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El orgullo del Tercer Mundo

En 1993, con el AVE recién estrenado, los Juegos Olímpicos de Barcelona ya celebrados y la Expo de Sevilla convertida en escaparate de España ante el mundo, la televisión pública consagraba a un dúo humorístico, Faemino y Cansado, con un programa titulado 'El orgullo del Tercer Mundo'. No fueron muchos los episodios, se emitía en La 2, que ya había dejado de ser la entrañable segunda cadena, y tenía todas las papeletas para quedarse en algo minoritario. Sin embargo, el dúo dio con una fórmula que combinaba distintas propuestas escénicas con la mejor tradición del humor absurdo español, y logró colarse entre los grandes. Sus programas se siguen buscando hoy en YouTube porque, entre otras cosas, dejaron sketches míticos. El título era una ironía sobre su factura de bajo presupuesto: sin apenas cortes ni montaje, con actuaciones grabadas en la sala Galileo Galilei de Madrid que huían del lujo y la parafernalia de la televisión convencional, e incluso del ambiente de una España que navegaba en una ola de modernidad y sofisticación como nunca antes había conocido.

Pero en los cimientos de aquella época esplendorosa ya anidaba el gusano de la corrupción. A quienes se empeñan en añorar un PSOE bueno, que nunca existió, conviene recordarles algunos casos de aquellos años, con un socialismo liderado por Felipe González que ya perseguía a los medios críticos, «el sindicato del crimen», o los vigilaba a través del CESID. Ahí está el caso de Juan Guerra, el hermanísimo, y su despacho de favores; el de Luis Roldán, primer civil (y socialista) al frente de la Guardia Civil, condenado por malversación, cohecho, estafa y fraude fiscal; el uso fraudulento de los fondos reservados, que salpicó también a Interior; el caso Ibercorp, de información privilegiada, que alcanzó a un exgobernador del Banco de España, o Filesa, el primer gran caso de financiación ilegal de un partido en España, articulado a través de las empresas Filesa, Malesa y Time Export, que cobraban a grandes empresas e instituciones por informes y asesorías fantasma para desviar fondos a las campañas electorales del PSOE. Tampoco hay que olvidar a los miles de cooperativistas que se quedaron sin las viviendas que nunca llegaron a construirse tras la quiebra de la cooperativa PSV, vinculada a UGT, ni el llamado caso AVE, derivado de Filesa, en el que se investigó el cobro de comisiones ilegales a cambio de adjudicaciones durante la construcción de la línea Madrid-Sevilla y que sentó en el banquillo a la excoordinadora de finanzas del PSOE Aída Álvarez.

España brillaba, sí, pero el cáncer ya estaba instalado hasta el tuétano, y la metástasis ha llegado en los últimos ocho años de gobierno socialista, con el apoyo de exetarras y separatistas. Pese a su sospechoso alumbramiento, el AVE funcionó durante años de forma impecable. Su degradación actual, con 115 vidas arrebatadas, es el ejemplo más claro de quienes gestionan lo público como si fuera un cortijo, una manera de hacer que ya se apuntaba en aquellos noventa que hoy añoramos ante el proceso acelerado de tercermundización que sufrimos en el ferrocarril y en el resto de los servicios públicos: una sanidad precaria y desbordada; una justicia acosada y con retrasos insoportables; unas empresas públicas repletas de enchufados, corifeos y afines, cuya gestión solo responde a la mediocridad de quienes no han llegado ahí por los principios de igualdad, mérito y capacidad. Y todo ello con una recaudación récord de Hacienda, que hace recaer el peso de este despropósito sobre los hombros de quienes trabajan y emprenden.

Y cuidado, porque esta tónica no se circunscribe al Gobierno de la nación. La tercermundización se ve también en las calles: en una recogida de basura y una limpieza que ya no funcionan como hace solo unos años, en obras que son más parches que fruto de una planificación profesional, en la proliferación de observatorios que no resuelven nada pero dan cobijo a los mismos enchufados que copan el resto de las instituciones. Es un mal transversal, que va desde un ministerio hasta el ayuntamiento más pequeño. No entiende de siglas, porque han sido las siglas las que han entendido que, para mantenerse en el poder, necesitan tirar del dinero público y sostener a un ejército de acólitos que les garantice fidelidad.

En ese punto estamos, y ese es uno de los grandes retos que deberá afrontar un nuevo gobierno, si llega: hacerlo con humildad y eficacia, pero, sobre todo, con un sentido de la moralidad que ha desaparecido de la política en las últimas décadas.

Porque si no se acomete un saneamiento a fondo de las instituciones, acabaremos instalados en un Tercer Mundo que asfixia a impuestos a los trabajadores, ahuyenta a los emprendedores, protege a los mediocres y degrada los servicios públicos. Un país del que no cabrá sentir orgullo, sino vergüenza. Más de tres décadas después, el título de aquél programa de Faemino y Cansado corre el riesgo de dejar de ser una ironía para convertirse en una trágica descripción.

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