En el periodismo también hay una cloaca y una UCO
No olvidaremos el 'Manifiesto contra el golpismo mediático y judicial'
Cuando Pedro Sánchez desapareció cinco días, amagó con dimitir y remitió una carta lacrimosa a los ciudadanos y de amor a su esposa, sabía que Begoña Gómez estaba ya imputada y lo escondió. Completó la actuación con una reaparición insólita: se marchó a ver al Rey, un gesto solo reservado a quien acude para comunicar su decisión de dimitir, y después anunció su continuidad, entre alaridos de queja contra la «máquina del fango» y soflamas sobre el lawfare.
Es decir, primero mintió, después utilizó al Jefe del Estado y por último desafió a la democracia, transformando la imprescindible labor del resto de poderes en una delirante conspiración contra él, su señora, su Gobierno y su partido. Algo que sigue haciendo, tiempo después, con el cúmulo de bochornos que le llegan hasta las orejas y que huelga repetir: todo es una cloaca, por resumir, con distintos departamentos. Uno incluye a la directora general de la Guardia Civil citándose con la acusada de conspirar contra la UCO y otro tuvo al fiscal general del Estado maniobrando para acabar con Ayuso, en ambos casos un horror de acento siciliano.
Pues bien, en ese contexto, una parte del periodismo español decidió acompañar al presidente socialista con la elaboración y difusión de un manifiesto en el que, literalmente, se denunciaba al «golpismo judicial y mediático» que a su entender estaba detrás de los problemas del pobre Sánchez, víctima de una conjura concertada que había que frenar.
Los abajofirmantes, con Silvia Intxaurrondo, Maruja Torres o Antón Losada entre ellos, denunciaban que se estaba conculcando la democracia y llamaban incluso a la ciudadanía a defenderla, sin perder ni un segundo en justificar semejante profecía. Ni uno de ellos fue capaz, ni entonces ni ahora, de decir exactamente quién estaba conspirando, cómo y dónde lo hacía y con qué método concreto.
A un lado se apilaban miles de folios y pruebas de la UCO, de la UDEF, de la Audiencia Nacional, del Tribunal Supremo y de distintos juzgados de primera instancia, algunos tan irrebatibles como el vídeo de Leire Díez armando una patraña contra el coronel Balas, el viaje de Begoña Gómez a Rusia para encontrarse con Aldama, la charla entre Koldo y Cerdán amañado votos en las primarias socialistas o, por no extenderme, los ingresos millonarios de Zapatero de la misma empresa que cobró por encargarse del rescate de Plus Ultra, todo ello a la vez y sin que conste prestigio alguno del cobrador inicial, el tal Julio Martínez.
Nada de todo esto, y lo que queda, ha servido para que Sánchez diga otra cosa que su ya proverbial desafío al Estado de derecho, completado con un cacareo incesante sobre los inexistentes logros de su Gobierno (salvo en las cifras maquilladas, España está peor y es más pobre que nunca en 15 años) y su enérgica reacción a la corrupción, que solo ve él, principal beneficiario y responsable de todo.
Pero tampoco ha valido para que las grupis del manifiesto, con sus pompones del color del logotipo del PSOE, hayan hecho la más mínima autocrítica y, avergonzados por el antagonismo entre sus gritos y la contundencia de las pruebas, se rectifiquen y se pongan del lado deontológicamente innegociable.
Al revés, como Sánchez, han acelerado, en buena medida con una inyección de recursos públicos movilizados por el Gobierno al que defienden: hoy, como nunca en el pasado, TVE es una burda máquina de propaganda y señalamiento que llena su parrilla de programas idénticos, destinados todos a fabricar una coartada a las mentiras del presidente y reforzar, desde el pánico a ser puesto en su mirilla, el contraataque mafioso del Gobierno a los custodios de la democracia.
A Sánchez, por perversos que sean sus planes y con seguridad lo son, lo acabarán juzgando los ciudadanos en las urnas, después los jueces y por último la historia. Y en ningún caso habrá benevolencia: todo el daño que ha hecho, en todos los órdenes, le será devuelto en forma de castigo cruel, con el epitafio más demoledor que nunca nadie más tendrá en su tumba política.
Pero habrá que dejar algo para todas sus damas de compañía mediáticas, indecentes pero no baratas: ese manifiesto está grabado en la memoria y, para desgracia de todos ellos, nadie lo olvidará. Entonces fue una vendetta mafiosa; mañana será un pliego de cargos y una confesión de culpa. En el periodismo, también ha habido una cloaca a un lado y una UCO informativa a otro.