Subidos en los hombros de gigantesBernd Dietz

Psicopatología de la vida cotidiana (y III)

Es una psicopatía impregnada de encono, partidismo y menosprecio al adversario, que luce una falta esencial de compasión y simpatía

Actualizada 05:00

Una cartografía del resentimiento no puede estar completa sin mentar la izquierda política que conocemos, sus actuaciones y su etiología. No hablamos de una izquierda civilizada y democrática, de corte occidental, que se mostrase respetuosa con el pluralismo, la separación de poderes, la defensa de la patria y la libertad individual. Sino de la que se impone a pasos de gigante en España, la antisemita y pro Hamás.
Socialistas y comunistas, que antaño iban de internacionalistas, hoy son furibundos partidarios del separatismo xenófobo, la desigualdad entre territorios y la deconstrucción asimétrica del Estado. Persiguen que los pobres subvencionen a los ricos, que para eso son de raza superior o, alternativamente, un apoyo socorrido, como lo fue Hitler para Stalin en el Pacto Ribbentrop-Mólotov, firmado en Moscú nueve días antes de que estallase la Segunda Guerra Mundial. Los soviéticos estaban tan felices de poder merendarse media Polonia gracias al Führer, que se tiraron año y pico echándole flores en Pravda. ¿No estamos asistiendo a algo semejante en España, a un romance con regusto mefistofélico?
Aunque –en el panorama cercano-- sea innegable que se trata de una alianza táctica y un tosco reparto de poder para dañar a terceros (verbigracia, el constitucionalismo español y el sistema político emanado de la Transición), no cabe dejar de ver otras concomitancias más profundas en lo psíquico y en lo moral, o inmoral. No cuesta detectar en la actualidad española cómo al Frankenstein gobernante lo une un pegamento real. Es una psicopatía impregnada de encono, partidismo y menosprecio al adversario, que luce una falta esencial de compasión y simpatía. Lo más parecido al frentismo que sufrimos desde 2004 es, claro, el clima de nuestra Guerra Civil, omnipresente entre estos enemigos de la avenencia. Ese decisionismo aniquilador que se declara con la Revolución de 1934 vuelve a estar de moda, proyectando la idea de que una derecha liberal y conservadora no tiene por qué gobernar. Como vuelven a estar cuestionadas la unidad nacional, la libertad de expresión, la propiedad privada o la presencia pública del catolicismo.
El guerracivilismo de esta izquierda evoca al yihadismo, con su noción de que el islam es la única religión válida y de que o te conviertes o serás esclavo; al comunismo tornado ya dictadura del proletariado, que es un régimen de terror controlado por un tirano y su policía secreta; al nazismo, otro totalitarismo en el que no cabe disidencia, y que liquida a «seres inferiores» y enemigos políticos; e incluso al globalismo en su versión final, la no edulcorada, la de un mundo de quinientos millones de habitantes, con el planeta felizmente «reparado». En estos sistemas, no distintos del azteca, lo esencial es negarle condición humana, y oportunidad de vivir con dignidad, al que no es de tu calaña. Esa, y no otra, es su patología. Que es, por descontado, inseparable de su codicia. Los mexicas se apropiaban de los cuerpos de los 150.000 indígenas de otras etnias que asesinaban cada año para mostrar hegemonía y comerse su carne. La lucha de clases marxista da matarile a los «enemigos de clase» para adueñarse de sus bienes. Exactamente igual que los nazis con judíos y «pueblos inferiores». Monstruos serán, pero no tontos.
Empero, no pensemos que los psicópatas son ogros, ayunos de sentimientos. Con los suyos, pueden ser dulces y tiernos, acariciar a sus niños y mascotas, comer y beber tan apaciblemente con amigos. Les gusta lo mismo que a la gente normal. Solo que su mundo es excluyente, de iniquidad hostil. En él no caben los enemigos que han sido designados como objeto de expolio y venganza, sean judíos, burgueses que no se dicen anticapitalistas (si te declaras anticapitalista, ya puedes ser tranquilamente millonario, que no te arañan el Ferrari), españolistas, conservadores, liberales, cristianos o, simplemente, librepensadores. Solo merecen relajarse, gozar de los bienes de la tierra y sonreír los de su secta. Los demás deben ser desactivados o eliminados, emparedados tras un muro, como señala el presidente Sánchez.
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