Imagen de archivo de la factoría de Westinghouse en Córdoba

Imagen de archivo de la factoría de Westinghouse en Córdoba

El portalón de San Lorenzo

Unos transformadores que funcionaron con aceite de ensalada

«Alegó que en la fábrica de Córdoba habían 'comprado' con regalos y dádivas la voluntad de los que fueron a inspeccionar las máquinas»

Desde el año 1979, los trabajadores de una de las centrales termoeléctricas de la empresa Eletrosul en Porto Alegre (Brasil) cuentan medio en broma que uno de sus auto-transformadores funciona con aceite de ensalada, chascarrillo que me confirmó un antiguo compañero de la Universidad Laboral de Córdoba, el logroñés Alberto Peciña, que trabajó en esa empresa desde mediados de los años 60 y suponemos que allí se jubilaría.

Y es que ese transformador, que se montó en la fábrica de Córdoba de Westinghouse, dio lugar a una «ensalada» repleta de varios ingredientes con aceite de oliva de por medio. Tres cargos fueron salpicados: el propio director, don Mateo González Robledo, el jefe de la Plataforma de Ensayos de la División de Transformadores, don Blas Hermoso Alameda, y don Manuel Berberena Costa, técnico especialista responsable de los ensayos en dicha Plataforma.

Todo ocurrió por casualidad. Un año antes, en 1978, visitaron la fábrica de Córdoba varios directivos de Westinghouse Australia. Como era habitual en la recepción de altos cargos de la empresa que venían desde fuera se trató de amenizar su estancia en la ciudad, para lo cual, entre otros actos, se organizó la visita turística de rigor a la Mezquita-Catedral. Además de los directivos, aprovechando que casualmente estaban también esos días en Córdoba, se incluyó en la visita a dos técnicos de la empresa brasileña Eletrosul, señores Couselo y Baiao, que habían venido simplemente para la prosaica recepción de tres auto-transformadores que su empresa había encargado.

Se contrataron los servicios del jefe de los guías del citado monumento, don Anastasio Ortega Navas. Después de un fenomenal servicio, al ir a pagárselo a su casa de la calle Barrionuevo, nos comentó sus impresiones sobre los visitantes, destacando el carácter práctico de los australianos, anglosajones al fin y al cabo, que valoraban más las actitudes personales de los trabajadores que los nombres de los cargos en sí. ”Vamos”, nos dijo, «en una palabra, que no les agradan los trepadores». Uno, el que parecía más calladito, se salió un poco del guion previsto y le preguntó si alguna vez había habido cocodrilos en el Guadalquivir.

El olivo de la fuente del Patio de los Naranjos

El olivo de la fuente del Patio de los NaranjosLa Voz

Por su parte, los brasileños, con más sensibilidad latina, quedaron impresionados al entrar en el Patio de los Naranjos y se quedaron su buen rato contemplando el famoso olivo de la fuente. Se quedaron enamorados del monumento, como luego de la ciudad.

Después de la visita a la Mezquita, durante un par de días tuvieron lugar las pruebas en la Plataforma de Ensayos, donde los brasileños iban quedando conformes con lo que veían. Entre prueba y prueba, el señor Barberena, un cargo intermedio de la fábrica, para seguir en ese ambiente que tanto cautivaba a los dos visitantes les acompañó al restaurante El Churrasco, donde su propietario Rafael Carrillo, amablemente, les presentó sus rincones dedicados al jamón y el aceite de oliva, que eran contiguos al salón de reuniones de los amigos de la tertulia gastronómica Los Tiesos de Pastrana que fundara el catedrático don Feliciano Delgado con un par de amigos. Tanto les gustó el ambiente del jamón y el aceite de oliva, que el señor Barberena contactó con su superior, el señor Prieto, y éste le autorizó a que el mismo Rafael Carrillo facilitase un buen jamón a cada uno de los brasileños. Luego, por su cuenta, el jefe de la Plataforma les incluyó algunas latas de aceite, también de regalo. No sabía lo que eso provocaría.

Lata de aceite Carbonell

Lata de aceite Carbonell

De vuelta a la fábrica por última vez para recoger sus pertenencias, el señor Couselo quiso repetir una prueba final de calentamiento, pero no pudo ser posible pues al transformador se le había vaciado el aceite mientras ellos estaban comiendo. El brasileño mostró su contrariedad por este hecho, pero no le dio mayor importancia, aunque anotando, eso sí, este detalle en el parte de incidencias. Después de algunos pocos comentarios técnicos más procedieron a firmar el «Conforme» en los protocolos de ensayo, lo que facultaba definitivamente el correspondiente «Expídase» de los tres auto-transformadores hacia el Brasil. Y se fueron felices para su país.

A la semana aproximadamente salieron de la fábrica las tres máquinas con sus respectivos embalajes de accesorios en sendas góndolas de Transportes Egodi en dirección al puerto de Cádiz para embarcar rumbo a América.

La llegada a Brasil

Las máquinas llegaron sin sobresaltos a Brasil y todo fue normal... hasta que uno de los auto-transformadores, el que iba para la Central Termoeléctrica de Charqueados en Porto Alegre, fue analizado y recibido por un tal señor Coutiño.

Este Coutiño era compañero de Couselo. Lo malo es que, al parecer, desde muy jóvenes mantenían fuertes enfrentamientos que, lejos de aminorarse con el paso del tiempo, seguían enconados. Se llegó a decir que estaba muy dolido porque pensaba que era él quien habría tenido que venir a Córdoba. (Les encantaba todo lo que suponía cruzar el charco y más si era Córdoba en el Mes de Mayo). Con este ambiente de «cordialidad» no es de extrañar que el citado Coutiño procediera a analizar al detalle y buscarle las cosquillas a lo que Couselo había traído desde Córdoba.

Su sorpresa fue mayúscula y se convirtió hasta en una gran e inesperada alegría cuando descubrió que en una de las cajas de accesorios iban cuatro latas de aceite de oliva Carbonell. Coutiño vislumbró una oportunidad de vengarse de su rival acusándole de contrabando ilegal. Pero se lo pensó mejor y se fue a la dirección de Eletrosul alegando que en la fábrica de Córdoba habían «comprado» con regalos y dádivas la voluntad de los que fueron a inspeccionar las máquinas. Y como decía que ante esa situación era mejor no fiarse, pidió formalmente que se revisaran todos los parámetros de las pruebas realizadas en la Plataforma de Ensayos de la fábrica de Córdoba.

Salta la sorpresa

Se hizo caso a Coutiño y se realizaron de nuevo las pruebas: no coincidían los parámetros obtenidos con los que venían reflejados en los protocolos rellenos en Córdoba por el bueno de Eduardo Palomino Sendra, el oficinista de la Plataforma de Ensayos. (Que los solía rellenar en la mayoría de los casos de forma rutinaria y poniendo valores óptimos para todo). Y es que en realidad y como norma técnica, lo importante era que los técnicos que presenciaban las pruebas vieran los valores que estos daban ‘in situ’ y era criterio más que aceptado por todos los receptores de Red Eléctrica, Iberdrola, Sevillana y el resto de empresas importantes, que con esos valores obtenidos el transformador funcionaba con todas las garantías.

Pero Eletrosul, era una empresa nueva, y lo primero que hizo la dirección de la misma fue paralizar de inmediato la orden de pago y, seguidamente, elevaron una queja formal a la Gerencia de Calidad de Westinghouse en su sede central de Pittsburgh.

La «ensalada» ya estaba liada y los americanos empezaron a actuar pues se estaba poniendo en duda su calidad, el sello distintivo de la empresa. Para ello se desplazó a Córdoba un alto responsable de calidad a nivel mundial e inspeccionó instalaciones, equipos, protocolos y pupitres de ensayos, además de mantener reuniones con los responsables de la fábrica. Con todo recopilado, emitió un informe a la sede central mientras los brasileños seguían erre que erre con sus quejas.

Por esas fechas, en Westinghouse España, en su Casa Central de Madrid, había desembarcado un montón de ejecutivos americanos que provenían de sus fábricas cerradas por todo el mundo. Estos americanos sobrantes, con la ayuda inestimable de los americanizados de turno (españoles que se acoplaban a ellos por tener conocimiento del inglés), le estaban cerrando el cerco a la factoría de Córdoba desde hacía tiempo y vieron la oportunidad. Al frente de todos estos americanos estaba un tal Mr. Erisson como jefe de Operaciones, un elemento con malos modos muy peligroso y además un tanto despótico.

Las víctimas de la 'ensalada'

La situación se estaba complicando por momentos y el Director de la fábrica, Mateo González Robledo (52 años), quiso ver en persona al ínclito Erisson, que echaba sobre él no sólo las culpas sobre este problema de calidad sino también la del coste de los expedientes de bajas voluntarias en la fábrica, que según estos americanos estaba siendo muy superior a lo previsto (en el fondo es que por su cultura no entendían la Reglamentación Española existente en aquellos tiempos que protegía al trabajador, por lo que ellos nunca comprendieron o se hicieron a la idea, que después de un expediente de suspensión los trabajadores volvieran a sus puestos de trabajos, sn poder de esta forma reducir la plantilla que era su objetivo), ya que en Estados Unidos la cosa nunca era así.

De una forma u otra, el tal Mr. Erisson tuvo un comportamiento sumamente despótico y cobarde con el director: lo mandó a Brasil a verse con Eletrosul, no con el fin de intermediar y arreglar el problema, (Porque en la práctica ya estaba casi aclarado), sino para que se enredara aún más en el asunto de las dichosas pruebas. Aprovechando su ausencia en tierras brasileñas, los americanos pusieron como nuevo director a un pequeño americano llamado Míster Scorgie, que llevaba en la fábrica de Córdoba varios meses sentado en una mesa vieja y casi rota con cuatro papeles y un bolígrafo, y en el que nadie había reparado hasta ese momento.

Mr. Scorgie

Mr. Scorgie

Cuando Mateo González volvió, el extraño americano ya no estaba en esa mesa rota y apartada sin nada que hacer. Se lo encontró en su despacho de director sentado «a la americana», es decir, con los pies sobre la mesa y recostado para atrás. La sensación que se llevó podemos imaginárnosla, y con lo recto que era estoy seguro de que poco le faltaría para soltar alguna lágrima. A los pocos días fue destinado a la Casa Central de Madrid, a un puesto de esos de nombres muy rimbombantes pero que en la práctica no servían para nada, de los que llamábamos en Córdoba «El cementerio de los elefantes» y en la propia capital como «El Valle de los Caídos».

En el plano personal se echó en falta algo de solidaridad corporativa por parte de los ingenieros de la fábrica ante la destitución de su director, un hombre capaz, serio y muy responsable. Ni tampoco se dejó oír ninguna voz, ni una queja, por el trato que le dieron a este honesto profesional. Igualmente hay que señalar que tampoco ningún miembro del Comité de Empresa protestó por este abuso de los americanos, algo extraño cuando la mayoría de los miembros comunistas de aquél Comité presidido por García Contreras estaba una semana sí y otra también convocando a los trabajadores de fábrica a sus famosas marchas contra los americanos de Rota.

La segunda víctima fue Blas Hermoso Alameda, jefe de Plataforma de Ensayos. Sobre este joven ingeniero quisieron hacer recaer el muerto de todas las irregularidades en las pruebas, porque al ser una persona inteligentísima (fue el que ideó la maquinita que se llamó Sor Teresa), pero él se defendió hábilmente, e incluso dejó entrever de que podría hablar, y la propia empresa temió que pudiera contar algo sobre las prácticas laxas que se venían haciendo en los ensayos desde antiguo (donde se daban por válidos datos aceptables, más que suficientes para grandes clientes como Iberduero o Sevillana, aunque no fuesen los teóricos óptimos).

La empresa captó el mensaje y llegó a un acuerdo con él, dándole una indemnización pactada y obligándole, por sentencia, a guardar silencio profesional. Prosiguió su carrera laboral como catedrático en una Facultad Técnica de la Universidad de Navarra.

En tercer lugar le tocó el turno como agraviado por la «ensalada» a Manuel Barberena Costa, gran técnico entendido en ensayos, que estaba cansado de decir, por activa y por pasiva, que las supuestas irregularidades en los datos del dichoso protocolo, no afectaban para nada a la calidad de los transformadores, como era experiencia sabida por los grandes clientes. El Sr. Barberena, además de saber de electricidad, era un consumado matemático, y él, como Albert Einstein con su «constante cosmológica», intentó homogeneizar los parámetros de los ensayos con la maquinita a la que cariñosamente se le llamaba Sor Teresa. Esta máquina era la que sumaba y restaba para cuadrar las mediciones. Obviamente, estaba escondida fuera de la visión de los clientes.

Se le apartó asimismo de su puesto habitual, pero al poco tiempo volvió al mismo. Parece ser que fue él quien metió las latas de aceite Carbonell camufladas con los accesorios de acuerdo con el jefe de Acorazados, señor Prieto.

Westinghouse quiere recobrar su credibilidad

Después de este incidente de los transformadores del Brasil, Westinghouse interpretó que se cuestionaba su calidad y para ello promovió entre sus trabajadores un concurso para que se buscara un slogan o rótulo que a modo de símbolo ratificara la calidad de la empresa..

Dibujo del mensaje que ganó el concurso

Dibujo del mensaje que ganó el concurso

Al mes o cosa así de haberse convocado dicho concurso de símbolo de calidad, la empresa comunicaba en octubre de 1982 lo siguiente:

Simbolo de Calidad

“El concurso ‘La calidad tiene un símbolo’ ha sido un éxito extraordinario. Se han recibido 130 trabajos de un total 44 personas, procedentes de la casi totalidad de los centros de WESA.

A WESA-Córdoba corresponden 16 trabajos de un total 8 participantes.

Nos cabe la satisfacción de contar con el ganador del Concurso en la persona de D. Vicente Montilla Nievas, Delineante de la División de Transformadores, a quien, por este motivo, públicamente felicitamos así como al resto de los participantes.

El símbolo ganador tiene un lema ‘Calidad llave del futuro’ y este trabajo, junto con los del resto de participantes, se han expuesto en el Fichero Principal de entrada a Fábrica.

El hecho de participar significa un alto compromiso con la calidad y todos tenemos que estar convencidos de que en tanto hagamos del trabajo con calidad un hábito, no superaremos las condiciones adversas en que estamos inmersos.

El ambiente de aquellos años

Después del fallido golpe del 23 de febrero de 1981, en la mayoría de los despachos importantes de la fábrica de Córdoba, más que hablar de cosas para solucionar la crisis de pedidos y de plantilla que se tenía encima, se hablaba de política y hacía donde podía marchar el país. Todo esto culminó con la llegada al poder del PSOE, con Felipe González y Alfonso Guerra, y aquello quizás tranquilizó algo los temores que se respiraban a nivel de empresa.

Hubo un ingeniero de Estudios de Transformadores que pensando en la modernización lógica del servicio de delineación de Estudios de Transformadores, planteó la adopción de un software de diseño asistido por Ordenador (CAD), para la realización de los proyectos y el posterior desarrollo de los planos. En una de aquellas reuniones en las que se estudió dar el salto a esta modalidad que ofrecía la tecnología, se pensó en el profesional idóneo para coordinar todo este proyecto de cambio, y en un principio se pensó en José Casero Granados, posiblemente uno de los mejores proyectistas que había en aquella época en fábrica, pero debieron de surgir algunos problemas en la forma de proponerle tal cometido, que hubo que buscar a otro profesional en la persona de Vicente Montilla Nievas, que siendo delineante de Transformadores había ganado el Concurso de Calidad.

La tertulia del Bar Negresco

El Bar Negresco de la calle la Plata, hoy ya desaparecido como tantas cosas de Córdoba, sería inaugurado el día 3 de febrero de 1943, y era regentado por Antonio Navarro Moreno, con su esposa Carmen Zamora. Si las tertulias que allí se daban no fueron tan famosas como las de Madrid, sí se hablaba y se sabía de todo.

Fotografía de los años de 1950 del Bar Negresco

Fotografía de los años de 1950 del Bar NegrescoRicardo

Entre sus clientes habituales estaban Miguel Cuevas, Eutiquiano Torrico, Pablo Lázaro, de Westinghouse, y Joaquín Gutiérrez, Rafael Luque, Eugenio Núñez Zancajo, este último personaje, al que todo el mundo conocía como El Zancajo y que era una persona muy entendida en cosa de platería y valores artísticos, era el marchante que colaboraba con varios anticuarios.

En aquella tertulia salió lógicamente el tema de los transformadores del Brasil, pues allí estaba Miguel Cuevas, muy relacionado con aquella plataforma de ensayos.

Pero con independencia de aquellos hechos, nos gustaría saber ahora lo que opinaría el ex árbitro Eutiquiano Torrico (que se quejaba continuamente de lo poco que cobraban en aquellos arbitrajes), con lo que cobran ahora los árbitros. También nos gustaría escuchar la opinión de Pablo Lázaro que fuera jugador del Colón y ex combatiente de aquella República, que de forma continuada al hablar del futbol y los partidos de los sábados, siempre nos decía: «El franquismo le come el coco a los españoles». Nos gustaría oír su opinión de ahora con futbol a todas horas.

Pero sin duda la opinión que más nos gustaría escuchar ahora sería la del simpático Zancajo (siempre mezclado en tantos jaleos de compras e intermediación), y por ello le hubiéramos preguntado sobre el posible origen de las joyas que han aparecido en la caja de un político. Y sin duda, y conociendo la imaginación y sagacidad de encuadre mental del tal Zancajo este nos hubiera dicho: «Esas joyas a lo mejor pertenecen al barco Vita»,

El barco Vita fue en donde se transportó por orden del Gobierno de la República todo lo que se había robado o incautado de las Cajas de Ahorros, Montes de Piedad, y bancos, así como de otras instituciones como museos e iglesias. Esta orden de incautación se llevó a cabo desde mediados de 1937. Con dichos lotes robados y debidamente empaquetados se formaría un conjunto que se denominaría Caja de Recuperación. La idea del Gobierno era poder contar en caso de perder la guerra con un tesoro convertible, que sirviera de apoyo económico para levantar otra vez la República. Al terminar la guerra este importante tesoro de la Caja de Recuperación fue trasladado a Méjico en el barco Vita.

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