El origen de la Rosa Nostra
No se pregunten si Sánchez lo sabía sino desde cuándo opera la organización
Hasta para ser un delincuente se puede tener algo de clase o ser un hortera; Lucky Luciano o El Torete, y los de Sánchez han salido de la segunda categoría. Los distintos episodios de la trama afectan o atentan como ningún otro a la propia estabilidad del Estado, pues conectan entre sí sus instituciones e incluso parecen intercambiar negocios políticos y económicos, lo que eleva la gravedad de lo vivido nunca.
Porque los sospechosos de forrarse son también los responsables de mociones de censura y pactos de investidura, resumidos en Santos Cerdán presumiendo, con lo que tiene encima, de ser el «arquitecto» del Gobierno, no sin razón: su socio en la empresa de la que él es propietario al 50 %, según el acuerdo privado interceptado por la UCO, ha sido un personaje decisivo para engrasar los pactos entre el socialismo y los nacionalistas vascos.
No es descartable ya siquiera que Pedro Sánchez, perdedor contumaz, haya sido presidente ya ocho años gracias a esos negocios y tejemanejes corruptos, y que gracias a ellos y sus dividendos se hayan prestado luego escaños para lograr en los despachos lo que sistemáticamente le negaban las urnas.
Pero además del clamoroso fallo ético, está el estético, el tono quinqui de una corrupción garbancera, representada por las chicas de Ábalos, las joyas de Zapatero, las cátedras de Begoña, las chirimoyas de David, los ligues de Vicente «Sepi» Fernández o las grabaciones de audio de Leire Díez. Todo ello sin sofisticación alguna, con un abrumador despliegue de bajas pasiones, de fuerza bruta, de ambición barata y de codicia casposa.
Existe una apabullante similitud entre las maneras de la Cosa Nostra y las de Pedro Sánchez, por mucho que intente disimularlo bendiciendo a bebés en Canarias, quizá porque un neonato es el único que no puede abuchearle. Y es que los dos robaban, cada uno en lo suyo, por la misma codicia barata y con idéntico pecado de ostentación.
Nos paramos mucho en el coste morboso del ajuar de Zapatero, pero lo importante de verdad es que sus collares son la metáfora de los atracos de Sánchez, un tipo que nunca gana en las urnas pero siempre consigue el poder con intercambios de favores y dádivas más peligrosos que las mediaciones de Bambi con los peores regímenes del mundo.
Qué más da intercambiar un rescate por un maletín que una investidura por una amnistía: los dos son casos de corrupción, pero al primero lo llaman delito y al segundo acuerdo, siendo infinitamente más lesivo para la democracia.
A Sánchez le hicieron ganar, en su partido y luego en el Parlamento, los nombres que han ido apareciendo luego en cada caso delictivo, y todos ellos se han ido cobrando los servicios prestados con puestos de la máxima categoría y andanzas de la mínima, cobijados bajo las alas de su criatura política, con un reparto de beneficios entre todos ellos que en el caso del líder socialista fue la Presidencia.
Preguntarse si Sánchez lo sabía todo es ocioso: sin esos corruptos ya en origen, él nunca hubiera sido secretario general y candidato del PSOE ni, desde luego, hubiese llegado a La Moncloa con menos diputados propios que ningún presidente de Europa y pese a ser derrotado de paliza en todas las votaciones celebradas con la excepción de 2019.
El caso solo ofrece dos dudas ya. Si los dividendos de Sánchez han sido solo políticos o también dinerarios y si él eligió a los corruptos para alcanzar la cima a cualquier precio o si los corruptos le eligieron a él porque era el más fácil de manejar y el más laxo de todos los monigotes potenciales.