José Urbano se vio obligado a jubilarse tras perder su negocio
El empresario que se tuvo que jubilar tras la dana de Valencia: «Con la ayuda que me daban no valía la pena continuar»
«Hola. Soy Pepe Urbano y el 29 de octubre tenía una empresa de muebles que, por motivo de la dana, pues se fue todo al carajo». Así de dura es la nueva realidad para un hombre que hace 365 días «disfrutaba» de su trabajo y ahora reconoce que «no sé hacer cosas de jubilado». Su nave de Albal tuvo tantos daños aquel fatídico día de la dana que con el dinero que le daba el Consorcio de Compensación de Seguros «no valía la pena continuar». La entidad tiró por tierra todo un imperio mercantil.
La vida de Pepe era trabajar por y para su fábrica de muebles. «Éramos de los pocos fabricantes que ya iban quedando», cuenta. En su nave trabajaban doce personas y de allí salió ante la llamada de su mujer. «Me llamó mi mujer sobre las siete menos cuarto y me dijo que en Catarroja estaban diciendo que el barranco se iba a desbordar. Así que me fui directamente a casa para que no me pillara ningún corte de calles y pese a ello ya no pude llegar a casa y me tocó aparcar ante la Iglesia. Gracias a eso mi coche se salvó, porque es una zona que está más elevada que el resto de calles», recuerda.
Tras un primer intento de tamponar la entrada de agua «por la ventana con toallas y fregonas, nos resignamos y nos subimos a la planta de arriba toda la noche. Ya cuando bajó el agua pudimos salir y lo que había era un desastre total».
Lo primero fue intentar limpiar y recuperar algo de casa, pero había un problema latente. La nave. «Hasta tres o cuatro días después no pudimos llegar a la empresa, porque lo primero era limpiar las casas y también porque no había forma de llegar. Allí la marca del agua alcanzó el metro setenta y el desastre era total. No se salvó nada», comenta.
Tras el shock inicial tocaba intentar recuperar el motor económico de la familia. «Con la ayuda de mi hijo y con una máquina pudimos elevar la puerta de la nave y comenzó a salir agua y barro. La puerta del despacho la tuvimos que tirar con una maza porque se había hinchado y no había forma de abrirla. Era lamentable todo lo que había allí», señala el empresario. Su «imperio» estaba todo lleno de barro.
Toda la maquinaria que daba servicio a la empresa de Pepe se vio afectada por el agua y el barro. «No se salvó ninguna», concreta. «Tardamos tres meses en poder limpiar todo y llenamos 35 contenedores grandes, más aparte todo lo que conseguimos sacar directamente a la calle, que se lo llevó un día el Ejército cuando pudo pasarse por el polígono», comenta.
Ahí empezaba el nuevo drama, el de hacerse a la nueva realidad, al nuevo destino que entre el barro y el agua le había dejado escrito a Pepe Urbano. «Yo estaba en una situación de jubilación activa y hubiera continuado tranquilamente cuatro o cinco años», explica, pero faltaba hacer números y verse ante el Consorcio de Compensación de Seguros.
«Mira. Yo pensaba que tenía un imperio. Mi empresa era viable, teníamos mucho trabajo y económicamente estaba bien, pero a la hora de la verdad me han demostrado que no era tanto», comenta para avanzar el perijate de su nave.
La cantidad que me ofreció el Consorcio se ha quedado en un 35 % de lo estimado"
Con las primeras ayudas de la Generalitat y el Gobierno pude pagar la limpieza de la nave"
Pensaba que tenía un imperio y a la hora de cobrar resulta que no era así"Empresario jubilado tras la dana de Valencia
Desde el Consorcio consideraron que la maquinaria «de 20 años» que utilizaban en la empresa de Pepe no tenía valor, así que la valoración fue insuficiente para poder mantener en activo la mercantil. «La cantidad que me ofrecieron se ha quedado en un 35 % de lo estimado, por lo que era imposible pensar en nada a futuro», concreta.
Así que tocó hacer números. «Las ayudas que recibí de la Generalitat y del Gobierno sirvieron para poder limpiar toda la nave. Eso sí. También es verdad que yo a los proveedores les pude pagar con el dinero que tenía la empresa de antes», pero lo del Consorcio fue la puntilla para Pepe.
«Las ayudas han servido para cerrar», sentencia, porque entre la limpieza sufragada con las subvenciones de las administraciones, faltaba por concretar el dinero del Consorcio que acabó siendo la cantidad casi precisa para proceder al cierre de la empresa «sin deber nada a nadie. Con los trabajadores llegué al acuerdo sin tener que hacer suspensión de pagos ni nada raro».
La clave está en que la valoración del Consorcio desembocó en una precipitada jubilación de Pepe «porque no valía la pena continuar. Era imposible con el dinero que ofrecían comenzar de cero. Las máquinas estaban para chatarra y comprar todo nuevo no era una opción realista».
La diferencia entre el valor que generaba la empresa y el valor otorgado por el peritaje del Consorcio derivó en una nueva situación personal a la que Pepe aún anda acostumbrándose: «Me subo por las paredes. No sé hacer cosas de jubilados, pero mira. Hasta aquí hemos llegado en la empresa, porque no había otra opción. Tenía ganas de seguir pero es que todo esto ha sido una tragedia muy grande. Me quedo con que nadie de la familia y trabajadores ha tenido una desgracia y que todos mis empleados han conseguido rehacer su vida en nuevos trabajos».
La ayuda a Pepe ha sido una de las casi 250.000 tramitadas por el Consorcio de Compensación de Seguros, aunque en este caso no sirvió para auxiliar, sino para facilitar la sentencia al empleo de doce personas y el imperio de un hombre de 67 años que acabó en papel mojado. «Estamos vivos», reflexiona Pepe Urbano sobre su nueva vida.