La embestida de Sheinbaum contra la libertad
Resulta absolutamente llamativo que aquella estudiante y líder universitaria que se desgañitaba en sendos discursos libertarios en los años 80, sea hoy una líder con aspiraciones de dictadora
Claudia Sheinbaum, presidenta de México durante un acto en el Zócalo
Es conocido públicamente que a la presidenta Claudia Sheinbaum no le han salido bien las cosas últimamente, sobre todo en relación con los medios de información, redes sociales y prensa internacional.
Las diversas referencias del presidente Donald Trump respecto del gobierno mexicano y su complicidad con los cárteles de la droga son parte de ello. Se sumaron las capturas voluntarias de diversos importantes capos del crimen organizado y otras que si bien no fueron voluntarias, terminaron en confesiones colaborativas con la justicia norteamericana a cambio e beneficios carcelarios o inclusiones en programas de testigos protegidos.
La obtención de importante datos por parte de esos criminales derivó en que la Fiscalía del Sur de Nueva York emitiera duras solicitudes de detención (con fines de extradición) de diversos funcionarios gubernamentales mexicanos, entre ellos, el gobernador del estado de Sinaloa, Rubén Rocha Moya. Desde entonces, la relación bilateral México-EE.UU. ha vivido una inesperada tensión derivada de la radical negativa de la presidenta Sheinbaum para cumplimentar esa petición del gobierno norteamericano.
En reiteradas ocasiones, diversas delegaciones del gobierno de Trump han visitado infructuosamente a Sheinbaum para dicho fin. La prensa norteamericana ha sido sumamente dura ante esta negativa del gobierno mexicano y desde allá se han producido severas acusaciones en términos de calificar al gobierno mexicano y a su partido como «narcopartido» y «narcogobierno», términos que se reprodujeron y multiplicaron como pólvora en las redes sociales, para enfado de Sheinbaum.
Para colmo, el Instituto Nacional Electoral (INE) ordenó ingenuamente a los partidos políticos de la oposición evitar el uso del término «narcopartido». Lo anterior provocó que las redes sociales se dieran a la tarea de reproducir dicho vocablo con toda clase de gráficos y memes, como forma de protesta por lo que se considera una burda acción de censura emanada desde Palacio Nacional.
Es claro que las soporíferas conferencias de prensa mañaneras de la presidenta Sheinbaum son cada día más complicadas para la mandataria, que se muestra muy enfadada con la prensa libre, con editorialistas y analistas serios, siendo que ella está acostumbrada a una perversa relación con periodistas serviles al gobierno, a cambio de importantes sumas económicas.
En su andadura tiránica, Sheinbaum ha destruido los mecanismos de transparencia gubernamental convirtiendo a su gobierno en un lamentable ejemplo de opacidad; ha transformado a la Suprema Corte de Justicia de la Nación en un circo pletórico de incompetentes jueces a modo del gobierno y ha impuesto un antidemocrático control sobre el Instituto Nacional Electoral (INE).
La última pirueta de la mandataria mexicana tiene que ver con su pretensión de controlar, censurar y castigar contenidos por medio de la denominada Ley de Audiencias, según la cual la Comisión Reguladora de Telecomunicaciones (que depende del gobierno Federal), estaría facultada para determinar las veracidad o falsedad de una información determinada y aplicar las sanciones correspondientes, sin aclarar quien determinaría esos valores.
Resulta absolutamente llamativo que aquella estudiante y líder universitaria que se desgañitaba en sendos discursos libertarios en los años 80, sea hoy una líder con aspiraciones de dictadora que pretende anular libertades básicas de una nación en un régimen democrático, como es la libertad de expresión.
Sheinbaum está atrapada en su retórica falaz y no sabe cómo salir de esta espiral de fracasos gubernamentales, de conflictos diplomáticos con EE.UU., ni de su conflictiva relación con la prensa ni con el público en las redes sociales.
Pretender restringir la libertad de expresión disfrazando su actuación como presunta defensa de las audiencias es una triquiñuela más en ese rosario de despropósitos de la señora Sheinbaum. Una cosa es clara: el debate político no puede ni debe ser arbitrado por la Presidencia de la República. La democracia se nutre cuando el debate público se puede ejercer con libertad. Permitir las pretensiones tiránicas de Sheinbaum sería una brutalidad a todas luces antidemocrática y un grave riesgo para México.