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Perro come perroAntonio R. Naranjo

Un traidor al frente de España

La sentencia retrata toda la carrera de Sánchez, pero sobre todo le define como algo más peligroso que un mafioso o un corrupto

La sentencia del Tribunal Supremo es nominalmente para Ábalos, Koldo y Aldama, en su caso merecidamente reducida para que Leire Díez, Julio Martínez, Vicente Fernández o hasta Santos Cerdán entiendan los beneficios penales de colaborar con la Justicia. Pero políticamente, a quien retrata, como el caso de su señora, es a Pedro Sánchez.

Todos los encausados o condenados son los renglones torcidos del mismo Dios, desde los albores siniestros de su carrera: con ellos asaltó el PSOE, entre mentiras e indicios de amaño. Con ellos engrasó una moción de censura que, bajo la excusa de la ejemplaridad, convirtió en presidente a un perdedor a cambio de venderle el alma de España al diablo independentista.

Y, también con ellos, logró su última investidura, un acto de corrupción sin precedentes: intercambiar la Presidencia por una amnistía, más dinero y quizá un referéndum, y además hacerlo en el extranjero y con un prófugo, es peor que cualquiera de los casos ya sentenciados o en fase de instrucción que nos ponen los pelos de punta.

El corolario es que Sánchez es la corrupción personificada, la tradicional y la vanguardista, la que mezcla el negocio económico y el político, la que utiliza las reglas del juego para acabar con él y la que resume el mayor desafío democrático al que se enfrenta España desde 1978: el Supremo retrata la década ominosa que llevó a un miserable a las más altas cotas de poder, retorciendo el sistema, hipotecando los intereses de su país y consintiendo además que muchos se forraran. Pero también es una radiografía de las alianzas sanchistas y un presagio de sus perversos planes ya en marcha.

Mientras una parte de la prensa se dedicaba a investigar, el coro de palmeros financiados que básicamente defeca sus detritos en TVE impulsaba un manifiesto «contra el golpismo judicial y mediático». Y mientras la judicatura, con enorme diligencia y discreción, instruía los casos más impactantes par alcanzar conclusiones inapelables, la Moncloa conspiraba con el fiscal general del Estado para derribar a un rival político incómodo, uno de los episodios de una cloaca mucho más amplia que convierte al Gobierno, y particularmente a su presidente, en el máximo enemigo de la democracia del último medio siglo.

Pero que con esos antecedentes hoy siga siendo todavía presidente demuestra, sobre todo, la naturaleza de sus compañías mafiosas, el fin último de quienes le apoyan y la catadura moral de quien acepta ese negocio sin pestañear: si Sánchez ha sido y sigue siendo presidente es porque una caterva de partidos menores, con un porcentaje de votos ínfimo en el conjunto nacional, entiende que es la única manera de llegar a sus metas, todas suicidas para España. Y si Sánchez lo acepta, es porque no le importa hundir el sistema con tal de seguir él al frente y, además, esquivar las inevitables consecuencias políticas, sociales, institucionales y es de de desear legales que sus actos reclaman a voces.

Lo más llamativo es constatar, ya en sentencia firme, que una banda de delincuentes ostentaba por delegación presidencial el poder en el Gobierno, la Administración y en el partido a cambio de auparle a él. Pero lo verdaderamente importante es que, al frente de España, hay algo todavía peor que un mafioso: un traidor, con todas las letras, que acabará con la democracia si la democracia no acaba con él.

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