Copa de vino de Burdeos

La forma tradicional de tomar el vino en Galicia

La manera más genuina de beber el vino en Galicia: una tradición que casi nadie conoce en el resto de España

Es una forma de beber que viene de cuando el vino se consumía en tabernas y casas particulares

En Galicia hay costumbres que parecen resistirse al paso del tiempo. Mientras el mundo participa en una carrera de avances tecnológicas, ciertas tradiciones siguen intactas porque forman parte del ADN cultural de la comunidad. El pulpo, por ejemplo, nunca se disfruta igual en un plato moderno que en uno de madera; el pan sabe distinto cuando se parte con las manos; y el marisco se percibe con otra intensidad acompañado de un buen vino blanco gallego.

Y es que en Galicia, lo tradicional no es una moda; es una forma de entender la vida. Y si hay un símbolo de esa tradición que aún se mantiene, aunque a veces de forma discreta, es la manera en que se sigue tomando el vino.

Algo más que una copa de vino

En Galicia, el vino no se sirve en copa, sino en la cunca. Es una costumbre antigua, que llega desde épocas en las que el vino se bebía en tabernas y en casa con la misma naturalidad con la que hoy se toma un café. Una tradición sencilla, pero cargada de historia, que sigue viva en muchos rincones de la comunidad gallega.

Hace no tanto, era raro entrar en una tasca y no encontrar un barril de vino con una fila de cuncas esperando a ser llenadas. El vino se servía en pequeñas jarras de cerámica, y la cunca era el vaso de uso cotidiano. Blancas y sencillas, de barro o cerámica, con un tamaño que rondaba los 125 mililitros y apenas ocho centímetros de altura.

La forma tradicional de tomar el vino en Galicia

La forma tradicional de tomar el vino en GaliciaWikipedia

Y es que en Galicia el vino no se bebe, se come, como reza un refrán popular: «Eu non bebo o viño, que o como en cuncas, gotiño a gotiño» («Yo no bebo el vino, que lo como en cuncas, gota a gota», en castellano). Y es que para los gallegos, el vino sabe distinto en cunca debido a la forma del recipiente y al material.

Se dice que el vino de antaño contenía éteres volátiles que podían provocar dolor de cabeza, y la boca ancha de la cunca permitía que esos compuestos se evaporaran con más facilidad, haciendo la bebida más suave. Además, el barro o la cerámica aportaban una sensación distinta al paladar, como si el recipiente formara parte del propio sabor.

La relación entre la cunca y el vino

Cuando el vino se servía directamente del barril, la cunca se convirtió en una solución tan práctica como cotidiana. La jarra (xarro o xerro, en gallego) era el recipiente que trasladaba el vino desde el barril hasta la mesa, y la cunca era el vaso en el que se consumía.

Era un pequeño ritual: el trasvase, el olor del vino, el sonido de la cerámica al apoyarse sobre la madera. Y no era casualidad que ambos objetos compartieran origen: el mismo alfarero que moldeaba las jarras también fabricaba las cuncas.

También existían variantes decorativas y funcionales, como el cunquelo o la escudilla, que aportaban un toque estético al uso cotidiano. Pero, en esencia, la cunca siempre mantuvo su función principal que era la de servir el vino de forma sencilla, sin artificios.

A finales del siglo XX, la cunca sufrió un fuerte desprestigio. Muchos gallegos, influenciados por costumbres foráneas, empezaron a asociar el buen vino con la copa de cristal y a ver la cunca como algo rústico. Sin embargo, en los últimos años ha vivido un resurgir.

Hoy es fácil encontrarla en bares, en ferias de artesanía o incluso en restaurantes de alta cocina que la utilizan como guiño a lo auténtico. Porque la cunca no es solo una taza, es un símbolo cultural y beber vino en ella es una forma de mantener viva la esencia gallega, gotiño a gotiño.

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