El membrillo en el árbol constituía la ilusión de muchos

El membrillo en el árbol constituía la ilusión de muchosM. Estévez

El portalón de San Lorenzo

Aquellos membrillos del Huerto de Ramón

«Ese tipo de restaurante resultó demasiado para lo que era Córdoba, una ciudad con poco movimiento de hombres de negocios»

Durante aquellos años de 1940 y 1950 de los que yo puedo dar testimonio porque lo viví, el membrillo fue una fruta muy popular entre la gente joven que durante aquellos veranos de vacaciones escolares (que no de playa), solíamos ir de un lado para otro buscando esa fruta. Muchas veces y mediante el pago de una perra gorda te daban uno, que a mordiscos y como podías lo ibas ingiriendo, no sin antes desatascar como podías aquél improvisado «nudo en la garganta» que se solía hacer al ingerirlo, tan seco y tan áspero, pero con tanta gana como te lo comías.

Casi siempre, cuando ibas con los amigos a jugar al campo en las afueras de Córdoba, aunque fuera entre huertas, después de aquellos interminables partidos de fútbol, lo que te ilusionaba es que aquella huerta tuviera una linde de membrillos sembrados, y aquello para nosotros era saborear o consolar cualquier resultado obtenido en el partido.

La casa familiar

A mediados del siglo XX, en la casa 27 de la calle Arroyo de San Lorenzo, junto a la entrada a la minúscula plaza del Manzano, era la casa de la familia De la Rosa Luque, cuyo cabeza de familia era agricultor con algunas propiedades rurales en las afueras de Córdoba. Esta vivienda familiar estaba situada junto a la de Pepe Lara, del Bazar San Lorenzo, y son las dos únicas de esta calle que a día de hoy mantienen aún su estructura y dimensiones antiguas, incluso sus primitivas fachadas.

La antigua casa de los De la Rosa Luque en el Arroyo de San Lorenzo

La antigua casa de los De la Rosa Luque en el Arroyo de San Lorenzo

Con la marcha de la familia De La Rosa Luque la casa llegó a ser adquirida por distintos dueños, algunos de los cuales intentaron dedicarla a negocios de hostelería como un efímero Mesón San Lorenzo que no llegó a cuajar por diversas razones mientras que su vecino Bazar San Lorenzo, el único gran comercio histórico que aún subsiste, se afianzaba por su seriedad y calidad profesional.

El matrimonio De La Rosa Luque tuvo tres hijos, dos varones y una hembra. Quiero recordar primero al más pequeño de los tres, Pepe de la Rosa Luque (1945-1989), entrañable criatura con una pequeña discapacidad que, en aquellos años 50 y primeros de los 60, solía pasarse casi todos los días por la parroquia de San Lorenzo donde el sacristán Pepe Bojollo le encomendaba algunas labores propias de los monaguillos. Estos trabajos le hacían sentirse el muchacho más feliz y agradecido del mundo.

El Huerto de Ramón

Así, Pepe de la Rosa se sentía muy a gusto realizando labores como las de subir a la torre de San Lorenzo para tocar las campanas, limpiar el polvo o cualquier otro mandado que se le encargara en la parroquia. Era servicial al máximo, alegre, correcto, muy educado, y además siempre iba con su vestimenta impecable, Por lo que podíamos certificar que en su casa era cuidado con el máximo cariño.

Bondadoso hasta el extremo, en más de una ocasión nos llevó, incluso de tapadillo, al Huerto de Ramón, que era propiedad de su familia y estaba situado enfrente de la entrada al antiguo campo de fútbol de Lepanto, haciendo esquina con la calle Cinco Caballeros. Se extendía hasta lo que luego fue la urbanización de Los Apóstoles, es decir, toda la zona alrededor de la ocupada hasta ahora por el famoso Bar Hermanos Bonillo, y del que nos hemos enterado de su triste cierre estos mismos días.

Lo de menos para nosotros era la extensión de ese huerto. Lo que nos fascinaba era que el camino de entrada estaba flanqueado por dos largas filas de árboles cargados de espléndidos membrillos. Había que ver a Pepe cuando nos veía salir a la carrera con uno o varios membrillos en la mano, pues hacía hasta palmas de lo que disfrutaba del momento.

Zona posterior del antiguo Cuartel de Lepanto por donde se entraba al Campo de fútbol. Enfrente estaba el Huerto de Ramón

Zona posterior del antiguo Cuartel de Lepanto por donde se entraba al Campo de fútbol. Enfrente estaba el Huerto de Ramón

Las cruces del entierro

Una de las razones para que no se pudiera vestir de monaguillo era que el sacristán mayor, Antonio Ruiz Rubio (1918-1989), no lo creía oportuno a causa de un pequeño incidente que ocurrió un día en el que se celebraba el entierro de una mujer de las Costanillas.

Estaba la plaza de San Lorenzo abarrotada de vecinos suyos, incluidos muchos gitanos, que iban a despedirla (algo muy habitual de toda la vida en las Costanillas, que por desgracia se va perdiendo). Pero al intentar dar los toques de la Cruz algo salió mal. Estos toques se efectuaban con una campana que hacía el sonido de «tan», seguido de otro toque con otra campana que sonaba «ton», conformando el sonido de doblar a muerto tan característico. Los toques se repetían en ciclos de unas 15 ó 20 veces, y al final de cada uno se daba uno, dos o tres toques, para indicar que era la primera, la segunda o la tercera Cruz, la última con la que empezaba la ceremonia del entierro.

Normalmente, para estos toques no había que subir a la torre, sino que se daban desde abajo utilizando las cuerdas que enlazaban con las distintas campanas (hoy se hace con un sistema eléctrico con botones). Pero el día del entierro de aquella buena mujer que tenía la iglesia llena hasta el portalón pudimos comprobar que la cuerda de la campana que tocaba el «tan» se había roto al tocar la segunda Cruz, por lo que para dar la tercera tuvimos necesidad de subir a la torre y manualmente tocar el badajo.

A mí me encargaron como monaguillo más pequeño esa misión, y como alguien me tenía que ayudar se lo dije al amigo Pepe de la Rosa, el cual, a pesar de que tenía una dolencia en la rodilla derecha, subió muy ilusionado.

Al llegar a lo alto de la torre me acerqué a una campana para dar el «ton» y le dije a Pepe que cogiera el badajo de la otra campana que iba a dar el «tan». Le advertí de que cuando yo diese un toque él seguidamente diera el otro, y así sucesivamente hasta completar unas 20 veces o cosa así. Pero aquello no ocurrió como yo esperaba, sino que al llegarle su turno agarró el badajo de su campana y empezó a tocar sin parar «tan», «tan», «tan»… Vamos, como si estuviera celebrando algo festivo, no un entierro, repicando más que doblando. Como pude paré aquella situación, pero el mal ya estaba hecho. No lo vi, pero las personas que esperaban abajo en el portalón y en la plaza para entrar en la iglesia se tuvieron que sentir algo asombradas, y seguramente molestas, con aquel inesperado y fuera de lugar repiqueteo de la campana.

Tras bajar las escaleras de la torre abajo nos esperaba con un cabreo monumental Antonio Ruiz, el citado sacristán, que muy enfadado me echó una bronca de órdago, y además me dijo que a Pepe de la Rosa no se le encomendaran más labores de ceremonia en la iglesia. Con todo el dolor de mi corazón así sería, aunque Pepe nunca perdió su alegría y ganas de seguir ayudando.

El Camino Viejo de Pedroches

Volviendo al Huerto de Ramón tenemos que decir que era un paso inevitable siempre que queríamos ir al campo por el Camino Viejo de Pedroches encarando lo que es en la actualidad la calle Cinco Caballeros. En aquellos tiempos el camino discurría entre dos amplias huertas, donde además se unían sendos arroyos que ya hemos citado otras veces, el de las Piedras y el del Camello u Hormiguita. El primero, el más grande, venía desde la zona de la Fuente de la Salud (detrás de la fábrica María Auxiliadora, de Baldomero Moreno) y el Zumbacón. El otro venía siguiendo la pared de la fábrica de Cementos Asland. Tras unirse continuaban por detrás del Cuartel de Lepanto para bajar por el camino que luego se llamaría avenida de la Viñuela, cruzar la antigua carretera Nacional IV (Carretera de Madrid, hoy avenida de Libia), seguir por la Fuensanta y sus huertas e ir a buscar al arroyo de Santa Matilde desembocando en el Guadalquivir.

La Cruz del Padre Roelas, en torno a los años 70

La Cruz del Padre Roelas, en torno a los años 70Foto retocada por Carlos Serrano

Antes de que los arroyos se juntasen, sobre un pequeño promontorio que había hacia la izquierda, se extendía un grupo de unas diez humildes casitas con una sola planta. Allí vivían algunos cabos primeros del cercano Cuartel de Lepanto, y además había una Escuela Parroquial de Niñas, perteneciente a San Lorenzo, a cargo de la maestra doña Casimira Barneto Blanco. También había un barbero y un latonero de nombre Juanillo que solía repartir los cacharros arreglados por el barrio de San Lorenzo.

Muy cerca de este pequeño promontorio de casitas se levantaba en piedra la llamada Cruz del Padre Roelas que conmemoraba las apariciones del Arcángel San Rafael al venerable Andrés de las Roelas, las cuales empezaron el 7 de mayo de 1578. Hoy, parte de esa cruz, que fue retirada y destruida salvajemente con motivo de la urbanización de aquella zona y, sobre todo, por su abandono, se puede apreciar dentro de los arriates de los jardines que adornan el principio de la calle.

Una vez terminado ese camino en su tramo por Cinco Caballeros, (no existía la avenida de Carlos III) se subía por una especie de terraplén, también entre dos huertas (hoy avenida de Blas Infante). En la huerta de la derecha, donde actualmente está la iglesia de la Aurora, había una gran alcubilla muy rica en agua. Cuando se abrió la actual avenida de Carlos III, al horadar y aplanar el terreno se debieron cortar o taponar las venas por las que circulaba su venero (posiblemente el Agua del Arroyo del Camello que citan las fuentes históricas) y, como alternativa de salida, el agua optó por brotar por una antigua cantera que estaba en la finca de Mirabueno. Aquella cantera se convirtió en una especie de piscina improvisada que llegó a conocerse popularmente como El Lago Azul.

La fábrica Cementos Asland, al fondo, y el canal en primer plano del Guadamellato y el Lago Azul

La fábrica Cementos Asland, al fondo, y el canal en primer plano del Guadamellato y el Lago Azul

Enfrente de esta alcubilla que antes hemos descrito hubo una cantera de piedra caliza que funcionaba con montacargas. Vertía su contenido en una tolva o rampa de descarga de madera desde donde se cargaba el material en distintos camiones.

Superada la alcubilla, después de cruzar un ventorrillo, se abría un amplio camino terrizo, recto y ancho, que te conducía hasta el paso a nivel de la vía del ferrocarril. Desde allí hasta el Arroyo Pedroches había otra senda de árboles frutales entre ellos árboles de membrillos.

Al principio de este camino, a la derecha, estaba el imponente edificio de la Cárcel Provincial ahora vacío. A continuación de la cárcel se encontraba un pequeño barrio de casitas llamado Miraflores que se prolongaba hasta casi el final del camino. A su final se levantó una de las últimas grandes factorías, Hilaturas, perteneciente al complejo algodonero de Cepansa, al que pertenecía toda la acera izquierda del camino.

No hace mucho tuve la oportunidad de acudir al polideportivo de Fátima para presenciar una competición de balonmano en la que participaban mis nietos en un torneo de equipos andaluces. Como es una zona de Córdoba por la que ya no suelo transitar, al llegar al mencionado polideportivo me llamó la atención que aquel pintoresco barrio de casas pequeñas ha sido borrado del mapa y del recuerdo.

Foto de la desaparecida factoría Cepansa (1968)

Foto de la desaparecida factoría Cepansa (1968)

El barrio de Miraflores

Al principio de esta pequeña barriada de casitas de Miraflores, donde residían muchos trabajadores de Cepansa, había una capilla que fue el embrión de lo que luego sería, la parroquia de San Antonio de Padua inaugurada en el año 1955. En esos años toda esta zona pertenecía a la feligresía de San Lorenzo, por lo que tuve que ir por allí en algunas ocasiones ayudando como monaguillo. El primer bautizo en esa pequeña capilla (al que asistí) corrió a cargo de Juan Novo González, entonces párroco de San Lorenzo.

En 1955, desde la iglesia de San Lorenzo se celebró una procesión en el mes de septiembre para el traslado a su nueva sede de la Virgen de la Merced, tan vinculada a la venerable Orden de origen catalán. Contaría desde un primer momento con arraigo en su nuevo barrio, dados los lazos catalanes de la propia Cepansa y, sobre todo, con la cárcel allí destacando sobre el horizonte, dado el papel de los mercedarios en su labor asistencial de presos y cautivos.

Al poco tiempo, ya con don Manuel Márquez González (que vivía en una de aquellas casitas) como párroco de San Antonio, se fundó la Hermandad en torno a esta imagen trasladada desde San Lorenzo. Muchos datos me llevan a pensar, aunque no lo tengo bien analizado del todo, que esta antigua imagen origen de la Hermandad (que no es la actual) procedía de la desaparecida ermita de San Juan de Letrán, en donde recibía culto y novenas con la advocación de Virgen de las Mercedes. Parece ser, donada por el anticuario Rafael Ortega ‘El niño santo’ cuyo domicilio era en la antigua casa de la calle Cardenal González en donde posteriormente se instalarían los Baños Califales.

El hermano de Pepe de la Rosa

Retomando la historia familiar de los De la Rosa Luque, el otro hermano varón se llamaba Miguel, del cual habla Alfonso Gómez Crespo (1944-2019) en su ameno libro ‘La Córdoba Golfa’ por su papel como empresario de la hostelería más festiva.

Cuando se hizo efectiva la herencia de sus padres Miguel se embarcó en negocios de diversión como el Saint Cyr Club, una discoteca que marcó época en aquellos años de los 60 a 80 instalada en lo que fue el Pasaje Rivera, en el emblemático edificio que había construido Federico Valera Espinosa. A aquel local le dio un estilo «de mucho postín», todo enmoquetado con lámparas y apliques que daban un aspecto de buen gusto y categoría. Allí se puede decir que hizo una buena inversión en sus primeros años, pero como siempre pasa inevitablemente en este tipo de negocios, pasó la fama, decayó, y al final tuvo que dejarlo.

Más tarde montó el Golden Club, entre los 80 y 90, donde también hizo una gran inversión para ponerlo en marcha. Pero, salvo por la minoría de gente con mucho dinero, para la gente «normal» este tipo de local caro era casi prohibitivo con sus precios, por lo que su número de clientes sería siempre muy limitado. Así que enseguida tuvo necesidad de hacer sociedades y buscar otros capitalistas, bien con el personal que atendía sus negocios, o con Miguel Galiot, que disponía de un buen capital que había ganado su padre con la construcción (además fue aspirante a la presidencia del Córdoba CF).

El caso es que Miguel de la Rosa Luque poco a poco se fue retirando de la ingrata gestión directa de estos negocios, aunque siguiera participando al margen como socio. Aun así, le picó el gusanillo y montó un restaurante de lujo en la calle Doctor Barraquer al que denominó La Estancia. Como era su inevitable sello, lo hizo a lo grande: mármol en solería, maderas nobles, costosa decoración en lámparas y vajillas carísimas...

De nuevo, ese tipo de restaurante resultó demasiado para lo que era Córdoba, una ciudad con poco movimiento de hombres de negocios, y menos aún con gente de posibles. Tampoco funcionó a pesar de que sus amigos de siempre como Curro Prado, Paco Bueno, Rafael Fernández, Pepe Priego, José Luis Flórez de Quiñones, Gabriel de la Haba, José María Salinas, Manolo Funes, Pepe Torres, José Ignacio del Prado o Pepe Altolaguirre se pasaran por allí. No era suficiente para justificar la enorme inversión.

Hace muchos años, a principios de los 90, me encontré a Miguel por las Tendillas, nos saludamos y charlamos un rato en el Boston. Le pregunté por su hermano Pepe, al que le había perdido la pista, y me comentó que, tristemente, había fallecido poco antes (1989). Él se iba a marchar nada menos que al País de Gales, la tierra de su esposa, en donde esperaba (no podía ser menos) poder montar un negocio de hostelería y nombrarlo como El Español.

En aquel corto rato que coincidimos tomándonos un café en el Boston le recordé lo entrañable que era su hermano Pepe, y él me confirmó que no quería nada más en este mundo que estar ayudando en la parroquia, tocar las campanas y vestirse de monaguillo.

Entonces le dije a Miguel que eso le pasaba a casi todos los chiquillos que andaban alrededor del portalón de la iglesia, y añadí: «Tú mismo tienes una foto vestido de monaguillo en el año 54, de aquella concentración de pequeñas procesiones que a hombros de chiquillos y sobre parihuelas salieron de todas las parroquias de Córdoba con motivo de las Misiones».

Le comenté que en la foto salía junto a una chica de la calle el Trueque, Mari Carmen Roldán Estrada, y que portaban un pequeño crucificado al que el poeta Pablo García Baena le había puesto incluso el velo que simulaba la noche en similitud con el Cristo de Ánimas.

Miguel de la Rosa, un tanto extrañado, y por otra parte agradecido, me pidió una copia de esa foto, y al día siguiente se la entregué tomándonos otro café. La guardó con cuidado en su cartera, me volvió a agradecer que se la diera, y me dijo: «Me llevo esta foto a Gales. Es un recuerdo muy emocionante y querido de mi juventud». No volví a verlo más.

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