El cloroformo fue una revolución en los hospitales

El cloroformo fue una revolución en los hospitalesWikimedia

Historias de Barcelona

El médico del hospital militar de Barcelona que transformó la cirugía del siglo XIX gracias al cloroformo

Para un médico militar como Alzina el cloroformo representaba la viabilidad logística de la compasión técnica

El dolor en los quirófanos de mediados del siglo XIX era una serie insoportable de gritos, forcejeos y desesperación. Quienes ingresaban en las salas del Hospital Militar de Barcelona en 1847 sabían que la supervivencia era complicada. Que las cirugías se medían por la velocidad del cirujano. Que cuatro o cinco hombres corpulentos debían sujetar los miembros del paciente para evitar que el espasmo del tormento malograra el corte limpio de la sierra.

En ese entorno de crudeza descarnada, donde la medicina militar lidiaba con cuerpos destrozados por la pólvora y el acero, la introducción de los agentes anestésicos supuso un cambio de paradigma. Los médicos buscaban una herramienta técnica que redujera el colapso por shock traumático, estabilizara los signos vitales y permitiera una manipulación ósea y muscular sin el clamor de la agonía consciente.

La historia de la cirugía española suele evocar de forma casi mítica los nombres de los primeros introductores de los gases que desvanecían la consciencia. Durante décadas se atribuyó al médico militar catalán Juan d'Alzina la absoluta primicia en la aplicación del cloroformo en territorio nacional.

Sin embargo, los registros hospitalarios y la prensa médica demuestran que Alzina no fue el primero en conseguir que un paciente durmiera bajo los efectos del cloroformo en España, pero su intervención en el centro hospitalario del ejército en Barcelona consolidó el protocolo técnico de la anestesia militar en una de las plazas de mayor conflictividad del país.

Para entender el valor exacto de la amputación de pierna efectuada por Alzina, a un soldado herido, resulta indispensable desmantelar la idea de un descubrimiento aislado y repentino. El cloroformo se utilizó por primera vez en España a cientos de kilómetros de Barcelona. El 24 de enero de 1848 el cirujano José A. Prats, operando en el Hospital Militar de Zaragoza, administró con éxito el compuesto químico a un paciente, logrando una insensibilidad completa antes de proceder con el instrumental.

Cuatro días más tarde, el 28 de enero, el Hospital de la Caridad de Cartagena registraba de forma autónoma otro caso. El vapor dulzón y pesado del triclorometano irrumpía en la práctica médica española como una necesidad clínica urgente que se ensayaba al mismo tiempo en los centros de atención a heridos de la tropa y en las instituciones de beneficencia portuaria.

En el verano de 1847 Barcelona presenció el uso del éter sulfúrico, el predecesor inmediato del cloroformo, en una intervención. Una niña requería la amputación urgente de un brazo. El encargado de llevar a cabo el procedimiento no fue un académico local de renombre, sino Juan Barbier-Bergeron, un médico francés afincado en la urbe que seguía de cerca las publicaciones llegadas de París.

El éter, de olor irritante y que provocaba intensos periodos de excitación previa antes del colapso sensorial, funcionó. La pequeña no sintió la incisión inicial ni la fricción del metal contra el hueso. Aquel éxito abrió las puertas de las clínicas barcelonesas a la posibilidad de operar sin dolor, fijando el primer precedente documentado de eterización en la provincia.

Una carta diferente

Cuando Juan d'Alzina preparó las esponjas y los pañuelos impregnados de cloroformo en el Hospital Militar de Barcelona, jugaba una carta diferente. El éter era inestable, inflamable y exigía aparatos de inhalación complejos que no siempre resistían los traslados y las campañas bélicas. El cloroformo, en cambio, era más potente, actuaba con mayor rapidez y requería instrumental mínimo. Esto es, un simple lienzo limpio sobre el rostro del herido bastaba para que los vapores hicieran su trabajo.

Para un médico militar como Alzina el cloroformo representaba la viabilidad logística de la compasión técnica. La amputación de la pierna del soldado, llevada a cabo bajo el estricto control del médico militar catalán, demostró la eficacia de este compuesto en un entorno donde no había margen para el error ni para las contemplaciones estéticas.

Lo que hoy es el Parque Sanitario Pere Virgili en su momento fue el Hospital Militar de Barcelona

Lo que hoy es el Parque Sanitario Pere Virgili en su momento fue el Hospital Militar de BarcelonaWikimedia

Los cirujanos del siglo XIX sabían perfectamente que la línea que separaba el plano de la anestesia quirúrgica de la parálisis bulbar y la muerte por parada cardiorrespiratoria era muy delgada. El control dependía del ojo del médico, de la vigilancia del color de los labios, de la cadencia de la respiración y de la tensión del pulso radial.

El mérito de Juan d'Alzina no reside en la invención del método, sino en el rigor obsesivo de su ejecución en un hospital de guarnición, demostrando que la anestesia no era un lujo de los grandes hospitales civiles de las capitales europeas, sino una herramienta reproducible en la sanidad del ejército español.

Su trabajo no eliminó de un plumazo la mortalidad postoperatoria, que era elevada debido a las infecciones, la sepsis y la absoluta falta de asepsia. Los soldados ya no morían del dolor ni de un colapso nervioso, pero seguían falleciendo en las salas días después, devorados por bacterias invisibles para la medicina de 1848. La introducción del cloroformo por Alzina resolvió el problema del sufrimiento quirúrgico y de la inmovilidad del paciente, pero dejó intacto el resto de las carencias materiales que convertían los hospitales en antesalas de la fosa común.

Este recorrido por la implantación de la anestesia en España revela una red de cirujanos militares que operaban bajo las mismas presiones de intendencia y escasez. Ninguno de ellos disponía de la infraestructura de los hospitales europeos, pero todos rechazaban cronometrar el sufrimiento como única métrica de calidad médica.

El análisis histórico no puede construir un relato idílico de este proceso. Debe dejar constancia de que la victoria sobre el dolor físico se logró a través de una experimentación tosca, en la que el éxito de una amputación sin gritos convivía de cerca con el miedo constante a la sobredosis de cloroformo.

Juan d'Alzina cumplió con su papel en la modernización de la cirugía catalana, aplicando con pulso firme un compuesto que humanizaba el filo del bisturí, transformando el horror cotidiano de la mutilación militar en un acto de precisión médica fría, necesaria y silenciosa.

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