Ilustración con el traslado de vuelta de las campanas de Santiago de Compostela a hombros de esclavos después de la conquista de Córdoba
El portalón de San Lorenzo
Las campanas populares en aquella Córdoba
«Quizás el toque más famoso de todos por su singularidad sea el del Doble de Cepa, que se daba con la campana segunda de la torre»
Vaya por delante que por aquellos años 50 a todos los pequeños nos encantaba subir a cualquier campanario, cuanto más alto mejor, y tocar sus campanas. Además de repicar y disfrutar de unas preciosas vistas una vez arriba, estaba lo de avanzar en muchas de estas torres por antiguos y estrechos escalones, con una vela para iluminar la total penumbra, lo que le daba un aspecto de aventura infantil. Hoy, con los móviles, los ordenadores, y todos los medios digitales que los niños tienen a su alcance, esa ilusión que teníamos por subir a las torres les parecerá ridícula.
Se puede decir que la primera idea de campana la percibías de pequeño en Córdoba cuando tus padres te llevaban a la Feria de la Fuensanta. Allí, después de visitar a la Virgen, contemplar una y mil veces el caimán, y tomar agua del pozo, si tenías suerte te compraban una campanita de aquellas de barro que abundaban en los puestos de la feria. El precio de la campanita era de un real, pero aún así era difícil adquirirlas para muchas familias.
Eran los tiempos en los que la Banda Municipal daba sus pequeños conciertos de música festiva cordobesa en el llano que quedaba entre el Santuario de la Fuensanta y el arroyo que cruzaba por la Fabrica del Gas y buscaba el cañaveral de Porras, para desembocar en el Guadalquivir por el puente de Santa Matilde.
En esa Córdoba de entonces existían pequeños talleres de alfarería, normalmente establecidos en el corral de la propia casa, y allí dentro personas como Rogelio Lanzas, del Campo de la Verdad; Rafael Sánchez, del Barrio Gavilán; Pedro Calvo, de las Costanillas, y Enrique, el marido de Socorro, del Pozanco, por mencionar a algunos, fabricaban estas simpáticas campanitas. Hoy casi todas vienen de la Rambla, en donde suelen hacerse con moldes en serie.
Tras la Fuensanta, el sonido de las campanas lo teníamos interiorizado cuando llegaba la festividad de San Rafael, el gran día de Córdoba. Nos sentábamos en la plaza enfrente de la iglesia del Juramento y veíamos el espectáculo de cómo se volteaban la grandes campanas que tienen sus torres gemelas. Familiares de Socorro Mayor Polo ‘La Sacristana’ eran los encargados de voltearlas, y luego les sustituyó bastantes veces el popular y añorado cofrade Francisco Paz ‘El Maño’, que solía repicar con ayuda de otras personas, como mi hermano Rafael. Después las campanas enmudecieron muchos años, hasta que han vuelto a la vida recientemente gracias al interés de don Fernando Cruz Conde.
Y ya después llegaban más campanas con la Semana Santa. Además del repique con algunas entradas y salidas de los pasos en sus iglesias, en aquellos tiempos los hermanos nazarenos que cuidaban el orden en el desfile procesional se comunicaban con el toque de la campanilla. Sería la Hermandad del Cristo del Remedio de Ánimas, como en tantas otras cosas, la que incorporó su propio estilo o personalidad en esto de la campanilla, y empezaron a utilizar el crótalo, cuyo sonido de madera lo consideraban más apropiado para el luto de su desfile procesional. Hoy en día todo esto se ha acabado y suelen utilizar para comunicarse los modernos pinganillos.
Las campanas en la Historia
Desde los tiempos de persecución en las catacumbas los cristianos utilizaron campanas para la comunicación y para marcar los tiempos de sus liturgias. Conforme empezaron a salir de la clandestinidad pudieron hacer resonar sus toques de forma pública, hasta que se convirtieron en algo del día a día habitual. Así, en la Edad Media los monasterios regulaban su trabajo y sus oraciones mediante el toque de campanas, e iglesias y conventos anunciaban a la población cercana el paso de las horas y las celebraciones religiosas con unos toques prefijados. En el caso concreto de la Córdoba bajo el poder musulmán las crónicas cuentan cómo el sonido de las campanas cristianas, limitadas a la periferia de la ciudad, sería un punto de fricción durante los períodos de mayor intransigencia islámica.
En un ámbito más civil, en la Historia están reseñados varios hechos curiosos referidos a las campanas, en general de carácter legendario. Ahí está la famosa Campana de Huesca, leyenda que antes, en esa España «atrasada», nos enseñaban en todos los colegios y que hoy seguramente no conozca casi nadie. Se dice fue la ocurrencia que tuvo un rey de Aragón, Ramiro II ‘El Monje’, al que por su carácter pretendían tomar «por el pito de un sereno» y que al final castigó a todos los nobles rebeldes construyendo una tétrica campana con sus cabezas decapitadas, con una de ellas formando badajo y todo.
Otro testimonio posterior, también de carácter legendario y novelesco, es el caso de las famosas campanas de Santiago de Compostela, que el temible Almanzor en una de sus conquistas ordenó que fueran traídas a Córdoba y ser expuestas en la Mezquita de Córdoba a modo de lámparas de aceite. Las campanas serían devueltas a Santiago por el rey Fernando III el Santo cuando conquistó Córdoba el 29 de junio de 1236, se dice que transportadas a espaldas de esclavos.
Las campanas de la iglesia en Córdoba
En los manuscritos del cronista Maraver se narra la cronología de las campanas que se encuentran en la torre de la Catedral. Así, según su crónica, en 1495, cuando todavía seguía en pie como campanario el antiguo alminar de Abderramán, se citan la campana del cuerpo del reloj y la de la linterna de la torre, siendo ésta probablemente la más antigua de Córdoba junto con la fundida en 1498, en tiempos de Diego López como obrero de la Catedral.
A continuación se nos describen las doce restantes campanas, las grandes y más conocidas. Así tenemos la de Santa María, de 1517, la llamada Gorda, también previa a la nueva torre de Hernán Ruiz; luego está la de San Pedro, otra campana, muy grande pero bastante más reciente, del siglo XIX, que lleva el escudo del obispo don Sebastián Herrero, o la campana que se conoce por el nombre de Santa María de la Paz, fundida en 1644, siendo obispo de Córdoba Fray Domingo Pimentel.
Precisamente en ese año de 1644, por Semana Santa, se produjo un incendio en el convento de Santa María de Gracia. Aquí cabe hacer un inciso explicando otra utilidad de las campanas de las parroquias. Como entonces no había móviles ni teléfonos a mano se acordó con las autoridades de la ciudad un sistema de aviso a través de los toques de las campanas de las parroquias. Cada parroquia tenía un número de toques asignado, y al tocar la más cercana al fuego, por su número de toques correspondiente se sabría pronto por qué zona de la ciudad se había originado. Este curioso sistema aún se hacía público en documentos y diarios del siglo XIX.
El caso es que ese día de 1644 el párroco de San Lorenzo, don Juan Zoilo de Casarrubias, dio las cuatro campanadas que era la contraseña convenida por las autoridades para indicar que en los límites de su parroquia se estaba produciendo un incendio. Al toque de aquellas campanas, y a la alarma que causó el intenso humo que ya salía del convento, acudieron todas las autoridades con el corregidor don Antonio de Mendoza y el obispo Fray Domingo Pimentel a la cabeza. Con ayuda del portero intentaban derribar la puerta de la clausura para de esta forma facilitar la salida de las monjas. Estaban afanados en esta tarea cuando les llegó la noticia de que por la calle Buen Suceso éstas habían practicado un agujero en la tapia por el que ya habían salido. Las intrépidas monjas permanecieron recluidas en el convento del Espíritu Santo (en la calle siglos después llamada Alfonso XIII) hasta mediados del mes de mayo en que pudieron volver a su convento.
Recuerdo cuando era niño de ese desaparecido convento el toque de Vísperas que daba la solitaria campana en su antigua espadaña. Era, quizás sin pretenderlo, todo un referente para que las madres del barrio, entre ellas la mía, advirtieran que era ya la hora de Vísperas”, para saber si iban o no a tiempo en su dura tarea diaria de arreglar la cocina, fregar y poner la olla a hervir.
Siguiendo con las campanas de la torre de la Catedral diremos que la Santa Bárbara es de fecha 1691, la Santa Victoria de 1769, la de San Zoilo de 1762, la de Nuestra Señora de la Concepción de 1778, la San Antonio de 1883, la de la Asunción de 1911, la del Santísimo de 1765, y la de San Rafael, el famoso campanillo del villancico de Ramón Medina, de 1915. También existe una campana más reciente, sin nombre que se sepa, con fecha de 1981.
Esta torre de la Catedral sufrió serios desperfectos con motivo de una enorme tormenta que descargó sobre Córdoba en el año de 1727, y como las desgracias nunca suelen venir solas, se vio aún más afectada por el terrible terremoto de Lisboa de 1755. De éste, el secretario del Cabildo, reunido casualmente en la Capilla de San Clemente aquel infausto día 1 de noviembre, anotó una nota marginal en el Libro de Actas Capitulares: «El terremoto ha durado el tiempo en que se reza un Credo». Una barbaridad de tiempo. La torre y el coro, terminado por Pedro Duque Cornejo, tuvieron que ser restaurados.
Una litografía del Campo de la Verdad
La batalla del Campo de la Verdad
De esta torre de la Catedral y sus campanas pocos supieron más de ellas que la familia de los Sorianos, sus campaneros durante varias generaciones. En su vivienda, dentro de la misma torre, tenían un ‘cuadro de instrucciones’ en donde se les indicaba la campana que se volteaba, el tipo de toque, su duración, etcétera. Actualmente este cuadro, con caligrafía del siglo XIX, se encuentra en la sacristía de la Catedral.
Quizás el toque más famoso de todos por su singularidad sea el del Doble de Cepa, que se daba con la campana segunda de la torre. Su origen, muy conocido en Córdoba, y ya comentado en otros artículos, parte de la guerra civil entre los dos hijos del rey Alfonso XI, enterrado en San Hipólito. Por un lado, el legítimo don Pedro, el sucesor a título de rey, y de otro lado don Enrique de Trastámara, un hijo bastardo, proclamado rey por sus partidarios en Burgos. La ciudad de Córdoba tomó partido por don Enrique.
El rey don Pedro se dirigió contra nuestra ciudad rebelde y se planteó una batalla en el barrio que se denominaría Campo de la Verdad, a la bajada del puente. El castillo de la Calahorra llegó a ser tomado por sus partidarios.
Don Alonso Fernández de Montemayor fue el encargado de aglutinar a las fuerzas para defender la ciudad, donde había desde nobles hasta los piconeros de San Lorenzo, porque todo brazo era necesario. Durante el fragor de la batalla las cuatro campanas mayores de la Catedral estuvieron tocando rogativas, y durante varios días y noches estuvieron doblando por los que tan gloriosamente habían muerto en aquella feroz batalla, saldada finalmente con una derrota de las tropas de don Pedro y sus aliados, entre ellos, el rey de Granada, que tuvieron que retirarse sin tomar la ciudad.
Entonces fue cuando el Obispo y el Cabildo de la Catedral, a modo de recuerdo y reconocimiento, establecieron que la campana segunda, denominada de Cepa, doblaría en lo sucesivo cada vez que un familiar directo de alguno de aquellos combatientes muriese en recuerdo a la entrega y decisión que tuvieron sus antepasados. En un principio estos derechos afectaban solamente a los descendientes varones, pero en diciembre de 1504 se modificó este beneficio haciéndolo extensivo, con justicia, a las hembras.
Uno de los últimos personajes de Córdoba que gozó de este privilegio fue don Fernando Fernández de Córdova y Martel, nacido el 24 de abril de 1898, y que vivió en un lugar tan cordobés como la casa de Góngora en la calle Cabezas. Fue hermano mayor de la Hermandad de los Dolores hasta 1987. Oficialmente, el toque de Doble de Cepa en ningún documento consta que se haya visto suprimido, pero en estos tiempos donde el destacar por el esfuerzo o la valía está mal visto, parece que ya no suscita interés recuperarlo.
Las campanadas de fin de año
En el tránsito del año 1989 a 1990 fue cuando la ya veterana Marisa Naranjo confundió los cuartos con las campanadas y quedó en evidencia ante todos, porque entonces aún sólo TVE nos las retransmitía.
En el año 1992-1993, aquel locutor de las corbatas imposibles, José María Carrascal, después de las campanadas en Antena 3 nos hizo volver al pasado al decir: «Feliz Año 1963». Igualmente le pasaría a la singular Carmen Sevilla, que en las campanadas de 1993-1994 dijo: «Feliz 1964». Quizás añoraban inconscientemente volver a los 60.
En el año de 1996-1997 sería el cantante Raphael el que se quedó con la capa y las uvas en la mano. Aquello fue visto y no visto, y a nadie le dio tiempo a comerse las uvas.
La incombustible Mercedes Milá en Telecinco, en 2002, se encargó de convertir las campanadas festivas en un descarado acto reivindicativo. El veneno de la política ya empezaba a infectar todo, aventado por los periodistas paniaguados. Era el año del Prestige y dieron una especie de campanadas con las bocinas de barcos gallegos. El mal tiempo les perjudicó y tuvieron que dar las campanadas en un cutre diferido.
Ese mismo año, en Canal Sur, María del Monte se quedó con la «copla» pues se dieron cuatro o cinco campanadas y el realizador, metió publicidad entre medias.
Luego ha habido otros sucesos pintorescos en las campanadas, como aquel primer año de Canal Sur en que no las dieron desde las Tendillas (que había sido su particular Puerta del Sol desde sus inicios) y el reloj no funcionó. O aquel con el tupé estrafalario de Imanol Arias. Se puede decir que desde entonces la Hacienda pública lo empezó a perseguir y ni la capa de Ramón García, uno que se fue y ha vuelto, le pudo tapar. O la del año pasado con dos impresentables en TVE haciendo el ridículo.
En fin, que nada nos extrañaría que cualquier fin de año de estos TVE, que todo lo puede con el dinero de los españoles, orqueste con periodistas y tertulianos afines y subvencionados el acto en la misma Moncloa, y las campanadas se ofrezcan como una dádiva generosa del gobierno de Pedro Sánchez, con su cartucho de uvas en la mano, aprovechando que ahora no están ni el Fiscal General, ni Ábalos, ni Koldo ni Cerdán («no conozco la vida de esos señores»), ni los que van saliendo día tras día en este sin parar de corrupción que ni la campana Gorda de la Catedral puede acallar.
La campana del Prestige
La «Campana del Prestige» se refiere al desastre ecológico del petrolero de este nombre en 2002, que se hundió frente a Galicia y provocó la mayor marea negra conocida en España manchando 3.000 kilómetros de costa y movilizando a miles de voluntarios con monos blancos (la primera marea blanca) bajo el lema en gallego «Nunca Máis» («Nunca Más»). Ese lema reflejaba, según nos decían al principio, la indignación popular por una mala gestión que había provocado un daño ecológico «irreparable».
Pero esto del «Nunca Máis», que posiblemente deba su autoría al Bloque Nacionalista Gallego o a algún separatista de pelaje similar, fue utilizado como banderín de enganche y de confrontación por toda la izquierda, progresía y afines, para criticar lo que ellos consideraban, tirando "al bulto, una mala gestión política de la derecha, así en general, si bien tenemos que decir que de todos aquellos desagradables hechos sólo fue condenado el capitán del barco por haberse negado una y otra vez a alejarse de las costas ante la avería que se le produjo en los depósitos del petrolero. Aunque finalmente lo alejó a 245 kilómetros, allí, como él mismo había advertido, el petrolero terminó por romperse del todo debido al estado de la mar.
Nos sorprendió esos días ver en el Hospital de la Cruz Roja Córdoba un enorme cartel en el mostrador de recepción con el dichoso «Nunca Máis». Y nos extrañó porque la Cruz Roja, dada su naturaleza de ser un movimiento, en teoría, «Humanitario, Neutral e Independiente», se quitaba la careta y entraba en esa dinámica de utilizar el «Nunca Máis» que desde el BNG al último rincón de la izquierda se había convertido en un eslogan contra la derecha. Porque en realidad el «Nunca Máis» no era porque no hubiese «nunca más» catástrofes como esa, sino que era para que «nunca más gobernase la derecha». No había que ser ingenuo y todo el que ponía ese cartel debía de saberlo. De esos polvos de Zapatero, (del que acaba de decir Anasagasti que es un auténtico cáncer) entonces candidato del PSOE que aprovechó el momento de bronca, luego surgió Sánchez y su política guerra civilista que ahora padecemos.
Pero en el fondo, pensándolo mejor, no nos extrañó para nada que el Hospital de la Cruz Roja de Córdoba participara en esa campaña. Detrás de toda esta propaganda se dijo que estaba el grupo «Los Eucarísticos», personas muy agraciados por la sociedad en cuanto a sueldos, prebendas e indemnizaciones millonarias que formaron grupo al coincidir en la misa que tenía lugar los domingos en la propia Cruz Roja. Optaron muy decididamente por ser los intelectuales que en todo momento necesitaba la progresía de este país para derrocar a la derecha que había ganado limpia y holgadamente las elecciones y gobernaba tanto en España como en Galicia. Eso, para la izquierda cerril de ahora, como para la de entonces, y la de la II República, no podía ser consentido.