Un elefante en los jardines de Dios
Por poetas como Clementson el torpe paquidermo puede ser advertido de la existencia de «esos libros que no saben más que lo que atesoran en sus páginas»
Sin ningún tipo de mérito por mi parte he tenido el honor de glosar – más bien he emborronado – la edición de la antología Luz del Mundo (Jesús, Manantial de Amor) del vate cordobés Carlos Clementson. De seguro que el hecho perpetrado, seguramente, hubiera sido definido por Charles Péguy como «un elefante en los jardines de Dios» (o sea, un cura).
Por poetas como Clementson el torpe paquidermo puede ser advertido de la existencia de «esos libros que no saben / más que lo que atesoran en sus páginas» (De rodillas) y, además, es vacunado frente a «tanto verso nuevo sin emoción ni alteza / que hoy nos fatiga el alma» (Sol de tarde). Aunque también el elefante en la cacharrería es humildemente impelido por el poeta:
No es hora de pensar ni de perfilar versos.
No es hora de hacer frases ni palabras hermosas.
Es hora de invocarte y de echarte de menos,
de entonar por ver última, aunque no haya respuesta,
esta voz de ceniza,
que implora hasta las nubes, mas no pasa del suelo.
(La Luz y la Piedra).
El elefante en la cacharrería no pocas veces se confunde al obviar que «en Cristo, Dios ha actuado sobre el mundo de manera insuperablemente concreta» (Balthasar). De ahí que tenga que venir en su auxilio la verdad de los versos: «el hombre te contempla / en la esplendente forma / de tu noche estelar, / como una luz abstracta, / mas sin entrever nada / de tu figura y rostro, / tan lejos de nosotros; / por eso él te prefiere / caído de tu estrella, / más pegado a la tierra, dando luz y calor / al leve y nocherniego / trono de tu pesebre» (Del ser y la nada). En definitiva:
no un Dios quieto y teológico, sino muy andariego,
un Dios, pues, que camina a compás de los hombres,
que los ama y soporta sus ínfimas traiciones
de una carne que es débil y que Él tan bien conoce….
(La primera venida).
Es el poeta el que puede enseñar que la clave radica más en el contemplar que en el elucubrar. Lo cual suele ir unido a una cura de los sentidos por la que somos sanados por el misterio de «un perfecto equilibrio de miradas», una boca «con hambre de cuarenta cuaresmas de hombres convertidos», el «tacto enamorado de tus pies en su carne, / de tus pies inefables de andar tantos caminos, / hechos surcos de arcilla con espadas por dentro» y, cómo no, por «tu carne morada de lirio enfebrecido / y tu espalda de nardo hecha tronco de olivo / carne al rojo del ansia, y amor en carne viva» (La Luz y la Piedra). O sanados también en el «ya ha pasado ese Alguien con un monte / de cipreses y de olivos a cuestas, / ya regados, en sangre fecundados y enraizados en piedra» (La Luz y la Piedra).
Ya quisiera el elefante en los jardines de Dios reconocer, como de seguro hicieran los de Emaús o la mismísima Magdalena, «tu azul Resurrección» (Quijada de Caín). Y, sin embargo, en el inveterado recuerdo de un niño ya anciano sí que puede reconocer los fulgores del Resucitado:
Sé que en algún lugar, que es mío y no conozco,
un día ha de llegarme
en que, tiempo y espacios ya abolidos,
a ella, sea yo quien cada noche
le peine eternamente su melena de estrellas.
(Ante el espejo).
En los más que curiosos diálogos entre el filosofo Jean Guitton y el Papa Pablo VI, ambos concuerdan en considerar que con respecto al sacerdote «no se trata de que viva experiencias, en el sentido que la ciencia da a esta última palabra». Entendían en gran medida el ministerio sacerdotal desde la figura del poeta que con el don de la poesía puede «sentir con los hombres, captar la esencia de la experiencia sin vivirla realmente». De ahí que ambos resaltaran que «el sacerdote es el poeta más completo, ya que no sólo tiene la vocación de sentir con los demás, sino de sufrir con ellos»; además de que «el sacerdote debe procurar expresar las inefables verdades que nos atraen y nos apremian».
Luego este elefante en los jardines de Dios no puede ser ajeno a este «ministerio» de la poesía por el que se proporciona «un lenguaje interior a los espíritus» y que hace «descubrir y penetrar los secretos escondidos en esta existencia humana», y que, además, es ejercido, por ejemplo, a través de los versos de Todo empezó aquella noche… - Tras su lectura, ¿quién se atrevería a dudar de la limpidez y la inmarcesibilidad de toda una Cultura cristiana?
Pero todo esto sería incompleto sin la capacidad del poeta al atreverse a glosar algo del misterio de la Gracia. Si «Fulminado por la Gracia, / ahonda el ciego su visión» (Del Ser y la Nada), ¿cómo describir este misterio de la Gracia y su consecuente actuar? Si Báñez y Molina , dominicos y jesuitas, no llegaron a acuerdo con respecto a la cuestión, puede que aquí también, en estas lides, solo la poesía alcance: «me pesa en exceso el barro y la ceniza, […] me imanta a la tierra y me encadena / a esta mi humana forma; / mas sé también – o así quiero creerlo - / que otra fuerza mayor me alza y redime, / me eleva la razón, o el corazón, / me ciñe alas al alma, y sé entonces / que el cuerpo es menos grávido, más leve / y aéreo nuestro paso; / y nuestros sueños / - redimidos de un lastre oscuro y triste» (Hombre en camino).
En definitiva y de la mano del poeta, el elefante en los jardines de Dios habrá de repetirse a sí mismo «no renuncies al alba» (Lux Noctis). Como ya dijera San Basilio Magno se trata de ejercitar «el ojo del alma», «algo así como en sombras y espejos, a imitación de los que se entrenan en maniobras militares» y «una vez que estemos acostumbrados a ver, como si dijéramos, el sol reflejado en el agua, dirigiremos así nuestra mirada a la luz misma».