tecnopolítica». ¿En qué se diferencia de la política clásica?
Utilizo un término que dialoga con la biopolítica de Foucault. Con la modernidad, la biopolítica ponía la vida humana en el centro de la acción política; hoy el paradigma de gubernamentalidad es la tecnopolítica, que coloca en el centro al ciborg, al ser humano híbrido con la tecnología. Ya no se trata solo de gobernar la vida, sino de gobernar y moldear a ese nuevo sujeto técnico. Algunos hablan incluso de tecnofascismo; yo hablo de tecnopopulismo, pero la idea de fondo es que estamos transfiriendo nuestra esencia como seres humanos al dominio tecnológico, y ese dominio sigue en manos de unos pocos.
- ¿Hasta qué punto la inteligencia artificial amenaza nuestra libertad en lo cotidiano?
No hay problema en buscar un dato en una IA igual que antes se consultaba una enciclopedia, siempre que verifiquemos y seamos conscientes de sus sesgos. El problema empieza cuando le preguntamos a la máquina qué debemos hacer con nuestra vida: si salir de casa, cómo estamos de tensión o qué decisión tomar en función de parámetros biométricos. En ese momento le estamos cediendo nuestra capacidad de decidir. Es muy sutil, pero real: hay una diferencia entre preguntar quién fue Darío I y dejar que un algoritmo decida si salimos a la calle porque llueve. Y esa lógica se extiende a ámbitos mucho más graves, como las guerras, donde ya se están tomando decisiones de vida o muerte en función de lo que dice un algoritmo.
- Los posthumanistas critican el antropocentrismo. Sin embargo, ¡ reivindicas al ser humano. ¿Por qué?
Es cierto que los posthumanismos filosóficos dicen: «Saquemos al hombre del centro, es demasiado antropocéntrico». Pero cuando desplazas al ser humano del centro, lo que estás poniendo ahí es la máquina. Si me haces elegir entre el hombre y la máquina, elijo al hombre, en sentido universal, con todos sus errores y limitaciones, porque siempre veo una luz de esperanza al final del túnel. En cambio, la máquina tapa la entrada del túnel: hemos decidido que la tecnología lo puede hacer todo, cuando en realidad somos nosotros quienes lo podemos hacer todo, incluso autodestruirnos como especie. La libertad —la capacidad de decidir y elegir— es una de las cosas que nos constituyen como humanos; si renunciamos a esa capacidad crítica ante la máquina, volvemos a una contrailustración.
- Si tuvieras que condensar en una sola frase la advertencia principal de ‘Cancelar lo humano’, ¿cuál sería?
Que no demos por hecho que la tecnología nos salvará.