Fernando Adell, en la sede de Asaja Córdoba

Fernando Adell, en la sede de Asaja CórdobaLVC

Fernando Adell, presidente de Asaja Córdoba

«Nuestro trabajo es producir alimentos sanos y cuidar del medio ambiente: eso es ecologismo real»

Adell cumple un año al frente de la entidad agroganadera

El sector primario no solo nos da de comer, que no es poco, sino que además se ha convertido en los últimos años en el campo de batalla (físico) en el que se libra otra guerra que, además de ser cultural, trata de recuperar el sentido común y la decencia que nos hemos ido dejando por el camino de la desidia, la comodidad y la continua mirada en el espejo del individualismo.

Si se puede encontrar cierto romanticismo de clase en las luchas de ayer protagonizadas por los jornaleros, ahora, en un curioso reverso, es la patronal la que sale a la calle pancarta en mano. Si a esos propietarios les quitamos el sesgo terrateniente, lo que encontramos son personas y familias que trabajan de sol a sol, que arriesgan cada día su patrimonio, que crean empleo y que, como se ha apuntado antes, nos alimentan. Esa es quizá la mayor vindicación que hacen los agricultores y ganaderos: que se les reconozca el papel estratégico e insustituible que tienen en nuestras vidas.

Después vendrá el tema de las ayudas, la enigmática PAC, el infierno burocrático de los despachos y el ecologismo de salón como nueva religión dogmática. Pero sobre todo quieren recordarnos que sin ellos usted no puede preparar el gazpacho de hoy ni haber disfrutado de la barbacoa de ayer, en un domingo que habrá comenzado con un café bien cargado y con leche descremada por aquello de la báscula. Lo cotidiano acaba diluyendo lo que es imprescindible.

Sobre esto y algún tema más hablamos con Fernando Adell Martí (Tortosa, Tarragona, 1960), un ganadero cordobés del Valle de los Pedroches con raíces catalanas que ha cumplido recientemente un año al frente de Asaja Córdoba. Nos recibe en la base de operaciones de la asociación agraria, una nave industrial repleta de actividad, a pesar de que agosto es la hoja que aparece en el almanaque.

Fernando Adell

Fernando AdellLVC

- Un año como presidente de Asaja Córdoba. ¿Qué balance hace de estos doce meses?

- El balance es positivo. Hemos tenido muchos problemas y muchas satisfacciones, y hemos peleado todo lo posible. Ha sido un año en el que se ha anunciado una modificación de la PAC. Estuvimos en Bruselas en junio, en la presentación que se hizo a mediados de julio. Allí explicaron, en líneas generales, que había que pagar los intereses de la deuda de los fondos Next Generation y destinar dinero a gasto militar por la guerra de Ucrania. Y cómo ese dinero tiene que salir de algún lado, lo obtendrán del mayor presupuesto de la Unión Europea, que es la Política Agraria Común.

En resumen, calculo que se reducirá entre un 25 y un 30 % el reparto actual de fondos. Algunos cultivos tendrán más suerte y otros saldrán más perjudicados, pero en términos globales esa será la rebaja. Además, se va a renacionalizar parte de la PAC, lo que significa que los países miembros tendrán más autonomía para subir o bajar los fondos destinados a la política agraria. Dejará de ser una política común y aparecerán diferencias entre Estados.

También se introducirán restricciones en las ayudas mayores. A partir de 20.000 euros de ayudas básicas empezarán los descuentos: hasta esa cifra no habrá recortes, pero de 20.000 a 50.000 se podría quitar un 10 %, de 50.000 a 70.000 un 20 % y, a partir de 100.000, ya no se cobraría más. Esto contrasta con la política de impulsar explotaciones grandes y rentables. Muchas familias han unido patrimonios bajo un mismo NIF para crear explotaciones más competitivas y ahora, precisamente, son esas explotaciones las que salen más perjudicadas con la nueva PAC.

- Y en concreto al campo cordobés, ¿cómo le va a afectar esta nueva PAC?

- La mayor parte del campo cordobés está formado por latifundios, mucho más que en zonas como Castilla y León o Cataluña. Son PAC más grandes y los recortes les afectarán mucho. El tema del olivar aún no está claro, porque en Córdoba tenemos desde olivar en seto, en regadío, más tecnificado y preparado, hasta olivar de alta montaña, como en la zona de Obejo. Parece que habrá ciertas compensaciones, porque no cuesta lo mismo producir un kilo de aceituna o de aceite en Obejo que en la campiña cordobesa. Ahí es donde creo que se aplicarán ayudas a las zonas desfavorecidas.

- Hablando del olivar ¿cómo fue la última campaña? ¿Y qué previsión de producción se tiene para la próxima?

- La producción de la pasada campaña fue muy buena, de alrededor de un millón cuatrocientas mil toneladas, una cifra muy elevada. Partíamos de precios altos, pero con tanta cosecha los precios se hundieron, en mi opinión más de la cuenta. Prueba de ello es que ahora han repuntado al alza. La explicación está en las exportaciones: en Córdoba, por ejemplo, en julio de 2025 se vendió al exterior un 15 % más de aceite que la media de los últimos diez años. Ha sido un año récord en ventas internacionales.

El mercado pensaba que, tras una primavera muy buena y una floración abundante, la próxima campaña mantendría las cifras de la anterior. Sin embargo, con las altas temperaturas del verano, la previsión de cosecha para este otoño ha descendido. Eso significa que el aceite disponible para enlazar con la siguiente campaña será menor de lo esperado, lo que ya se está reflejando en una subida del precio. El aceite virgen extra, que en plena campaña rondaba los 2,5 euros el kilo, se sitúa ahora cerca de 4, lo que supone casi un 50 % de incremento.

A esto se suma el impacto de las tasas de entrada impuestas por Trump a las importaciones de aceite de oliva europeo en Estados Unidos, un 15 %. Sin embargo, no creo que encarezcan el producto de forma significativa: si el kilo vale 4 o 5 euros, ese recargo supone unos 75 céntimos, lo que no resulta determinante en el precio final de un litro de aceite.

- De todas maneras, los agricultores ya tienen experiencia con el tema de los aranceles.

- Exacto. Ha habido situaciones peores. Antes se aplicaban aranceles mucho más altos y, en ocasiones, solo a España, mientras que países como Italia quedaban fuera. Ahora, al menos, en Europa jugamos todos con las mismas cartas: Italia, Grecia, Francia y nosotros, que somos los productores. En ese sentido, no creo que los aranceles actuales vayan a causar un daño significativo.

- Seguimos con el olivar, porque se ha implantado el regadío sobre todo en olivares superintensivos. ¿Es viable trasladar ese modelo al secano en la campiña cordobesa?

- Me consta que el IFAPA y la Administración están haciendo pruebas en fincas de Écija con olivar superintensivo en secano. Evidentemente no es lo mismo que en regadío, pero hay zonas que no son susceptibles de ser regadas. Con la crisis de precios en los cereales, y teniendo en cuenta que las producciones de trigo en Rusia y Ucrania son enormes y vamos a tener que comprarlas sí o sí, habrá que buscar una alternativa al cereal en la provincia de Córdoba.

De hecho, si cogemos la carretera hacia Málaga o Sevilla, lo que hace veinte años eran tierras de cereal hoy son olivares. Creo que el olivar es la alternativa al cereal. Y, evidentemente, donde haya agua lo mejor es el regadío, pero donde no la haya, el secano también puede ser viable. Parece que hay variedades de olivar en seto que funcionan muy bien en esas condiciones.

- Ha hablado ya varias veces del tema de los precios, ¿qué papel desempeñan las lonjas?

- Una lonja lo que hace es dar fe pública de los precios que existen, casi como un notario. Su existencia, por sí sola, no hace que los precios suban o bajen. Si hubiera una única lonja en toda España, quizá podría estar más controlada, pero en realidad hay muchas: en Córdoba, en Sevilla, en Ciudad Real, en Toledo… prácticamente una en cada provincia. Por eso, cada lonja refleja la particularidad de su zona en función de la producción, pero en definitiva lo que hace es certificar los precios que hay.

- Uno de los aspectos que afecta en los últimos años al sector agrario es la falta de mano de obra. ¿Qué soluciones se proponen desde Asaja para ello?

- Creo que los dos principales problemas que tiene el campo andaluz, y el campo en general, son el agua y la mano de obra, muy ligados entre sí. Normalmente, los cultivos que más mano de obra necesitan son los que requieren agua: no tanto el olivar, sino productos como el espárrago, el ajo o la cebolla. Son los cultivos hortofrutícolas los que más empleo generan.

Lo que necesitamos son cultivos que den trabajo durante todo el año. Hasta ahora, en muchos pueblos los trabajadores viven únicamente de la campaña del olivar: trabajan cuatro o cinco meses y el resto dependen del paro o de una ayuda. Si se pudieran enlazar diferentes campañas en toda Andalucía, la gente de los pueblos tendría trabajo diez meses al año, y eso daría más estabilidad y atraería más mano de obra. También son necesarias industrias que transformen la producción del campo, porque esa es la única manera de crear empleo continuado.

Además, me molesta escuchar en televisión que la juventud no puede comprar ni alquilar una vivienda porque un piso cuesta 1.500 euros al mes. Eso ocurre en algunas zonas de Madrid, Barcelona o Málaga, pero no en la mayoría de los pueblos. En Fernán Núñez, Montilla, Pozoblanco o Villanueva de Córdoba se puede alquilar una buena casa por 400 o 500 euros. Sin embargo, siempre se ponen ejemplos de las grandes ciudades, olvidando que en los pueblos también hay colegios, institutos, hospitales y una calidad de vida igual o mejor. Estamos despoblando el campo, con los riesgos que eso conlleva, como los incendios, y concentrando a la gente en bloques de pisos en las capitales. La juventud debe saber que también tiene futuro en los pueblos.

Lo que necesitamos son cultivos que den trabajo durante todo el año. Hasta ahora, en muchos pueblos los trabajadores viven únicamente de la campaña del olivar

- Ha apuntado algo interesante pero también polémico, que es el tema del subsidio. Efectivamente, después de terminada la campaña hay un subsidio que podría desincentivar el empleo.

- Estos son temas delicados, pero creo que habría que hacer una modificación muy profunda de las leyes laborales. Por supuesto que hay que dar ayuda al que la necesite, pero habiendo trabajo, hay que trabajar. No sé si suena duro, pero es la realidad. Estamos trayendo gente de fuera para trabajar en el campo y, para poder hacerlo, lo primero que se exige es una autorización del SEPE que certifique que aquí no hay trabajadores disponibles. Esa comprobación se hace mediante una oferta de empleo que nadie acepta. Sin embargo, las cifras de paro y de subsidios son muy altas. Es una contradicción: hay mucha demanda de trabajo y, al mismo tiempo, mucho desempleo.

El campo, además, arrastra una mala prensa. Antiguamente podía tener sentido porque se trabajaba de sol a sol, pero este año hemos negociado el convenio con UGT y las condiciones laborales son exactamente iguales a las de cualquier industria: mismo número de horas, mismo nivel de salarios, mismas coberturas por accidentes y otros derechos. ¿Por qué no quitamos ya esa imagen negativa y empezamos a ver el campo como una forma de vida más que digna? Yo me he criado en el campo, soy ganadero y me encanta.

Nuestro trabajo tiene dos grandes objetivos. El primero es producir alimentos. Los que elaboramos son productos sanos, con una trazabilidad completa y segura, en su inmensa mayoría ecológicos. El segundo es cuidar del medio ambiente. Y lo hacemos día a día: limpiando cauces, controlando la vegetación, pastoreando ovejas, vacas o cabras que eliminan pasto seco y reducen el riesgo de incendios. Eso es ecologismo real, no el de quien vive en un piso y sale el fin de semana al monte a protestar contra una valla.

- De la mano de obra al agua, que efectivamente es uno de los grandes problemas que tiene el campo y en concreto Córdoba como provincia. Han presentado recientemente alegaciones a los planes hidrológicos del Guadalquivir y del Guadiana. ¿Qué es lo que reclaman?

- La explicación es muy simple. Córdoba es la provincia andaluza con mayor capacidad de embalsar agua y, sin embargo, es la que menos concesiones de riego tiene. Eso es una injusticia tremenda: aquí se embalsa toda el agua y luego no se conceden permisos para regar.

El cauce del Guadalquivir lo llaman «ecológico», pero no lo es. Lo normal en un río es que a finales de agosto apenas lleve agua. Sin embargo, como río arriba se han construido presas, se va regulando el caudal para mantener un aspecto que parece de Centroeuropa. Esa agua procede de los embalses y la mayor parte se destina a los cultivos de arroz entre Sevilla y Cádiz. Lo que reclamamos es que se conceda más agua a la provincia de Córdoba.

Y si no se autorizan más concesiones del río o de los embalses, pedimos al menos que se permita a los propietarios de fincas construir balsas. No entiendo por qué no se permite. Si pasa un arroyo o un río por una finca y en invierno o primavera ese caudal acaba en el mar, ¿por qué no autorizar al propietario a bombear parte de ese agua hacia una balsa para poder regar después durante todo el año

- Es difícil de entender que se desperdicie tanta agua, sobre todo después del periodo de sequía que hemos padecido.

- Se pierde muchísima más de la que se aprovecha. Soy de Pozoblanco y, en el norte de la provincia, están los pantanos de Puente Nuevo, La Colada y Sierra Boyera. El de Puente Nuevo, sobre todo, tiene gran capacidad, pero no son capaces de interconectarlos. El año pasado, durante casi dos años, en todos los pueblos del norte hubo restricciones de agua: para lavarse había cortes, y para beber había que acudir al centro del pueblo o comprar garrafas de agua potable en las tiendas. En pleno siglo XXI, eso es inconcebible.

El cambio climático asegura que la sequía volverá. Igual que lo que ha pasado en Valencia con una DANA puede repetirse, también regresarán periodos de sequía. Que ahora los pantanos estén llenos no significa que debamos olvidarnos de la necesidad de embalsar más agua. La sequía volverá con seguridad, y parece que siempre reaccionamos a última hora, solo para salir en la foto.

- España está ardiendo y se mira al sector agroganadero como parte, en un principio, de la solución. Respecto a los incendios ¿qué opinión le merece la gestión de los mismos y qué papel deberían tener los agricultores y ganaderos?

- Los incendios, por definición, son un desastre. El presidente del Gobierno dijo hace poco que estamos en una emergencia climática, pero yo diría que el 99 % de los incendios no son casuales: alguien les prende fuego. Quien lo hace sabe perfectamente lo que hace, porque coloca varios focos, aprovecha la dirección del viento y busca las horas de más calor, entre las tres y las cuatro de la tarde, que es cuando son más fáciles de propagar. Rara vez un incendio empieza a las siete de la mañana.

Creo que la agricultura, la ganadería y la población rural son el principio de la solución. En muchos pueblos de Orense, Palencia, Zamora o León, donde los incendios han sido terribles, la propia población ha tenido que apagar el fuego porque no había suficientes medios. Si en esos pueblos hubiera más habitantes ligados al campo —uno con sus vacas, otro con ovejas, otro con cereal— todos se sumarían a sofocar el incendio.

En los pueblos, además, cuando hay un fuego casi nunca se sabe con certeza quién lo provoca, pero sí suele haber muchas sospechas. Y cuanta más población hay, más vigilancia existe. También se limpian más las cunetas, las fincas se mantienen cuidadas y todo eso ayuda a prevenir. En definitiva, que la gente vuelva a trabajar en el campo y a vivir en las zonas rurales es parte esencial de la solución a los incendios.

- No parece fácil. En el centro del debate se ha colado el exceso de burocracia europea.

- Sí, de la europea, de la española, de la andaluza… de todas. En la zona del Valle del Guadiato, por ejemplo, se han hecho plantaciones de pistachos, almendros y olivar que están funcionando muy bien. Pero si tienes una finca catalogada como zona de siembra, lo más seguro es que no te autoricen a cambiar el cultivo. ¿Por qué? Porque la ley dice que ahí corresponde cereal o pasto, y no se permite otra cosa.

Si yo quiero plantar pistachos porque creo que pueden dar buen resultado, no me dejan. Y, sin embargo, eso generaría empleo: primero en la propia plantación, luego en la recolección -donde en lugar de una cosechadora en dos días habría cuadrillas de veinte personas- y después en labores como la poda. Es lo que decía antes: hay que buscar producciones que den la mayor cantidad posible de mano de obra para que los pueblos no se vacíen y haya gente que quiera trabajar en el campo.

Yo reconozco que soy un enamorado del campo, pero creo que es la única solución. Si seguimos abandonando las poblaciones rurales, llegará un día en que no quede nada.

- Eso será, en cualquier caso, mucho más complicado si en vez de pistachos lo que se plantan son placas solares.

- Eso es un disparate como la copa de un pino.

- Asaja se ha pronunciado al respecto.

- Sí. Si un agricultor o un propietario quiere poner placas solares y llega a un acuerdo con una empresa, entra dentro de la libertad de mercado: yo tengo el terreno, tú las placas, nos ponemos de acuerdo. Aunque no nos guste, es una decisión entre partes.

El problema es que ahora se quiere aprobar una normativa que permita que, si en una parcela ya hay placas solares y el propietario colindante quiere hacer una ampliación o instalar baterías para almacenar energía, pueda solicitar la expropiación de esa otra finca. Eso nos parece un disparate absoluto. Es una limitación del derecho de propiedad que no está justificada por un verdadero interés público.

Las expropiaciones solo deberían producirse cuando el bien social esté claramente demostrado, y aquí es muy discutible que lo sea. Más aún cuando ya estamos bien cubiertos en energía solar y, de hecho, se ha llegado a decir que parte de los problemas del gran apagón se debieron al exceso de producción de energía solar y eólica.

- En este asunto hay dos factores determinantes: por un lado, cuentan con el favor de la Administración, y por otro, detrás están fondos de inversión muy potentes. ¿Cómo puede enfrentarse el sector a esto?

- Desde Asaja, protestando y haciendo todas las movilizaciones que hagan falta. Confiamos también en que nuestros representantes tomen conciencia de esta situación, aunque sabemos que es un tema muy complicado y, en cierto modo, muy abusivo.

- Hablando de la Administración, ya han pasado siete años del cambio político en la Junta. ¿Han mejorado las políticas agrarias con los gobiernos de Juanma Moreno? ¿Qué valoración hace de la labor de la Consejería de Agricultura?

- Las políticas agrarias, en realidad, vienen de arriba, de la Comunidad Europea. La Comisión y el Parlamento Europeo marcan las directrices, de ahí pasan a los gobiernos centrales y, después, a los autonómicos, que son quienes se encargan de aplicarlas.

En cuanto al funcionamiento, diría que ni mejor ni peor. Los funcionarios son los mismos que antes, los mismos que en tiempos del PSOE. Me refiero a los funcionarios de oposición, que son quienes aplican las normas que vienen de Europa. Mi experiencia es que, cuando discuten un político y un funcionario, este último saca la norma y dice: «Aquí pone esto». Y los políticos, normalmente, no asumen el riesgo de tomar una decisión distinta.

- Usted es ganadero. ¿Cuales son los retos de la ganadería actualmente en la provincia?

- Córdoba es una provincia que, en términos agroganaderos, lo tiene prácticamente todo. En el norte están el Valle del Guadiato y el Valle de los Pedroches, eminentemente ganaderos; la sierra cordobesa es zona de caza; la Subbética es olivarera; el valle del Guadalquivir, naranjero; y la Campiña, agrícola. La mitad de la provincia es eminentemente ganadera, y sus principales producciones son la oveja, la vaca de carne, la vaca de leche y el cerdo ibérico.

En cuanto a precios, este año ha sido muy bueno en todos los sectores: vacuno de carne, vacuno de leche y porcino. Sin embargo, hemos tenido un problema sanitario muy grave con la lengua azul. Cuando hablas con políticos o representantes de la Administración, dicen que la culpa ha sido de los ganaderos por no ser responsables. Pero si hablas con los ganaderos, la percepción es otra.

Durante años, la vacunación contra la lengua azul era absolutamente obligatoria: si no vacunabas, no podías mover tus animales. Los ganaderos lo asumieron y vacunaban con los serotipos 1, 4, y más tarde el 3 y el 8. De la noche a la mañana, una norma nacional estableció que la vacunación dejaba de ser obligatoria y pasaba a ser voluntaria. A eso se añadió que, cuando los ganaderos que sí querían vacunar acudieron a sus ADSG (Agrupaciones de Defensa Sanitaria Ganadera), en determinados momentos del año no había vacunas disponibles.

El razonamiento lógico de muchos fue: si antes nos decían que la vacuna era obligatoria e imprescindible y ahora pasa a ser voluntaria, entonces no será tan necesaria. Pero la realidad no era esa. Cuando llegó el mosquito transmisor y picó a las ovejas, se produjo una epidemia grave. Y cuando se quiso reaccionar ya era tarde, porque no se puede vacunar a un animal enfermo.

La Administración culpó a los ganaderos por no haber vacunado. Pero si toda la vida nos habían obligado, y de repente pasa a ser voluntario sin que se insista en la recomendación de vacunar, la interpretación lógica es que ya no hacía falta. Lo que no se explicó es que la medida respondía a que la Administración dejaba de subvencionar la vacuna, no a que hubiera dejado de ser necesaria.

Fernado Adell, durante la entrevista

Fernado Adell, durante la entrevistaVA

- ¿Siguen manteniendo la categoría de persona non grata al ministro Planas?

- (Ríe) Para mí no hay ninguna persona non grata, palabra de honor. Pienso que todo el mundo actúa en función de sus circunstancias, como decía aquel filósofo. Evidentemente, el señor Planas ha tomado decisiones que han perjudicado mucho al campo cordobés y, sobre todo, al olivar. Pero me cuesta creer que un político piense en hacer daño de manera consciente a un grupo concreto de agricultores.

Entiendo que sus decisiones son más generales. Asaja, por supuesto, no comparte los planteamientos del señor Planas ni los de instancias superiores, pero son quienes mandan. Y declarar a alguien persona non grata no creo que sea bueno ni para él ni para nadie. Todo el mundo tiene sus motivos para hacer las cosas.

- Los últimos años han estado marcados por la movilizaciones. Da la impresión que en el tablero europeo la agricultura española no tiene la relevancia que debería.

- España es muy agrícola, pero el problema es que aquí el campo ha estado mucho más abandonado que en otros países. Si viajas por Francia en carreteras secundarias, ves muchos pueblos y muchísima gente viviendo en el campo, con luz eléctrica de red e internet en cualquier rincón. En Italia o en Alemania ocurre lo mismo: el campo está cuidado y habitado. En cambio, España es, con mucha diferencia, el país más despoblado en su medio rural, y dentro de España, Andalucía. Puede que los latifundios hayan influido en ello. Si vas a Galicia, Castilla y León, Cataluña o Valencia, encuentras pueblos cada pocos kilómetros; pero de Madrid hacia abajo la situación cambia mucho.

Por eso es fundamental fomentar el trabajo en el campo y que la gente viva en núcleos rurales. El coste de vida es infinitamente menor que en una gran ciudad. Y lo digo muchas veces: levantarse cada día a las cinco o seis de la mañana, salir de un bloque, meterse en un metro abarrotado durante casi una hora, trabajar siete horas en una nave industrial apretando un tornillo, volver al metro y no ver el sol en todo el día… para mí, eso no es calidad de vida.

Hace falta que desde los poderes públicos se haga una labor de concienciación: antes se despreciaba el trabajo en el campo, y ahora hay que devolverle el prestigio que merece como oficio digno. La gente debe ser consciente de que los agricultores y ganaderos son productores de alimentos y cuidadores del medio ambiente.

- Ese urbanita que usted describe es el que después, en las tertulias televisivas, se atreve a decirle a la gente del campo cómo tiene que vivir, ¿no?

- Exactamente. Y, a mi modo de ver, el que vive mal es él. En el campo se come bien, se producen alimentos sanos, casi del tomate en la mata. Mientras, en las ciudades se consume todo enlatado o envasado, y basta leer un prospecto para ver lo que llevan esos productos. Y son precisamente esas personas las que nos dicen cómo tenemos que vivir en el campo, cuando no se dan cuenta de que, sin nosotros, no tendrían nada que comprar en las estanterías del supermercado.

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