El tiempo amarillo
A los ginkgos de Riazor me los imagino, durante las largas tardes de partido, charlando de copa a copa sobre los errores del árbitro y el ascenso del Dépor
De niños, cuando éramos analógicos y sangrábamos sin rechistar, el profesor de Naturales nos mandó hacer un herbolario, que entonces no era una de esas tiendas donde te venden tés estrafalarios, sino una libreta en la que recolectabas hojas secas y debajo caligrafiabas con sumo cuidado el nombre científico de la planta. Fue entonces cuando, en busca del botín para pegar en nuestro álbum de papel Guarro, descubrimos que en los jardines de Méndez Núñez había un árbol llamado Ginkgo biloba.
Aquello ya sonaba a especie exótica, pero nuestro tesoro multiplicó su valor ante el resto de la clase cuando el maestro explicó con solemnidad que la especie era un fósil viviente con trescientos millones de años de vida sobre el planeta. Trescientos millones de años nos pareció una edad incluso mayor que la de los abuelos, que en quinto de EGB era algo así como la antigüedad del universo.
En aquel momento le cogí cariño al árbol, mucho antes de que se pusiese de moda para venderlo en grageas e infusiones como bálsamo de Fierabrás. Años después, lo encontré de nuevo, junto al estanque del campus de Santiago. Mi querido profesor Antón Rodicio, que además de enseñar las filigranas del Álgebra es un poeta con la cámara al hombro, los retrata en todo su esplendor en sus fotos de las luces y silencios de la Compostela mística.
Desde entonces, casi de forma instintiva, cada vez que agoniza el otoño en Coruña, me pongo a buscar las hojas doradas de los ginkgos. Este año, como la estación aterrizó con retraso por un verano excesivo, que se estiró hasta octubre, han tardado en regalarnos su efímero espectáculo.
Hace tiempo que no veo aquel árbol de mi infancia en Méndez Núñez. Supongo que murió de viejito —vencido, pero feliz— como los abuelos de quinto de primaria. No sé si hay más ejemplares por otros barrios, pero mis ginkgos de cabecera están ahora en el jardín de Cuatro Caminos y en la avenida de La Habana, frente a las puertas de Preferencia (aunque para mí esa acera siempre será la de Grada Elevada y, sobre todo, la pista donde aprendí a andar en bicicleta lanzándome cuesta abajo hacia el mar).
Los ginkgos del estadio aún son unos novatos. El que está plantado frente a las escaleras de la Torre de Maratón ya tiene cuerpo y solera, pero sus compañeros de grada son más bien enclenques. Todavía aspiran a convertirse en esos árboles frondosos de jardín japonés que asoman en las mansiones de las revistas del famoseo. A estos ejemplares de Riazor me los imagino, durante las largas tardes de partido, charlando de copa a copa sobre los errores de los árbitros y las opciones del Dépor para ascender a Primera sin pasar por la tortura de la promoción. Son como la versión futbolera de la tertulia arbórea del bosque animado de Wenceslao.
Los de Cuatro Caminos tienen otro porte. Esta semana han explotado con su festín de amarillos orientales y, al cruzar en el semáforo hacia el antiguo Remanso, uno no puede evitar quedarse pasmado ante semejante cuadro. Es un lienzo entre el Van Gogh del trigo y las estrellas, el Monet de la pincelada larga —nunca recuerdo si el de los nenúfares era Monet o Manet; a quién se le ocurre llamarse casi igual al mismo tiempo y dedicándose a lo mismo—, el Turner de los cielos apocalípticos y aquel Velázquez último de los jardines de Roma, que ya pintaba como olvidándose de acabar los óleos y anticipándose a todos los impresionistas y su museo de Orsay.
Este tiempo amarillo en el que estallan de pronto los ginkgos y el invierno se desploma sobre nuestras cabezas es, en cierta medida, el envés de ese otro instante en que la explosión de las mimosas proclama la consagración de la primavera. Sobrecoge por su belleza caduca y fulminante. No cura las heridas, pero sí la mirada. Como si te lavases los ojos en la luz de las últimas cosas.