Portada de 'El guerrero del antifaz'
El portalón de San Lorenzo
La alacena de los recuerdos
«La casa número 14 de la calle Roelas fue prácticamente destruida por uno de los bombardeos sobre Córdoba en agosto de 1936 durante la Guerra Civil»
Entre los recuerdos de mi niñez está el de una alacena que le correspondía a mi madre por ser la casera de la casa de vecinos número 12 de la calle Roelas, situada en la calleja sin salida que hoy lleva el antiguo nombre de Lizones. Este cargo de casera((una especie de representanteddel dueño de la vivienda) implicaba cobrar el alquiler mensual a los vecinos, así como gestionar unas normas generales de mantenimiento del inmueble, como cuándo había que cambiar la soga para el pozo, blanquear la fachada o pintar, eligiendo el color, el zócalo. A cambio de todo esto los caserosccomo mi madre solían estar exentos de pagar el alquiler de su vivienda o dependencias, que por lo general solían ser la más amplia de la casa de vecinos.
Una vieja alacena de aquellos años a principios y mediados del XX
Esta alacena de la que hablaremos estaba ubicada inmediatamente a la entrada del segundo portal de la casa, detrás de la puerta que hacía de postigo. Era bastante grande, y allí se puede decir que había de todo, por la cantidad de objetos que guardaba.
El carbón de encina
En la parte baja de la alacena se almacenaban los dos valiosos sacos de carbón que la Electromecánica repartía de forma regular, con los cuales trataba de paliar a sus trabajadores (como era el caso de mi padre) aquella seria crisis en el suministro de carbón y picón que se dejó sentir tras la guerra en los años 40 y primeros 50 del siglo XX. Nos los llevaba en su camión el transportista de la calle Montero Nicolás Callejón, el cual, una vez terminado este encargo, continuaba su quehacer diario transportando el cobre que necesitaba la Constructora Nacional de Maquinaria Eléctrica (Cenemesa) para sus motores y transformadores.
Portada del semanario 'Dígame' con motivo de la muerte de Manolete
El semanario 'Dígame'
Salvando la zona del suelo que ocupaba el carbón en la alacena había una serie de tablas o baldas que, a izquierda y derecha, contenían libros, tebeos, periódicos, juegos de mesa anticuados y algún que otro cacharro o cachivache antiguo, ya sin apenas uso.
En este barullo aparecían una serie de números y hojas sueltas del semanario 'Dígame', fundado en los años 40 por Ricardo García López (1890-1984) que adoptaría el seudónimo de K-Hito. Nacido en Villanueva del Arzobispo (Jaén) K-Hito fue un famoso escritor taurino, caricaturista, humorista y cineasta.
Dentro de que era un hombre muy polifacético K-Hito era, sobre todo, un gran aficionado y conocedor del mundo del toro. Fue quien, por ejemplo, asignó a Manuel Rodríguez Sánchez 'Manolete' el apodo de El Monstruo, con motivo de una fabulosa actuación del torero cordobés en Alicante (cuatro orejas, dos rabos y dos patas) el 28 de julio de 1947, donde compartió cartel con Antonio Bienvenida y Manolo Escudero.
Tras unas tentativas frustradas en su juventud por ser alguien en este mundo, donde asistió a la escuela taurina de Barcelona y llegó a actuar como banderillero, antes de la guerra 'K-Hito' colaboró con sus crónicas y dibujos en el diario vespertino católico 'Ya'. Sin embargo, sería en su semanario 'Dígame' donde labraría su fama.
Aunque la temática central del semanario eran los toros, también incluía crónicas y comentarios de cine, así como de los artistas y famosos que protagonizaban la vida social y de color «rosa» en aquella España de la posguerra. También contaba con noticias destacadas «de provincias», todo ello desde una visión conservadora y sosegada, sin buscar confrontaciones ni más líos de la cuenta.
'El Guerrero del Antifaz'
Quien sí se metía en líos, aunque la mayoría de las veces no buscados, era 'El Guerrero del Antifaz', personaje de tebeo creado en los 40 por el vallisoletano Manuel Gago García (1925-1980). Esa alacena también guardaba ejemplares sueltos suyos, y ni qué decir tiene que eran los objetos preferidos por los chiquillos de mi casa, donde seguíamos entusiasmados las aventuras de este enmascarado guerrero, todo un referente en valentía, honor y lealtad al que tratábamos (inútilmente) de imitar. Lo veíamos como un hombre justo, que defendía a los buenos y perseguía a los malos allá donde se encontrasen, sin reparar en si eran cristianos o musulmanes (ahí estaban entre estos últimos, por ejemplo, sus amigos los hermanos Kir o la bella Zoraida).
Portada de un tebeo de 'El Guerrero del Antifaz'
Para leer todo lo que pudiéramos de este héroe aprovechábamos las colas del cine Gran Teatro, el Duque de Rivas, o incluso el cine del Oratorio del colegio salesiano para, durante la espera, intercambiar sus tebeos junto con los de otros personajes de nuestra infancia como 'El Capitán Trueno' (de temática similar), 'Roberto Alcázar y Pedrín', 'El Cachorro', 'Pacho Dinamita', 'Dumbo', 'Tony y Anita', etcétera. Era el cambio por el cambio, y cada nuevo tebeo por leer era una joya que guardábamos… hasta el siguiente cambio.
El semanario 'El Caso'
También en aquella alacena de cacharros viejos se descubría algún que otro periódico de fechas antiguas, como el '7 Fechas', así como números u hojas sueltas de otro conocido semanario, 'El Caso', muy distinto en talante al apacible 'Dígame'.
'El Caso' fue fundado en 11 de mayo de 1952 como periódico semanal por Eugenio Suárez Gómez, manchego de nacimiento pero que enseguida se trasladó a Madrid con toda su familia. Relataba en sus páginas la mayoría de los sucesos trágicos que habían ocurrido en España, con un periodismo «de investigación» que rompía moldes, si bien este longevo semanario fue cada vez más inclinándose hacia lo truculento y lo raro.
Recuerdo a algún vecino sentado en el patio de la casa con ejemplares de este semanario en las manos (porque solía leerse así, como los periódicos deportivos, en el exterior haciéndose el importante, no dentro de las habitaciones) y tener el resto de los inquilinos a su alrededor preguntándole curiosos sobre lo que había pasado en tal o cual sitio.
Portada con la detención del Lute que se hizo famosa
Aunque a la gente cualquier noticia por desconocida le interesaba, lógicamente el «morbo» siempre llamaba más la atención. Cualquier robo, atraco o crimen sonado adquiriría la mejor portada. Una de éstas fue la de la detención del «quinqui» salmantino Eleuterio Sánchez Rodríguez 'El Lute', que se hizo famoso tras ser condenado por atraco y asesinato el 5 de mayo de 1965 en una joyería de la calle Bravo Murillo de Madrid, siendo la víctima mortal un vigilante de seguridad. El botín robado fue de 120.000 pesetas.
Eleuterio Sánchez fue finalmente detenido y acusado, y él mismo se declaro culpable. Se le condenó a la pena capital, pero la sentencia le fue conmutada por la de cadena perpetua (habría que ver si le hubiese pasado lo mismo en países más «democráticos» como Estados Unidos). La fama de este personaje le vendría aún más por las veces que llegó a escaparse de la prisión, una de ellas en presencia de la propia Guardia Civil que lo escoltaba dentro de un tren. Mientras estuvo en la cárcel aprendió a leer, e incluso se matriculó en la Universidad a Distancia y obtuvo la licenciatura de abogado, llegando a trabajar en los 80, una vez cumplidas sus penas, en el gabinete jurídico de Enrique Tierno Galván, entonces alcalde de Madrid.
Novelas del Oeste
En un punto intermedio entre los semanarios y los tebeos estaban las llamadas novelas del Oeste, siendo las más destacadas, de largo, las escritas por el toledano Marcial Lafuente Estefanía (1903-1984), que había visitado la costa oeste de los Estados Unidos entre 1928 y 1931, sirviéndole esta estancia para conseguir unas ambientaciones muy precisas en sus futuras obras. Además, siguió al pie de la letra el consejo que se dice le dio el gran Enrique Jardiel Poncela (1901-1952): «Escribe para que la gente se divierta». Abandonando su profesión de ingeniero, su primera novela de esta temática, de 1943, la tituló 'La mascota de la pradera', bajo el seudónimo de Dan Lewis.
Y así, con sus novelas del Oeste, se evadían los lectores de la posguerra de los problemas y tareas del día a día, dejando cabalgar y correr su imaginación (esa que hoy está casi desaparecida por los móviles) a lo largo de esas polvorientas tierras llenas de intrépidos pistoleros y vaqueros.
En mi alacena, por supuesto, también se guardaban novelas del Oeste que leían todos los hombres de la casa, si bien destacaban como ávidos lectores mi pariente Gabriel González Ruiz, mi vecino Miguel Morrugares y mi hermano mayor, que también se llamaba Gabriel. Con aquellas aventuras del Oeste muchos aprendieron a leer, o al menos a conocer nuevas palabras. Porque, frente a las opiniones «a toro pasado» de críticos del tres al cuarto, esas novelas estaban muy bien escritas, tanto que el que las leía de chico solía destacar en las lecturas y dictados de la escuela.
Así que la mayoría de los padres de familia de mi casa de vecinos, tras terminar su larga jornada laboral a la caída de la tarde, si no se pasaban por la taberna, o no tenían otras tareas previstas, solían sentarse tranquilamente en su mesa, con el hule a modo de testigo, a veces con una botella de vino de dos pesetas como única acompañante, y aprovechando la llegada de la luz de «perra-gorda» se ponían a leer su novela del Oeste hasta la hora de la escueta cena. Algunos hasta se fabricaban unas toscas lámparas de papel para concentrar la luz, aprovechando las hojas caducadas de aquellos espléndidos almanaques de las Máquinas Alfa y Explosivos Riotinto.
La popularidad de estas novelas era tal que eran, con mucho diferencia, el libro que más se leía en el Servicio Militar. Recuerdo de mis tiempos de mili en el Parque de Automovilismo que había tardes (ya libres de faena) en las que más del 60% de los soldados estaban en silencio cada uno leyendo su novela. Igual ocurría en los cuarteles de Lepanto y Artillería.
Las novelas se vendieron al precio de cinco pesetas (un duro), y con el paso del tiempo se pusieron a veinticinco pesetas (cinco duros), si bien bastaba que tuvieras un ejemplar para poder intercambiarlo en cualquier puesto de arropías por pequeño que fuera, ya que casi siempre el cambio de novelas formaba parte de su humilde negocio. Hay que decir que el lugar ideal para estos intercambios, por la cantidad, y por lo bien que las tenía clasificadas según su estado de conservación, era Casa Bizcocho, en la calle Isaac Peral, en donde un hombre de aspecto muy serio y con nariz un tanto pronunciada tenía este modélico establecimiento frente a la puerta falsa del bar El 89. Allí, por menos de una peseta podías cambiar y conseguir una nueva novela de Oeste. «Bizcocho» era hermano mayor del estanquero de San Lorenzo, Luis Prieto Gil (1910-1991).
El cervecero Rafaelín escorado a izquierda y derecha por los taberneros de Casa Fermín y Pepe el Habanero de la Piedra Escrita
El globo de la cerveza
La experiencia nos dice, a nuestro pesar, que el calor en Córdoba durante los meses del verano se hace insoportable. En aquellos tiempos, entre los 40 y los 60, la gente mayor lo solía combatir con vino tinto y gaseosa pijuan, ya que el consumo de cerveza era algo testimonial, a pesar de que Juan Carrasco ya la vendía en su Cervecería Andaluza (1926) de la calle Marqués del Boíl, que luego se trasladaría al simpático Bar Correo, ese espléndido y «amplio» lugar en la calle Jesús María en donde han hecho y siguen haciendo historia.
Sin embargo, al desmantelarse totalmente la alacena de nuestro artículo aparecieron por allí cinco o seis cascos vacíos de cerveza, y un montón de tapones–sansones, que los chiquillos coleccionaban. De ellos dieron buena cuenta la pandilla de chavalines que comandaba Antonio 'El Pulga':
El Búfalo, El Mudito, El Gamba y El Caco, todos de la calle Roelas, que en su temporada de vacaciones se dedicaban a prestar ayuda a la gente del barrio que se lo solicitara, ya fuese sacando los veladores de la taberna de Casa Manolo, ayudando a meter la leña del Horno de San Lorenzo (que los camiones dejaban en plena calle) o incluso ayudando al melonero de la plaza a descargar cualquier carro con su fruta veraniega. Ellos estaban prestos a ayudar a todo el mundo, y la verdad es que eran muy eficientes y de confianza, siempre, claro está, con la contrapartida económica que les compensara.
No siempre la pandilla solía actuar al completo, pero los que eran fijos casi siempre eran el propio Pulga, El Búfalo y El Mudito. Había un futurible miembro de la pandilla más pequeño, hermano del Búfalo que apodaban El Maíta» todavía muy dependiente de su madre.
Sorprendió El Maíta
Pero el tiempo pasó y esta pandilla de amigos, como tantas otras, se dispersó. Cada uno, se colocaría en el trabajo que pudo. Dos lo hicieron en la fábrica de Carbonell, otro simultaneó la platería y el Bingo de su hermano.
A finales de los 80, El delegado en Córdoba de una empresa de cervezas era Rafaelin, aquél que fuera fornido defensa central del CD. San Álvaro. Su interés comercial era lógicamente que su cerveza se consolidase en la ciudad, para lo cual llevaron a cabo varios eventos publicitarios. Uno de ellos fue la de organizar el vuelo de un globo aerostático ataviado con la marca de su cerveza que se desplazase, desde la avenida Gran Vía Parque a la carretera de Madrid. Entre los tripulantes del globo iba el simpático El Maíta, (el que antaño fuera un niño un tanto crudo), sorprendió a todos, y con traje aflamencado, su camisa chorreada, sombrero cordobés y sus caireles, (era Feria) se montó a pilotar aquel globo.
No cabe duda, de que el promotor del globo, confió en El Maíta para pilotarlo pues ya había demostrado la experiencia de gestionar el bar de varias casetas de Feria.
Pero aquello fue un visto y no visto, y según me contó el simpático Manolo García, sobrino de El Maíta, el globo se debió de desinflar en pleno vuelo, porque a la altura del Polígono de las Quemadas, con aquel armatoste inmanejable, cayeron todos los ocupantes de mala manera al suelo. Medio heridos, salieron a la carretera para pedir ayuda, (no existían móviles), y ningún vehículo que pasaba quiso pararse para socorrer a aquellos extraños y raros ocupantes del globo, Al final una pareja de la guardia civil de carretera logró que a El Maíta y sus doloridos compañeros fueran traídos a Córdoba en una furgoneta de patatas fritas Simón.
Tesoros y fantasmas
Para terminar, hablaremos de otras alacenas improvisadas donde guardar, o más bien esconder, objetos, esta vez en la casa inmediata a la mía, la número 14 que hacía esquina entre la calleja de Lizones y la calle Roelas, justo enfrente del Postigo de San Rafael.
Esta casa número 14 fue prácticamente destruida por uno de los bombardeos sobre Córdoba en agosto de 1936 durante la Guerra Civil, saliendo por ello en varias fotografías de noticiarios e incluso en un video de un documental francés. Era propiedad de los Álvarez, familia que tuvo en el barrio de San Lorenzo varias ramas de parentesco.
Estos Álvarez regentaban una taberna en la plaza de San Lorenzo que luego se llamó, según sus diferentes dueños o gestores posteriores, Casa Miguel Cosano, Casa Gamboa, y en la actualidad Casa Luis, (Encarni) que está allí desde el año 2003. Al parecer, esta familia Álvarez pasó por una época crítica en lo económico en esas primeras décadas del XX pero, según todavía comentaban los más viejos del barrio, uno de ellos se encontró un «tesoro» escondido en esta misma casa número 14 una vez fue derribada para rehacerla tras los desperfectos del bombardeo, lo que les hizo subir «como la espuma» dedicándose a partir de entonces plenamente a la hostelería (pondrían un nuevo bar en la Margaritas), y a la platería, ambas dedicaciones con bastante buen éxito.
Foto de la casa número 14 de la calle Roelas (esquina a Lizones, frente al Postigo de San Rafael) tras el bombardeo
Como he indicado, esta casa pegaba sus paredes con la mía, la número 12, y por eso recuerdo perfectamente cómo años más tarde de este primer hallazgo, allá por el año 1954, y con motivo de una reforma que se hizo en la misma, volvió a aparecer algo valioso entre aquellos falsos de muro, esta vez fue una olla llena de monedas, y se dijo que la vecina que la encontró también aumentó su nivel de vida de la noche a la mañana. Por desgracia, aquello no se volvió a repetir en las numerosas obras que se le hicieron a la citada casa a partir de aquella fecha.
Pero es que lo de esta particular casa número 14 tenía más historia. Me contaba mi madre, y nos lo confirmó ese archivo andante del barrio que era Pepín Sánchez Aguilera, quien nos dejó hace ya años, que en una casa del Arroyo de San Lorenzo (junto a una taberna regentada por los abuelos del sacristán Pepe Bojollo), propiedad de Alfonso Román 'El Droguero', persona supersticiosa y cuñado del Pisto, se reunía un grupo de personas aficionadas al Arte Espiritual de la Videncia, totalmente a oscuras y siempre alrededor de una especia de bola depositada en una mesa. En una de las “apariciones» parece ser que se predijo la aparición del tesoro, si bien sólo se limitó a decir enigmáticamente que sería en la casa de una familia cuyo apellido empezaba por «A». Aquello se comentaría de unos para otros y, fuera lo que fuera, tras el descubrimiento del «tesoro» hubo gente que ya empezó a creer seriamente en estas cosas sobrenaturales y hasta decía que había visto en sus propias casas a duendes subir por las escaleras. El personaje que aglutinaba a todos aquellos convencidos aficionados a las videncias era un tal Olegario, pariente político de un Camuñas que era (para estar más a tono con el ambiente) portero del Cementerio de San Rafael.