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Perro come perroAntonio R. Naranjo

Plurinacionales y republicanos

A Sánchez no le queda más remedio que abrir definitivamente el melón de la abolición de la Constitución para sobrevivir

No hacía falta, pero por si acaso, Pedro Sánchez se lo ha repetido dos veces en quince días a los separatistas: como sabe que depende de ellos, les ha prometido avanzar en la «solución del conflicto territorial», impulsando el ínclito proyecto «plurinacional». Lo dijo en el Congreso y también en Barcelona, desde donde apeló a los «acuerdos de Bruselas», como si fueran la Conferencia de Yalta.

En realidad, era el obsceno negocio que hizo, en el extranjero, con un prófugo de la Justicia, para arrendarle una investidura que no ganó en las urnas a cambio de una amnistía y empezar a hablar, cuando menos, de un referéndum. Que todo eso lo pergeñara Santos Cerdán, jefe de la cloaca del PSOE para acabar con los jueces y la UCO; probable muñidor de pucherazos en las primarias y presunto corrupto de los de toda la vida, añade la pincelada final al cuadro mafioso de Sánchez: esto es lo que nos gobierna, un perdedor contumaz, un sutil golpista y un pendenciero que utiliza al Estado para cargarse a sus rivales.

La «plurinacionalidad» es el eufemismo de la rendición definitiva: como ya les ha dado amnistías, indultos y dinero; solo puede ofrecerles la independencia para garantizarse su apoyo futuro. Y como ellos saben también que no le queda más remedio que avanzar por esa senda, no le dejarán caer aunque le sorprendan robando a una anciana a punta de navaja: cuanto más débil esté y más patético sea Sánchez, más útil es para sus objetivos.

No hace falta aprobar la independencia, que con la Constitución en la mano es imposible por mucho Pumpido que ayude, para que el solo hecho de mentarla como promesa electoral le garantice a Sánchez la respiración asistida hasta las elecciones generales y le brinde un poco más de tiempo para intentar condicionarlas hinchando censos, manipulando en RTVE y soflamando el enfrentamiento civil y contra el resto de poderes del Estado, con la única intención desesperada de salvar a los suyos de las condenas que piden a voces sus abusos.

Y ése es el plan: presentar la humillación de España por razones de estricta supervivencia personal como una vanguardista propuesta para acabar con un problema que no existe o es minoritario, pero del que depende su trasero político y tal vez judicial. Si ese viaje no es suficiente, porque hasta quienes le mantienen saben que España es más que Sánchez y que Sánchez es un mentiroso compulsivo, al comodín «plurinacional» se le añadirá el republicano, imprescindible para agitar a la afición y dar verosimilitud a la apuesta secesionista, inviable con la Corona de por medio.

Y ya encontrará Sánchez, la nada sin escrúpulos perfumada con colonia barata, las razones y el momento para lanzar ese debate si con el primero no le llega y los plazos judiciales le atosigan. Todo puede parecer un poco alocado, pero si algo demuestra la experiencia es que con esta calamidad democrática hay que dar por descontado lo peor: de alguien que le debe el cargo a un terrorista como Otegi y le paga sacando a terroristas de la cárcel, nada puede sorprender.

Ni siquiera que alimente al independentismo en su lucha final, ponga en almoneda la Monarquía Parlamentaria e instigue un choque entre las dos Españas reconciliadas en la Transición y resucitadas por dos indeseables como Zapatero y él mismo. Cuando la otra opción es el oprobio, la fuga o el banquillo; pensar que Sánchez no hará lo imposible por evitar su merecido destino es de ingenuos o, directamente, idiotas.

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