Subidos en los hombros de gigantesBernd Dietz

Decreced y diezmaos, vaciad la tierra (y III)

Los 17 objetivos de la Agenda 2030 se parecen a las tres tentaciones de Satanás que sufrió Cristo en el desierto. Son ofertas endemoniadamente sugestivas, tan mentirosas como astutas

Actualizada 05:00

Otro notorio malthusiano de estos tiempos es David Foreman, fallecido en 2022. Fue uno de los propulsores del llamado ecologismo radical, que aspira a devolver la tierra a su estado salvaje y a sabotear, incluso mediante la violencia, la acción del hombre sobre el medio natural. Su movimiento conocido como «Earth First!» Se ubica entre la Primavera silenciosa de Rachel Carson y los actuales planes de restauración de la naturaleza de la Unión Europea. Una impronta lúgubre y milenarista. En 1993, este pajarraco progre escribió: «Una nueva época glaciar está a punto de llegar, y yo la recibo como un cambio necesario. No encuentro solución alguna a la destrucción de la tierra que no pase por una drástica reducción de la población humana.» Según se aprecia, da igual inventarse un enfriamiento global que un calentamiento global, si de lo que se trata es de agitar un catastrofismo que justifique acabar con la humanidad por el «bien» del planeta. No pocos universitarios, activistas, políticos y demás iluminados suscriben estos devaneos, entre ellos Polly Higgins o Jojo Mehta, luchadoras contra el «ecocidio», que en su belicosidad combinan el culto a lo telúrico con el repudio a los sujetos dotados de cuerpo y alma.

Afirman algunos negacionistas del Holocausto que el asesinato de seis millones y pico de judíos es una mera leyenda, habida cuenta de que no se ha encontrado una orden escrita de Hitler determinando su ejecución. Desde luego no cabe sostener lo mismo con respecto a las intenciones de estos magnates, políticos y forjadores de opinión «progresista», porque sus migas de Pulgarcito abundan. El avezado periodista uruguayo José Antonio Friedl Zapata describió así la fórmula: «Es la Agenda Soros, que incluye para dominar el mundo temas como el cambio climático, las minorías raciales y sexuales, el aborto, la reducción de la población mundial, la guerra contra la familia tradicional, eliminación de las fronteras y de las naciones, guerra contra las visiones religiosas judeocristianas de las democracias occidentales. Todo esto con una fuerte dosis de marxismo cultural, un engendro que le permite estar a ambos lados del mostrador, para mejor dominar la escena política mundial.»

Se supone que fue Ted Turner, el dueño de la cadena CNN, quien mandó erigir las llamadas Georgia Guidestones, atribuidas a «un pequeño grupo de americanos que buscan la era de la razón». Sus más de cien toneladas de piedra, distribuidas en cinco monolitos de casi seis metros de altura, fueron inauguradas el 22 de marzo de 1980 y luego destruidas con el mismo misterio el 6 de julio de 2022. Constituyen las tablas de la ley del credo globalista, resumidas en diez mandamientos esculpidos en inglés, español, suajili, hindi, hebreo, árabe y ruso. Entre sus exigencias están mantener en todo momento la población mundial por debajo de los quinientos millones de personas, controlar sabiamente la reproducción y una serie de beatíficos brindis al sol. El décimo mandamiento es significativo: «No ser un cancro en la tierra, dejarle espacio a la naturaleza, dejarle espacio a la naturaleza» [sic]. Repitiendo, por dejarlo claro. Como si cupiera duda de lo que piensan hacer con nosotros.

Del mismo modo que la dirigencia nazi, al intuir que la guerra estaba perdida (y que el cacareado Reich de los mil años al final quedaría --para su contrariedad-- en apenas doce), aceleró a tope la «Solución Final» al objeto de erradicar, mientras restasen tropas, trenes y Zyklon B, cuantos judíos fuera factible de la faz de la tierra, los popes globalistas fabulan con ver nuestro planeta libre del 95% de su población antes de estirar ellos la pata. Comprensible antojo en ambos casos. Cierto que las políticas de aborto y eutanasia, de homosexualismo y transexualidad, de esterilización con engaño y feminismo androfóbico, de arrasamiento de la agricultura y la ganadería (alegando que producir alimentos es climáticamente dañino) o de actuación sobre las aguas y la atmósfera, sumadas en sus efectos, dan buen juego. Pero resultan agobiantemente lentas para quien quiera ver plasmados los frutos de su esfuerzo. Es algo frustrante que la utopía de un mundo casi por entero exento de seres humanos se retrase. ¿Cómo podrían acortarse plazos?

Quién sabe. Nos consta que Gates es el principal financiador de la OMS, así como accionista de referencia en Pfizer, Moderna y otras farmacéuticas. La Fundación Bill y Melinda Gates (que sigue viva tras el divorcio) lleva desde 2014 patrocinando las vacunas con tecnología ARN mensajero y ejerce influjo decisivo en el laboratorio alemán BioNTech. «Amo las vacunas», dijo tan pimpante el «filántropo» en una charla sobre cambio climático y superpoblación, acaso pasándose de efusivo. Y en un evento TED arguyó: «Hoy el mundo tiene 6.800 millones de personas. Nos encaminamos a los 9.000 millones. Ahora bien, si hiciéramos un buen trabajo con nuevas vacunas, asistencia médica y servicios de salud reproductiva, bajaríamos esa cifra en un 10 o 15%.» ¿No midió sus palabras? En Planned Parenthood, «salud reproductiva» es el eufemismo habitual para «aborto». La Fundación Gates, de momento, se ha ganado la reprobación oficial de India y Kenia, una vez que sus gobiernos condecoraran a Bill y Melinda por haber vacunado gratis a millones de mujeres contra el tétanos, al descubrir que lo que habían hecho los «magnánimos» era esterilizarlas sin su permiso. ¿Podría una «vacuna» introducir de matute consecuencias ignotas, tornando peor el «remedio» que la «enfermedad»? ¿Y si además el virus que supuestamente combatiera –un Covid-19, pongamos—lo hubiesen creado los mismos cálculos que diseñan esa vacuna «sinérgica»?

Los 17 objetivos de la Agenda 2030 se parecen a las tres tentaciones de Satanás que sufrió Cristo en el desierto. Son ofertas endemoniadamente sugestivas, tan mentirosas como astutas. En ambos casos se ofrece pan, «orden» y regeneración de la tierra a cambio de renunciar a la libertad y elegir la sumisión. Ciertamente ONU y globalismo nos regalan una síntesis dulcificada y ecuménica de la utopía nazi-comunista versión 1940, cuando eran aliados, decretando la felicidad futura bajo el totalitarismo. Si seguimos los argumentos del gran inquisidor en Los hermanos Karamazov de Dostoyevski –un cardenal sevillano que quiere salvar a los humanos de sí mismos mediante el sometimiento absoluto--, la raigambre bíblica y el engaño maligno son obvios. Cuenta menos que Dostoyevski busque reivindicar a Jesucristo frente a una Iglesia de Roma desviada de sus fines, algo que desde Ratzinger y su teología no está tan claro. Lo que posee rabiosa actualidad, sin embargo, son la labia del Inmundo y la babosidad de sus siervos.

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