El rodadero de los lobosJesús Cabrera

Adamuz, una tragedia de segunda

«El Gobierno ha hecho que los muertos del accidente del pasado 18 de enero no valgan nada, estén relegados a la irrelevancia y, además, que molesten sobremanera»

¿Cuánto vale un muerto? Los acontecimientos políticos de los últimos días nos han hecho ver que hay factores que influyen en la cotización de los difuntos. Unos se revalorizan y otros se deprecian, como les ha ocurrido a las 46 víctimas mortales del accidente ferroviario de Adamuz, que nunca se han visto reconocidos con la justicia de su valor.

El Gobierno ha hecho que a día de hoy los muertos del accidente del pasado 18 de enero no valgan nada, estén relegados a la irrelevancia y, además, que molesten sobremanera. Un fallecido es un fallecido ya sea de Adamuz o de Urda. Da igual porque el dolor de familiares, amigos y de incluso de quienes no lo conocían es el mismo dolor por ver cómo una vida se queda sobre las vías del tren de forma totalmente aleatoria mientras todo apunta y cada vez con mayor nitidez a una deficiente gestión en el mantenimiento de esta imprescindible infraestructura.

El desprecio mostrado por el hasta ahora ministro de Transportes, Óscar Puente, por todas las víctimas de los accidentes ferroviarios es digno de formar parte del catálogo de las maldades humanas. Y en esto hay que incluir también a las de Urda, ya que, aunque hayan sido el detonante de la esperada dimisión, no lo han sido por su condición y por su gravedad sino por el lógico efecto que han causado en las previsiones electorales que baraja el PSOE de cara al 29-N y que están por encima de las más elementales reglas morales y de humanidad.

Un muerto es un muerto ya sea en la provincia de Córdoba o en la de Toledo. El abrazo y el consuelo a los familiares y a los heridos del presidente del Gobierno o del ministro de turno no viene a solucionar nada, pero refleja que el país funciona con aparente normalidad. Rehuir de esta obligación de todo cargo público es lo que en el argot taurino se conoce como cobardear en tablas y tanto Sánchez como Puente lo llevan haciendo desde enero, desde el primer accidente de este año.

En aquel momento se alzaron voces pidiendo que el ministro asumiera sus responsabilidades políticas pero todo siguió igual mientras desde el Gobierno se trabajaba para que la tragedia quedara informativamente arrinconada. «Yo no soldé las vías», dijo para estupor de todos. Ahora, que las encuestas electorales vienen ya con las orejas del lobo incorporadas es cuando se sale del cargo por la puerta de atrás, con una ridícula despedida y una más ridícula aún despedida de los afines con un argumentario que da mucha vergüenza mantener en pie.

Los 116 muertos acumulados ese año en sendos accidentes en la alta velocidad española, además de provocar sonrojo ante el resto de países civilizados, han sido una herramienta usada para la pervivencia política de quien no es consciente de que su momento pasó hace tiempo. De ellos, a los correspondientes a Adamuz les queda el sentimiento de haber sido utilizados e ignorados durante estos nueve meses, sin alcanzar la categoría mínima necesaria para que Puente cogiera la puerta. Lo dicho, unas víctimas de segunda categoría.

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