La vecina que plantó la Señera más icónica de la DANA: «Tengo clavado el sonido del agua»
La vecina que plantó la Señera más icónica de la dana de Valencia: «Tengo clavado el sonido del agua y quitar barro durante días»
Un año después, hay miradas que aún parecen ancladas en aquel día, oídos que siguen escuchando el rugido del agua cuando convierte las calles en cauces y memorias que reviven cada palada para retirar barro. La herida de la dana del 29 de octubre sigue abierta en cada una de las personas que la vivieron de cerca. Pero entre el dolor y las lágrimas, que siguen brotando 365 días después, surge el orgullo que nació «conforme el nivel del agua bajó»: la Señera embarrada de Miriam que guió la limpieza de casas y calles.
Miriam Urbano es natural de Catarroja. Ella llegó a su casa, ubicada en la zona más antigua del municipio, «conforme pude desde la estación de Paiporta». La tarde de aquel 29 de octubre ya tenía mala pinta. Sólo faltaba que se desencadenaran los acontecimientos.
«Sobre las seis de la tarde mi marido estaba duchándose y yo escuchaba a los vecinos y el agua ya venía por una parte de la calle. A mi marido le dije que tenía mala pinta y cuando me volví a asomar el agua entraba también por la otra parte de la calle. En sólo cinco minutos se juntaron las dos lenguas de agua y esto era ya la catástrofe», recuerda la afectada.
La pesadilla sólo había hecho que empezar. «A las siete y diez vino mi padre a la puerta de casa y el agua ya le llegaba por la rodilla. Al tiempo y al ver cómo estaba todo, mi vecino pasó de su casa a la mía por el tejado y ya estuvimos pendientes toda la noche del agua, que tenía un ruido inmenso. Tengo clavado el sonido del agua y quitar barro durante días», explica Miriam Urbano, quien recalca que «cuando sonó la alarma del móvil aquí el agua ya estaba bastante subida».
El agua no empezaría a bajar hasta prácticamente las dos de la madrugada y de pronto la noche se convirtió en un goteo de minutos y segundos. «Yo creo que todos los vecinos estábamos esperando a que saliera el sol para ver la magnitud del desastre», explica. Pero la luz también trajo un halo de esperanza.
«Desde el primer momento estuvimos entre todos sacando cosas y ayudándonos a lo que hiciera falta. A media mañana se encontraron entre el barro una Señera que yo ponía siempre en mi balcón. Sin dudarlo la plantaron en la ventana que hay delante de mi casa y ahí la tuvimos mientras limpiábamos todos», rememora.
Imagen de la Señera valenciana de Miriam y la calle actual de Catarroja.
Así nació el símbolo de la Señera del barro, una enseña ante la cual se cantó casi diariamente el Himno Regional y cuya foto cruzó fronteras como alegoría al sentimiento herido de la tierra valenciana. «Estuvo delante de casa hasta que a los tres meses, aproximadamente, nos la robaron. Por favor, quiero que me la devuelvan», comenta Miriam Urbano.
La Señera fue el elemento de unión de la calle Músico José Manuel Izquierdo, tanto para sus residentes como para los voluntarios que llegaron de toda España. Ante la enseña valenciana no faltaron los detalles de emoción y sentimiento, pero tampoco la gastronomía. «Pues serían las 12 horas del 30 de octubre y claro, teníamos que comer. Uno sacó un ruedo de gas, otro una bombona, que si pollo, arroz y entre varios vecinos pues empezamos por cocinar una paella, otro día una fideuà, unas longanizas», comenta Miriam con una mirada cristalina que navega entre la emoción y el orgullo embarrado.
En ese sentimiento herido por la tragedia, los vecinos consiguieron crear un ambiente de unión, de fortaleza para los momentos de debilidad y de sobreponerse ante las adversidades que traía estar quitando barro sin descanso. «Entre todos nos ayudamos y más unidos que nunca», zanja Miriam.
Aunque la primera faena era retirar enseres y poder empezar a limpiar, el drama y la desolación se quedaba en casa de cada uno, porque en estas situaciones una cosa es el sentimiento de colectivo afectado y otra la herida que tenga cada individuo. «Recuerdo mucho miedo, mucha ansiedad. Yo estaba en casa con mi hijo, que tenía año y medio, y no podía ayudar todo lo que quería o se necesitaba. Y encima estar con un bebé encerrado en casa porque todo está lleno de barro», comenta.
Ante la Señera y con el vecindario unido la calle fue recuperando su paleta de colores, pero sin prisa. En Navidad el barro aún estaba en sus calles y hasta verano reconoce Miriam que «no hemos visto así un poco la luz». Ahora los vecinos trabajan de puertas para adentro para que cada casa recupere su propia normalidad. El sonido de las obras es el único que rompe la tranquilidad de una zona modesta.
Al final hasta el hijo de Miriam pudo jugar a quitar barro de la puerta de casa, emergiendo también como ejemplo de que la vida sigue y hay que adaptarse. Al pequeño le tocó cambiarse de escuela infantil y con ello toda la familia a un municipio próximo, del que aún no han regresado a una casa que aguarda con las heridas de la riada. La Señera del barro desapareció, pero el orgullo y el ejemplo de la enseña se quedó para siempre en una calle tranquila que fue engullida por dos lenguas de agua.