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Perro come perroAntonio R. Naranjo

El PSOE no se merece sobrevivir

España siempre necesitó una opción socialdemócrata, pero si ya no existe, nadie allí se atreve y todo es extrema izquierda, mejor que desaparezca

Está muy extendida la teoría de que el PSOE puede desaparecer después de Sánchez y que, al medio plazo, el paisaje electoral en España se limitará a un enfrentamiento entre el PP y VOX, con los adornos nacionalistas de la periferia. Algo que ya ha pasado en Francia y en Italia, y que no está tan lejos de pasar en Alemania o el Reino Unido, aunque con matices.

No parecía una gran idea para España, donde la huella de 1936 sigue vigente y la experiencia de 1978 enseñan una lección: es preciso un gran acuerdo entre los dos grandes bloques para construir un país viable, en el que las tensiones separatistas queden enterradas en un estable acuerdo nacional y lo sustantivo del Estado quede al margen de la disputa política. No se puede dejar al margen a esos millones de personas que con razón o sin ella pero con sus razones, necesitan una opción de izquierdas para cubrir sus necesidades.

Algo que se entiende perfectamente, incluso hoy en día, escuchando a Felipe, a Guerra, a Redondo, a Leguina, a Corcuera, a Susana Díaz, a Page, a Tomás Gómez, a Lobato, a Soraya Rodríguez y a otro puñado como ellos que son antes demócratas que socialistas y también primero españoles y luego del PSOE: la Transición, hoy asesinada por el sanchismo, fue posible porque todo el mundo entendió que la reconciliación estaba antes que la venganza y que, bien mirado, nadie podía sentirse del todo orgulloso del pasado.

Yo he estado siempre en la doble idea de que hay que acabar democráticamente con Sánchez antes de que Sánchez acabe con España y de que, a la vez, hay que dejar una rendija abierta para que resucite un PSOE distinto, que entienda las líneas rojas y contenga a los extremismos que, al igual que con el Frente Popular se cargaron la República entonces, se están cargando ahora la Constitución.

Pero quizá estaba equivocado. Las últimas tres semanas, por si hacía falta, han demostrado que el PSOE actual es una organización criminal, que utiliza al Gobierno para conspirar contra el Estado, que tiene a su tótem implicado en una Mafia de límites aún insondables, que persigue con métodos delincuenciales a jueces, fiscales, guardias civiles y periodistas o que ha utilizado la práctica totalidad del Consejo de Ministros para alimentar tramas repugnantes de todo tipo mientras desplumaba a la sociedad y le imponía un castrante catecismo seudoprogresista o que, al ataque bananero al Poder Judicial, le añadía un desprecio autocrático al Congreso y al Senado.

Y nadie ha levantado de verdad la voz. No hemos visto a las glorias del PSOE compareciendo conjuntamente para pedir la dimisión urgente de Sánchez. Ni para advertir del evidente peligro en que un caudillo sin escrúpulos ha metido a la democracia, amenazada como nunca. Ni para exigirle a cuatro diputados socialistas decentes que den un paso al frente y ayuden a acabar con este delirio predemocrático. Ni para denunciar que la responsabilidad, en momentos así, no está en la oposición ni en nadie, sino en los propios socialistas, que son quienes pueden y deben acabar con Sánchez para ayudar a su país.

Los ocasionales pellizcos de monja de Page no llegan. No son suficientes. Valen para que, cuando llegue el desierto, ellos sean los tuareg que lo hereden, pero no para evitar la desertificación del Estado de Derecho, sin librar de verdad la batalla que la historia les impone, en tiempo real, sin cálculos ni tácticas mediocres, sin estar en misa y repicando. Cuatro diputados pueden acabar con este martirio, y ni existen, n se les espera ni hay nadie entre los suyos que les mire a los ojos y les diga la verdad y les exija dar un pequeño paso para ellos, pero grande para su país. No se están ganando la supervivencia y, si no hay reacción, quizá lo oportuno sea su extinción.

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