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Perro come perroAntonio R. Naranjo

Zapatero y Sánchez, ¿un negocio a medias vendiendo a España?

Que ZP sea un vulgar comisionista es muy grave: que Sánchez haya vinculado la posición de España a esos intereses sería traición

Que Zapatero pueda ser un vulgar comisionista y no esa especie de Gandhi que, con suma generosidad, han vendido sus corifeos, puede ser escandaloso, pero no lo peor de la historia. El expresidente solo engaña a los muy forofos, con la ayuda de un Sánchez hundido en la miseria que necesitaba inventarse santos laicos de saldo, convenientemente aupados por toda la propaganda oficial, para taparse sus propias vergüenzas.

Al resto, con algo de memoria, no nos engañaba. Zapatero fue el padre espiritual del populismo encarnado inicialmente por Pablo Iglesias y hoy por Pedro Sánchez; el político que enterró la Transición y convirtió la memoria en una nueva trinchera guerracivilista, el gestor que arruinó España y dejó un pufo que ahora crece y se perpetúa, el indeseable que resucitó políticamente a ETA cuando estaba derrotada poniendo un precio a una desaparición que nos salía gratis por el heroico sacrificio de sus víctimas y el tipo que enredó a la sociedad en debates estériles, maniqueos o frentistas que más tarde alumbraron el estúpido universo woke.

Que con ese historial haya sido el icono del sanchismo solo retrata al pobre Sánchez y define la catadura intelectual y moral de sus propagandistas remunerados, tan arrogantes como fatuos, tan soberbios como pueriles, tan chulos como llorones: para el español medio, Zapatero ya era un desastre y un caradura antes de que trascendiera su condición de comercial de dictadores y de embajador de sus necesidades.

Eso es grave, pero nada sorprendente. Y en todo caso ínfimo al lado de lo verdaderamente preocupante: la increíble coincidencia entre el alineamiento internacional de España, por decisión caprichosa, unilateral e inexplicada de Sánchez; y los intereses bastardos de su amigo y padrino espiritual.

Porque allá donde el uno ha hecho caja, el otro ha situado a España a su vera: en China, en Venezuela, con Marruecos y quizá hasta con Guinea; escenarios todos de las andanzas comerciales impúdicas de ese tipo que actuaba como Gandalf pero era Saruman.

¿Nos hemos enfrentado a Estados Unidos o a Israel, más allá de lo razonable en el ámbito diplomático, porque eso es lo que necesitaba China y lo que de un modo u otro le pagaba a la trama socialista? ¿Tiene algo que ver con la cesión del Sáhara a Marruecos, decidida en persona por Sánchez sin contar ni con el Rey ni con el Congreso, con los negocios que el zapaterismo y sus consultoras de cabecera han desarrollado en aquel país siniestro? ¿Hemos ayudado durante años a Maduro, hasta el punto de ceder la Embajada española en Caracas para extorsionar y desterrar al ganador de las elecciones allí, por los chanchullos petroleros y de todo tipo desplegado por este mercenario en compañía con su siamés político? ¿Y tiene algo que ver la mirada africana de Sánchez, muy activa cuando Begoña Gómez andaba por aquellos, con los intereses del zapaterismo en aquel continente y específicamente en Guinea?

Si llega a demostrarse que Zapatero tenía de embajador de los derechos humanos lo que Leire Díez de periodista de investigación y que todo su empalagoso discurso era un disfraz para el vulgar comisionista que es, solo cabe esperar que pague el precio oportuno, ya abonado en parte: nunca más volverá a ser el apóstol de la buena nueva y el desprecio será la respuesta de España a sus excesos.

Pero si además se profundiza en el asunto y se determina una simbiosis con Sánchez que ha hipotecado la posición geopolítica de España, de lo que tendremos que hablar es de traición: tanto viaje a China, tanta complicidad con el chavismo, tanta sumisión con el populismo indigenista y tanta agresividad con Washington no pueden ser casuales. Aquí huele a contubernio que tira para atrás y no podemos vivir con esa duda.

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