'Carreros' junto a la torre de la Malmuerta

'Carreros' junto a la torre de la MalmuertaArchivo Municipal de Córdoba

El portalón de San Lorenzo

Los olvidados 'carreros'

La prevención de riesgos laborales era para ellos un concepto desconocido y no cobraban complementos por «tóxicos, penosos y peligrosos»

Durante la Edad Media, la basura, junto a las heces y otros restos orgánicos, era depositada en fosos o, lo que era más habitual, arrojada directamente a la calle o donde pillase. Su descomposición causaba fuertes olores y, lo que es peor, provocaba la proliferación a su alrededor de roedores e insectos, caldo de cultivo ideal para la transmisión de enfermedades como la trágica peste negra, portada por roedores y que provocó la muerte de una gran parte de los habitantes de Europa durante el siglo XIV, la mayor catástrofe demográfica sufrida por el viejo continente.

Esta situación crítica obligó a tomar algunas medidas sanitarias, sobre todo en las ciudades más populosas. Se idearon algunos sistemas para el almacenamiento y destrucción de los restos orgánicos, así como planes masivos de desrratización. Pero muchas de estas iniciativas quedaron en agua de borrajas y los progresos fueron muy escuetos, en todo caso, muy dependientes del nivel de riqueza y de organización de cada zona.

Este era el contexto que se encontró la Revolución Industrial, cuando a los residuos habituales se unieron los propios de las fábricas y un mayor volumen de los mismos por el aumento del consumo y la producción en masa. Esto, unido al hacinamiento de la población junto a las industrias, generó terribles problemas sanitarios acompañados de una reducción, incluso, del nivel de vida, tal como se refleja en las novelas de Dickens.

No es de extrañar que, finalmente, grandes ciudades como Londres y las del norte industrial de Inglaterra tuvieran que realizar ya en las primeras décadas del XIX grandes obras e infraestructuras de alcantarillado y saneamiento, además de desarrollar sistemas de recogida de basura a mayor escala. Empezaba así la época moderna en el tratamiento de los residuos y la basura que, poco a poco, se expandió también por todo en el continente.

La recogida de basura en la Córdoba de mediados del siglo XX

De la recogida de basura en esa Córdoba entre los años 40 y 60 del siglo XX se encargaban los populares 'carreros'. Al contrario que otros gremios tradicionales con más suerte, como zapateros, plateros, bataneros o piconeros, que cuentan incluso con calles dedicadas, parece que los 'carreros' nunca han merecido ni la pluma épica ni la atención de nadie.

Sin entrar a discutir los méritos de estos otros gremios, en el fondo gente esforzada y trabajadora (no entremos en lo de esos personajes con una calle dedicada que no pegaron «un palo al agua» en su vida, salvo arrimarse al poder) quizás deberíamos acordarnos más de estos 'carreros' que, con los líquidos de nuestros residuos muchas veces cayéndoles por el rostro, nos retiraban todos los días la 'porquería' de las casas, sin rechistar, y trabajando por el nivel salarial más bajo de aquellos tiempos.

En el Realejo, junto a la puerta de “Casa Lucas”. Se observa un carrero con la espuerta en la cabeza

En el Realejo, junto a la puerta de Casa Lucas. Se observa un carrero con la espuerta en la cabeza

Todos los días de la semana solían entrar a media mañana al corral o patio de las viviendas. Solos, sin la ayuda de otro compañero, volcaban el pesado cajón común de la basura de las casas de vecinos en su espuerta de esparto. Luego, con una especie de hábil cabriola, la colocaban sobre su cabeza. En aquella espuerta podía ir de todo, desde un gato a un perro muerto, tajadas de melón y sandía en verano o cualquier comida echada a perder. Todo lo cargaban hasta que lo volcaban en su pequeño carruaje que les daba nombre, tirado por un humilde y callado mulo, y que aparcaban en la puerta de la casa.

Trabajaban sin guantes, sin ropa de uniforme ni calzados adecuados. La prevención de riesgos laborales era para ellos un concepto desconocido y, lógicamente, no cobraban complementos por «tóxicos, penosos y peligrosos». Tampoco disponían de días de permiso.

Tipología del 'carrero'

Por lo general, los 'carreros' eran personas muy delgadas y taciturnas, que tendían a no juntarse demasiado con el resto de la sociedad. Por eso frecuentaban los bares y tabernas más oscuros y recónditos, ya que evitaban incomodidades «por si olían»: Casa Soto; Ordóñez, de la calle Tinte; Casa Marcelino o El Pelotazo eran algunos de estos reductos. De Casa Soto, la clásica tasca de suburbios donde entraban personas un tanto marginadas o rebotadas de otros sitios, diremos que estaba situada en el Arroyo de San Lorenzo esquina a Abéjar, enfrente de la Escuela Obrera de don Eloy Vaquero 'Zapatones', primer alcalde republicano. Era una especie de sótano muy mal aireado con el escaso alumbrado proporcionado por sólo dos bombillas permanentemente encendidas, pues el local no contaba con ventanas. A modo de decoración tenía un trabuco en donde lo único que faltaba eran los piratas. El mostrador estaba siempre lleno de aquellos medios de vaso de culo gordo.

Por su carácter reservado y huidizo, pocas veces se vio en estos sórdidos locales a los profesionales de la basura implicarse ni ensalzarse en las habituales disputas. La gran mayoría de sus quejas se las quedaban para ellos mismos, y solamente las barruntaban con el pie apoyado al estribo del mostrador de la taberna o de la piquera que eligieran para tomarse su vino. Quien pudiera observarlos allí, en la penumbra de su esquina, podrían distinguir unos ojos en los que abundaban las conjuntivitis, los orzuelos, las rijas o las legañas perennes, como consecuencia de su contacto diario con ambientes sucios y malolientes.

Gran parte de ellos estaban emparentados entre sí y se respetaba a rajatabla la jerarquía familiar. Con familias numerosas, como era habitual entonces, vivían en unas casas tan humildes que para muchos fue una solución poderse mudar a una «portátil» de Las Moreras o Las Palmeras. Criaban a su larga prole en unas viviendas equipadas con muebles (cómodas, espejos, cuadros...) que iban sacando de aquí y de allá aprovechando su trabajo.

Así, recuerdo que un día fui con mi madre a la calle Cárcamo para que «fajara» a un niño en cuarentena que estaba herniado del ombligo. El niño era de una familia con tres generaciones a sus espaldas de 'carreros', que vivía en una casa de esa calle llamada de la Gonzala, cerca de la peña Los Marcelinos. (La citada peña Los Marcelinos estaba constituida en la taberna Casa Marcelino situada casi enfrente de la calleja El Greñón y fue una taberna pequeña que abrió un matrimonio que había hecho su experiencia de trabajo en Brasil y por eso a la mujer que era de muy buen tipo, la llamaban La Brasileña. Todo esto no lo contaba Fernando, el mayor de los hermanos Castro, que fueron dueños de la desaparecida marca Huevos Castro. Por cierto, este matrimonio trasladó su pequeña taberna un poco más allá del cruce de las Margaritas en la misma acera de Caramelos Capuchinos. Pero La Brasileña no tuvo suerte, pues en un atraco que sufrió el matrimonio resultó ella asesinada).

La vivienda del 'carrero'

Una vez que entramos pudimos observar tras una cortina muy limpia y de colores variopintos un conjunto de sillas aún más variopintas, cada una de un tipo y una época distinta. El mueble lavabo hacía juego con una palangana blanca abollada y con un espejo picado que colgaba un tanto desnivelado. El jarrón para el agua era de otro color y serie.

También colgaban de las paredes tres tapices, o al menos eso parecían, de aspecto antiguo pero sin marco alguno. Encima de una cómoda un poco apolillada había un cuadro de la Santa Cena con las figuras en relieve, pero donde faltaban dos apóstoles. Por encima de la cama principal lucía otro cuadro, del Sagrado Corazón de Jesús, que no dejaba de mirarnos continuamente. Por último, debajo de la mesa central con su hule de color amarillento se distinguían unos penachos inferiores y unas patas que le daban un fuste de cierta antigüedad.

Toda la habitación, de alto techo a base de vigas de madera, estaba pálidamente iluminada con una solitaria bombilla de luz de «perra-gorda» que pendía de un cable. Seguramente estarían a la espera de encontrar una buena lámpara tirada en la basura.

En definitiva, que aquello más que una vivienda parecía un pequeño museo o almacén de cachivaches y restos recogidos, a los que el 'carrero' casi siempre les sacaba una nueva utilidad. Lo del reciclaje y el montarse los muebles en plan Ikea ya lo hacían ellos hace muchos años. Y lo mismo que con los enseres domésticos lo hacían también recogiendo y seleccionando botellas, cartones y suelas de goma abandonados para venderlos en lugares especializados como Pedro Rojas, en la Ronda de la Manca, o enfrente del santuario de la Fuensanta. Allí, un negociante les compraba ese material reciclado y con estas escuetas ventas los 'carreros' obtenían, cada tres meses más o menos, una especie de «extra» con la que solían darse una «vuelta» muy necesaria de ropa y zapatillas.

Descargando el cubo de la basura

Descargando el cubo de la basura

El entorno social de los 'carreros'

Como puede deducirse de todo lo dicho anteriormente, los trabajadores que realizaban este trabajo en Córdoba residían por lo general en barrios marginales o alejados como el Zumbacón o el Camino de Lope García. Los que estaban en la parte más baja del escalafón, en plan más «liberal», tenían incluso que apañarse con los mejores ojos de cualquier puente.

Sin embargo, había algunas familias de las más asentadas, como los Papas, Sabariego o Yáñez, que vivían dentro del casco viejo de la ciudad o en sus inmediaciones, aunque siempre en zonas humildes como la citada calle Cárcamo, las Costanillas o el Cerro de la Golondrina.

También en San Lorenzo, teníamos a: Francisco del Toro Rodríguez (1900-1979), Fernando Claus Salado (1913-1967), Manuel Pintor de la Haba (1919-1972), Andrés Ruiz León (1919-2012), Enrique Domínguez Gómez, (1904-1985). Francisco del Toro vivía en plena calle de Arroyo de San Rafael, enfrente del llamado garaje de Tomás, en donde su hijo mayor Pedro también se dedicaba a este servicial trabajo. Pero es que además Pedro, puso su vida al servicio de la Patria en el conflicto de Sidi-Ifni (1957).

Era el hermano mayor de dos muchachos muy conocidos en San Lorenzo, José, apodado Popeye, que se dedicaba a limpiar motos por las calles, y El Chino, gran nadador que salvó a muchos que se bañaban imprudentemente por Lope García y que además era un as del trompo.

Pedro se había alistado en la Legión, dejando los 'carreros', para buscarse una vida mejor. Su escuadrón paracaidista fue atacado de forma inmisericorde tras realizar el salto desde el avión. En aquel ataque murieron la mayoría de sus compañeros, e incluso algunos fueron brutalmente masacrados, como un sargento al que lo abrieron de arriba abajo. Pedro el 'carrero', aunque gravemente herido, pudo volver a Córdoba, y tras recuperarse como pudo, con la mayor discreción del mundo, se reincorporó a su trabajo anterior. Así era la dura vida de aquellos hombres.

El portero sonríe junto al botones del Hotel

El portero sonríe junto al botones del Hotel

El Hotel Córdoba Palace y Sidi Ifni

Pedro del Toro 'carrero' participó en aquel conflicto de Sidi Ifni defendiendo los intereses de España. Posiblemente nunca llegaría a entrar en el Hotel Córdoba Palace, dirigido entonces por el escritor Ángel Palomino Jiménez (1919-2004), pero recordamos que con motivo de aquél conflicto la opinión pública española, quedaría sorprendida y molesta por la forma en que trataron a nuestros legionarios. Quizás por ello, de la noche a la mañana desapareció aquel portero «moro o disfrazado» que desde la inauguración del Hotel en 1956, solía abrir la puerta del coche de los clientes.

Sidi Ifni fue la región donde Marruecos y España acordaron que había estado Santa Cruz de Mar Pequeña en el siglo XIV y XV. Y fue ocupada en 1476 por los Reyes Católicos y en esa época Santa Cruz de Mar Pequeña fue un lugar estratégicamente importante. Fue ratificada esa posición en 1860 por el acuerdo Wad Ras con el sultán de Marruecos Mohammed IV.

Pero evidentemente, además del banco pesquero, allí se descubrieron fosfatos, yacimientos que España potenció haciendo importantes inversiones en equipos eléctricos: como motores, transformadores, interruptores y cuadros de cabinas que se fabricaron en Córdoba, en la fábrica de Westinghouse.

Por lo que ya Sidi Ifni despertó un interés muy especial por su riqueza en fosfatos (fertilizantes para la agricultura), y ese interés económico lo provocó todo. Lo cierto y verdad es que allí incluso nuestros soldados de reemplazo lo pasaron muy mal. Y no digamos los paracaidistas, a donde fue Pedro del Toro como voluntario desde la Legión, y donde algunos no murieron como soldados en combate, sino que fueron incluso masacrados con saña.

Sería en 1975 y mientras agonizaba Franco, cuando el gobierno de Marruecos con el visto bueno de Estados Unidos, organizó la Marcha Verde que a nivel internacional supuso el abandono de España de todo el llamado Sahara Español.

Pero con la claudicación, no se pueden olvidar a aquellos legionarios que dieron su vida en aquel conflicto de Sidi Ifni, y para recordar cito a los últimos que por su comportamiento merecieron la Laureada de San Fernando. Fueron el brigada Francisco Fadrique Castromonte y el Caballero Legionario Juan Maderal Oleaga, muertos en 1958.

A Juan Maderal Oleaga, vasco de 21 años, en Erandio le levantaron un monumento y le dieron su nombre a una plaza. Pero luego llegarían los parroquianos de Otegui (ETA) y arrancaron el monumento y lo lanzaron al Río Nervión. No teniendo bastante con esto, a su hermano mayor José María Maderal Oleaga que era presidente de la Hermandad de Antiguos Caballeros Legionarios de Vizcaya, ETA lo asesinó en 1979 de siete balazos.

Caballeros legionarios laureados

Caballeros legionarios laureados

De nuevo con los 'carreros'

Y siguiendo con los 'carreros' diremos que, otro muy conocido por mi barrio era Antonio 'El Bizco', que hacía el servicio por la calle Abéjar. Un día, después de retirar la porquería de las entonces populosas casas de esa calle (como la del pintor Navajitas, la de Antoñito Puntas, la de los Coloraos, los Alfaro y Amaro, la del Horno de Santa Elvira, la de los Gutiérrez, el talle de los Valverde o los Ramírez, etcétera) se paró, como todos los días, en Casa Soto para tomarse un par de medios.

Al salir Antonio de la tabernilla paseaba yo justamente por ahí acompañando a Juan Posadas, y éste, como lo conocía bien, al verle con un aspecto raro le preguntó: «¿Qué es ese sudor amarillo que te cae por las patillas, Antonio? “Don Juan -siempre lo trataba de «don»- , no es sudor lo que me cae por la cara, es el caldo del melón que con toda seguridad se comió ayer Antoñito Puntas y que se me ha filtrado desde la espuerta por la cabeza abajo. Ni la boina lo ha detenido".

La empresa

El trabajo de recogedores de la porquería era una contrata que el Ayuntamiento realizaba con Manuel Herrero Chumilla, un empresario que disponía de una amplia flota de carros para poder realizar esta tarea por toda la ciudad. Su base de operaciones se localizaba en un llano que había por aquellos tiempos enfrente de los que se llamaron Pisos de Cañete, muy cerca del viaducto de la Electromecánicas. Esta contrata terminó con la aparición de unos pequeños camiones que facilitó el Parque Móvil de la Diputación. En los años sesenta pasó todo esto a depender de una nueva empresa llamada Serconsa.

Los lugares de vaciado de la basura y los residuos retirados por los 'carreros' eran el hoy cotizado Cortijo del Cura y la Huerta del Paludú. También unas hondonadas cerca del arroyo del Moro, entonces a cielo abierto. Todas estas zonas se situaban en las proximidades de Las Margaritas.

En este colectivo de trabajadores no existían categorías y sólo computaba la antigüedad y un complemento familiar. Su sueldo en 1954 era de unas ciento setenta y cinco pesetas semanales. Al final de mes solían cobrar los puntos por hijo, que tenían un valor que oscilaba entre las 51 a 68 pesetas por punto.

Cuando se establecieron las pagas extras de Navidad y del 18 de Julio, tan esperadas por todos los españoles para «tapar huecos», ellos sólo cobraban 15 días. Entre otras cosas, por eso se presentaban en casa de los vecinos de sus distritos con las llamadas «poesías del aguinaldo», pequeñas estrofas poéticas de carácter personal casi siempre alusivas a su trabajo. Se las entregaban a los vecinos un día antes, y al siguiente, por lo general el mismo día 24 de diciembre, se pasaban a recoger el aguinaldo. Como suele suceder en estas cosas, los vecinos respondían de una forma muy desigual.

Todavía podemos recrearnos en algunas letrillas que nos han facilitado y que cambiaban de un año para otro. Estos cambios les permitían introducir a cada uno las incidencias familiares que hubiese tenido. He aquí algunas de estas estrofas, de 1955:

“Vecinas de esta casa, aquí esta el que se lleva la basura.

Por favor, acordaros de él y su familia, para que pasemos

estas fiestas con felicidad y holgura.

No queremos grandezas ni espectacularidad,

solamente, os pedimos, poder disfrutar y cantar también

en estas fiestas de la Navidad.

No deis, lo que no tengáis, ni tampoco lo que os haga falta.

Dadnos mejor los que os sobre y aunque sea poco

Con eso a nuestra familia le basta…

Y hasta aquí. Hemos querido escribir estas breves notas en honor de este olvidado gremio que se encargó durante muchos años de limpiarnos nuestra basura, sin apenas medios, mal pagados y en unas condiciones muy difíciles, penosas e insalubres. Con sus tímidas blusas y su características boinas dieron el callo como los mejores, y sería de justicia que los políticos que tenemos, tan diferentes a ellos en tantos aspectos, se acordasen y reconociesen públicamente su labor. Seguramente este deseo sea en vano, porque la gran mayoría (si no todos) de aquellos 'carreros' ya no está con nosotros y los muertos, por ahora, no dan votos. Yo, por lo menos, en justicia seguiré llamando 'carreros' a los que hoy recogen la basura.

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