Europa lanza con éxito el satélite Sentinel-1D, equipado con tecnología radar
La competencia estratégica reflejada también en el espacio
La dependencia creciente de las capacidades satelitales y la necesidad de asegurar la continuidad de servicios y productos procedentes del mismo requieren garantizar un acceso continuado a este nuevo dominio operativo
Los humanos siempre han mirado a las alturas soñando con el espacio. En la segunda mitad del siglo XX se desarrollaron cohetes lo suficientemente potentes como para superar la fuerza de la gravedad y alcanzar velocidades orbitales, allanando el camino para que la exploración espacial se convirtiera en una realidad. Tras el comienzo de la carrera por la conquista del espacio en los años 50, en la que la URSS se adelantaba a EE.UU. con el primer satélite en el espacio y el primer ser vivo orbitando la Tierra –la famosa Laika–, los soviéticos también lideraban lanzando al primer hombre al espacio, Yuri Gagarin, en 1961. Después del establecimiento del objetivo [nacional] de llevar a un hombre a la Luna y traerlo de regreso a la Tierra sano y salvo en diez años, por parte del presidente Kennedy, su consecución en 1969 aportaba una crucial victoria estadounidense.
A principios de los 70, la carrera espacial entraba en una etapa que vio el lanzamiento de muy diversas misiones de exploración e investigación, a la vez que el empleo de satélites de comunicaciones y de navegación en órbita empezaba a ser algo cotidiano. Al final de la Guerra Fría, el deshielo político permitía, por primera vez, la cooperación en el espacio entre EE.UU. y la URSS/Rusia, cooperación que fue ampliada, posteriormente, a otras agencias (la Agencia Espacial Europea, entre ellas). Este pulso estratégico del siglo XX entre ambas potencias ha dado paso a otra competición de carácter estratégico entre las Grandes Potencias. Hoy, el mundo se encuentra inmerso en una voraz competencia estratégica entre aquellos Estados que se sienten grandes potencias con la capacidad de ejercer influencia en los acontecimientos a nivel global. Aunque esta situación no es nueva, sí presenta un carácter más agresivo y se refleja en dominios que antes no estaban al alcance de todos, y el espacio ultraterrestre no podía ser menos.
Las tecnologías satelitales llevan décadas cubriendo nuestras necesidades, pero en los últimos años hemos vivido un incremento significativo en la utilización –civil y militar– de capacidades vinculadas al espacio ultraterrestre, empleo que continúa penetrando en los sectores más diversos. La tecnología espacial y los productos y servicios que obtenemos del espacio se han convertido en algo esencial para la prosperidad, supervivencia y desarrollo de las sociedades modernas; por ello, los sistemas satelitales forman parte de las infraestructuras críticas y son objetivos valiosos en caso de conflicto. Esta dependencia significativa –que casi con total probabilidad irá progresivamente en aumento– obliga a asegurar activos y servicios con el fin de garantizar un acceso continuado al espacio.
Así mismo, aunque el uso y disfrute de este entorno es un bien común sin fronteras, la necesaria libertad de utilización de las capacidades satelitales ha venido despertando un creciente interés en aquellos Estados que quieren asegurar el uso de sus capacidades, a la vez que controlar el aumento de utilización del espacio, por parte de otros (Estados o agentes), y así hacer frente a posibles amenazas. Este interés se encuentra directamente relacionado con la capacidad estratégica que aportan los sistemas satelitales y su crecimiento constituye el origen de la competencia estratégica que se vive en el dominio espacial en los últimos años. Además, las capacidades satelitales se han convertido en elementos indispensables para el planeamiento y conducción de operaciones militares, y no solo como apoyo a las mismas, sino ya como un nuevo dominio operativo. En este contexto, la dependencia creciente de las capacidades satelitales y la necesidad de asegurar la continuidad de servicios y productos procedentes del mismo requieren garantizar un acceso continuado a este nuevo dominio operativo; no hacerlo impactaría gravemente en nuestras actividades cotidianas y la ejecución de operaciones militares se vería seriamente afectada.
Y, como no, dada su dependencia de la alta tecnología, el empleo de capacidades satelitales tampoco escapa de la evolución tecnológica. La era espacial inicial –marcada por el predominio de un reducido número de agencias espaciales gubernamentales y de la disuasión de las capacidades espaciales militares, en base a aspectos estratégico nucleares– ha dado paso a una nueva era espacial definida por el inicio y madurez de nuevos poderes espaciales –empresas privadas–, la mejora de la integración civil–militar de la tecnología espacial y por una integración total de la infraestructura espacial pública y privada en las operaciones militares. Esta nueva era espacial, caracterizada por el incremento del rol de las empresas privadas y el surgimiento de start-ups en el denominado New Space, refleja igualmente la creciente competencia estratégica, a nivel geopolítico, entre los grandes actores.
Todos estos cambios hacen que el conjunto de capacidades espaciales se haya convertido en una herramienta estratégica indispensable de los Estados desarrollados del siglo XXI, ya que su posesión permite disfrutar de una autonomía estratégica para la toma de decisiones en defensa de la propia soberanía. A su vez, han provocado varias iniciativas de gran calado: la declaración del espacio ultraterrestre como dominio operativo (un dominio más donde producir los efectos necesarios), la adaptación de documentos estratégicos a esta realidad y la implementación de cambios consecuentes, a nivel doctrinal y organizativo.
En el caso concreto de España, como en otros países de nuestro entorno, la asunción de nuevas responsabilidades y funciones del Ejército del Aire y del Espacio ha obligado a la creación de nuevas Unidades y organismos, así como al cambio a su denominación actual. El carácter estratégico de este nuevo dominio operativo y la necesidad de un acceso continuo y libertad de acción en el mismo obligan al Ministerio de Defensa y a las FAS, con un rol relevante del Ejército del Aire y del Espacio, a prestar gran atención a las capacidades satelitales, en cooperación y coordinación con nuestros socios y aliados, sin olvidar la relevancia del desarrollo de la normativa y regulación que sean necesarias.
Un Harrier AV-8B+ realiza relleno de combustible en vuelo con un A-330 del Ejército del Aire y del Espacio
Competencia estratégica en el dominio espacial
Lejos de ser un entorno pacífico, el auge económico y militar de China –en su estrategia de competencia estratégica con EE.UU.–, la modernización de algunas capacidades rusas –unida a una política claramente más asertiva– y la entrada en escena de otros actores, como la India, Irán o Corea del Norte, han transformado progresivamente no sólo la correlación de fuerzas, sino también la percepción de seguridad que hoy se detecta en las actividades espaciales.
El mayor acceso a la tecnología y el abaratamiento de los sistemas satelitales han convertido el espacio ultraterrestre en un entorno más congestionado y disputado que hace algo más de una década, prueba de ello es el incremento de lanzamientos anuales de satélites y de capacidades de control del espacio, por parte de los actores principales. Y es que, a pesar de que el espacio exterior constituye un espacio común global en el que el acceso debería ser libre y continuo para todos, la realidad demuestra que las Grandes Potencias se afanan, cada vez más, en obtener capacidades que permitan implementar un control efectivo del espacio para garantizar su acceso continuado y proteger sus actividades espaciales, al tiempo de poder negar a otros el empleo de sistemas satelitales o degradar la información que se obtiene de ellos, cuando están en juego los intereses nacionales o la libertad de actuación propia en el espacio.
Esta competencia estratégica que se vive en el dominio espacial por el control en las actividades espaciales se ve reflejada en el incremento de eventos nada pacíficos, desde el punto de vista de la seguridad, realizados por algunos actores principales en los últimos años. Y es que la actividad espacial –además de riesgos asociados a fenómenos naturales o acciones no provocadas– se encuentra amenazada por la ejecución de todo tipo de acciones intencionadas en el espacio llevadas a cabo por actores para ejercer un control ofensivo del espacio.
Todo ello nos lleva a concluir que nos encontramos ante un nuevo dominio en el que para garantizar un acceso continuado y libertad de movimientos resulta necesario no sólo proteger satélites, actividades en el espacio y servicios recibidos del mismo, sino también poder implementar cierto control del entorno –un control total se encuentra fuera del alcance de cualquier actor– y llevar a cabo efectos diversos (al igual que en otros dominios); cierto es que ello estará supeditado a las capacidades espaciales, así como a las limitaciones tecnológicas y otros factores contextuales de carácter social.
Actividades para el control del espacio y capacidades de las Grandes Potencias
Cuando hablamos de proteger las actividades espaciales propias y de negar o degradar el empleo de sistemas satelitales estas actividades precisan de la capacidad, aunque sea limitada, de ejercer el control del espacio, compleja tarea ésta que implica, a su vez, la realización de tres actividades: la vigilancia del espacio ultraterrestre; la protección de activos y actividades espaciales propias; y la negación o respuesta, cuando necesario, ante actividades maliciosas realizadas por un adversario o potencial adversario. Centrándonos, desde un punto de vista de la seguridad, en las actividades espaciales más amenazantes realizadas para el control del espacio ultraterrestre, las capacidades de control ofensivo del espacio –utilizadas para negar o degradar el empleo de sistemas satelitales, afectando cualquiera de los tres segmentos de las capacidades espaciales (terreno, satelital o enlace)– suelen clasificarse, por lo general, en cinco grandes grupos, incluidos, a su vez, en dos grandes apartados: capacidades/actividades físicas y no-físicas.
Mientras las capacidades no físicas se encuentran basadas en la guerra electrónica (generando perturbación o señales de engaño) y en el ciberespacio (dirigidas, fundamentalmente, a datos o terminales de usuario), las capacidades físicas lo hacen en la energía dirigida (acciones físicas no cinéticas, mediante láseres y microondas de alta/baja potencia, afectando a sensores o componentes electrónicos) y, en un mayor nivel de agresividad, en las capacidades antisatélite (acciones físicas cinéticas o destructivas, mediante ataque directo a un satélite desde superficie o a una estación terrestre).
El quinto grupo de actividades, en este caso, también de carácter físico cinético, son las realizadas por las capacidades coorbitales, satélites que llevan a cabo actividades u operaciones de encuentro y proximidad RPO (del inglés, Rendez-vous and Proximity Operations) en una órbita o región orbital en la que existen otros cuerpos celestes o satélites. Aunque estas actividades RPO coorbitales están, generalmente, vinculadas con actividades menos agresivas (como vigilancia, inspección o tareas de mantenimiento de otros satélites propios, o maniobras de espionaje o inteligencia de otros actores), pueden estar también enfocadas en capacidades de carácter ofensivo, mediante armas antisatélite a bordo de satélites; éstas se encuentran hoy, no obstante, a nivel proyecto e investigación y no en estado operativo.
Aunque en las operaciones militares solo se están utilizando activamente las capacidades basadas en el espectro electromagnético o en el ciberespacio, estas capacidades de control ofensivo del espacio ya no constituyen ciencia ficción y, muy probablemente, formarán parte del inventario de aliados muy cercanos, a muy corto plazo. En este contexto, en lo que a las Grandes Potencias no alineadas con Occidente se refiere, en las últimas dos décadas, ha habido un evidente refuerzo de capacidades espaciales (en especial, de control ofensivo del espacio) y, en última instancia, también, de capacidades de lanzamiento y exploración espacial, en particular, con China. Concretamente, sobre China y la Federación de Rusia, pueden resaltarse varios aspectos:
–Primero: disponen de capacidades suficientes en el espectro electromagnético para degradar o interferir el buen funcionamiento de capacidades espaciales (no necesariamente de los propios activos).
–Segundo: aunque no se hayan publicitado demasiado, han mejorado en el desarrollo de sistemas de energía dirigida, fundamentalmente, láseres.
–Tercero: independientemente de su estado de operatividad, se considera que podrían emplear armas antisatélite si estuvieran en juego intereses de carácter nacional o estratégico; y
–Cuarto: poseen suficientes capacidades de maniobra coorbital que podrían atender a necesidades no-pacíficas –producción de efectos diversos en satélites extranjeros o actividades de espionaje–, sin que pueda descartarse la investigación y desarrollo de algún tipo de arma a bordo de plataforma satelital.
Por su parte, la India, cuarta nación que ha demostrado la capacidad antisatélite, mientras continúa invirtiendo en capacidades espaciales gubernamentales y de industria privada, es posible que se esté moviendo hacia una postura ofensiva en lo relativo al control del espacio. Este movimiento, muy probablemente, persigue una posición disuasoria como potencia regional, parece que apuntando al impulso de su tecnología y su sector industrial para aumentar su cuota en la economía espacial mundial y su prestigio internacional.
En conclusión, el contexto descrito evidencia que, además de una dependencia creciente de las capacidades satelitales, afrontamos un nuevo dominio en el que resulta necesaria una mayor atención e incremento de las capacidades dirigidas al control del espacio que permitan proteger los activos, actividades y productos espaciales propios de las actuaciones agresivas de otros actores en el espacio e implementar cierto control del entorno espacial y llevar a cabo efectos diversos en potenciales adversarios, todo ello con objeto de garantizar un acceso continuado y libertad de actuación.
José M. Martínez Cortés es analista instituto para el Bien Común Global de la Universidad Francisco de Vitoria.